“Tengo un plan para tener hospedaje y comida gratis por diez días,” dijo Cecilia.

“Genial,” dije. “Pero nada es gratis. ¿Cuál es el truco?”

“Supuestamente, es lo más difícil que vas a hacer en tu vida.”

“Tranqui 120.”

“Es un curso de meditación Vipassana.”

“¿Vipaqué?”

“Es la técnica con la que Buda alcanzó la iluminación.”

“Mirá vos.”

“El curso es a donación pero de última no donamos un carajo y listo.”

“Nos llevamos karma a marzo. ¿Y qué onda?”

“Nos levantan a las cuatro de la mañana, son unas doce horas diarias de meditación. En esos diez días no podés hablar, leer, usar el teléfono, la computadora, fumar, tomar alcohol, escuchar la música, la radio, nada, ni siquiera podés hacerle un gesto a alguien.”

Que pitos, que flautas, nos anotamos.

Pero la cuestión es que, cuando contamos que nos habíamos anotado, recibimos muchas veces la misma exacta respuesta que cuando contamos que nos íbamos a viajar por tiempo indeterminado.

“Yo no podría.”

Entre vos y yo, es algo raro de escuchar.

Muy raro.

Tan raro que te propongo un experimento.

Imaginate a alguien, un pariente, un amigo, un conocido, que se te acerca y te dice: “Voy a tener un hijo.”

Vos lo mirás a los ojos y le respondés: “¿Un hijo? ¿Cambiar pañales? ¿Pasar mil noches sin dormir? ¿Bancarse que grite y llore por años hasta que sea adolescente y entonces grite y llore todavía más? Encima, las tetas quedan hechas una miseria. Olvidate. Yo no podría.”

O sino alguien te comenta que se acaba de anotar para estudiar medicina.

“¿Trabajar con enfermos todo el día? ¿Volver a tu casa oliendo a muerte y desesperación? ¿En serio me lo estás diciendo? Dejate de joder. Yo no podría.”

O ponele que alguien te comenta que sacó un crédito y que se va a comprar un departamento.

“¿Justo ahora? ¿Cómo sabés que no te van a despedir? Mirá si terminás con una deuda enorme. Mirá si terminás perdiéndolo todo. Yo no podría.”

Es raro que lo digas.

Primero, es raro porque es la otra persona la que está poniendo el cuerpo y tu rechazo es apenas tu ego queriendo tener alguna participación en el asunto, aunque sea con un distanciamiento. Entonces, “Yo no podría.”

Chupala.

Decí en cambio: “Vos podrías. Mirá vos, contame más.”

Segundo, es raro porque la cultura en la que estás tiene a un hijo, una carrera, una propiedad, como metas.

Entonces, por más que vos no escogerías esas mismas cosas, si alguien más las elige, sonreís y asentís y decís: “Mirá vos qué bien. Felicitaciones.”

Pero si saltás fuera del paradigma y perseguís algo imprevisible, ahí no hay amortiguador social.

Ahí no hay cortesía.

Ahí saltan esas tres palabritas.

Como botines de punta.

“Yo no podría.”

Como las recibimos una y otra y otra vez, me propuse rastrear algún momento en el que yo las haya dicho para así poder entenderlas.

Y me acordé de una amiga que subió una foto de unos tipos que pasaban la noche durmiendo en unas redes atadas en un acantilado, roncando sobre el abismo, con cientos de metros entre sus culos y el piso.

No me pregunté qué se sentiría esa experiencia, si de vez en cuando tendrían miedo, vértigo, euforia, si sería una catarata de adrenalina, si los invadiría una paz irrepetible, de qué hablarían, en qué pensarían, por qué lo harían, o si no había un porqué, qué sueños tendrían esa noche, si llegada la mañana se abrazarían en una camaradería inigualable.

No.

Sólo dije: “Yo no podría.”

La verdad quedó en pelotas.

Saltamos con esas tres palabritas como botines de punta, alejados de toda pregunta, de toda curiosidad, negando tener cualquier participación en el asunto, cuando esa cosa nos aterra, cuando sentimos que nos pone en peligro.

Sea renunciar a lo seguro por un viaje incierto.

O pasar diez días en silencio absoluto.

“Diez días en silencio absoluto es muy extremo,” le dije a Cecilia cuando se le ocurrió la idea del curso. “¿Estás segura?”

“No. Pero esa es la idea del viaje, ¿no? Desafiarnos. Probar cosas nuevas. Crecer.”

“La puta que te parió a vos y a tu alma hermosa.”

Nos anotamos.

Y ahí empezaron a llover las respuestas.

“Yo no podría.”

“Yo no podría.”

Más leña al fuego de nuestras dudas y temores.

Porque teníamos las colas llenas de dudas y temores.

Ahora, si fuera un mes te lo entiendo.

O un año.

Pero diez días pasan en un pedo.

¿Cuántas veces viviste diez días sin hacer nada ni siquiera remotamente significativo?

¿Cuántas veces pasaron diez días de los que jamás te vas a acordar?

¿Por qué entonces tanto terror por una semana y pico en silencio?

¿A qué le tenemos miedo en verdad?Esas dudas nos zarandeaban por el bocho mientras nos acercábamos al monasterio.

Encima separaban a los hombres por un lado y a las mujeres por el otro.

Cada uno dormiría y comería en un predio distinto.

Apenas estaríamos juntos en el hall central de meditación.

Pero sin hablar, mirarnos, hacernos un gesto ni sentarnos juntos.

Con Cecilia no íbamos a poder ser el sostén del otro.

No íbamos a poder mandarnos un mensajito.

No íbamos a poder nada.

Llegamos y un abrazo desconcertado, nervioso, breve, nos despidió.

Las nenas con las nenas, los nenes con los nenes.

Me recibió un tailandés atolondradamente hospitalario.

El tipo no hablaba ni un pito de inglés pero así y todo con desbordante cordialidad me mostró un papel en el que estaban detalladas las reglas del curso.

En los próximos diez días no iba a poder hablar, leer, escuchar música, fumar, usar el teléfono, la computadora, tablet o lo que fuera, tomar alcohol, tener actividad sexual, hacer ejercicio, matar ni siquiera a un mosquito, tocar un instrumento musical, hacerle un gesto a alguien, drogarme, silbar, dibujar, nada pero absolutamente nada para distraerme.

“¿Sí?” dijo el tailandés ni bien terminó de leer. “¿Bien?”

La barrera idiomática entre nosotros imposibilitaba hacerle cualquier chascarrillo así que apenas asentí.

Entonces el tailandés me alcanzó un papelito que tenía detallado el cronograma.

En los próximos diez días me iban a despertar siempre invariablemente a las cuatro de la mañana para tener doce horas diarias de meditación. Se desayunaba a las seis y media de la mañana. Se almorzaba a las once de la mañana. Había una merienda a las cinco de la tarde. Olvidate de la cena.

“¿Sí? ¿Bien? ¿Sí?” dijo.

No pude evitar levantar mis cejas con horror pero terminé asintiendo otra vez.

Ahí el tailandés me dio un formulario donde me preguntaban un montón de cosas.

Entre ellas, si yo tenía algún problema de salud mental.

En dicho caso, estaba prohibido que participara.

Me sentí tentado a fingir padecer una extrema fobia a enanos de jardín y huir desesperadamente.

Pero Cecilia estaba del otro lado de la pared, llenando el mismo formulario.

Estábamos juntos en esta locura.

Entrecerré los ojos y dije que estaba todo bien.

Fue ahí cuando el tailandés, con un inglés muy rudimentario, al cual entendí después de haberle preguntado y repreguntado ciento cincuenta y cuatro veces y media qué carajo me estaba diciendo, me pidió que dejara bajo llave todo lo que no fuera ropa y productos higiénicos para no caer en la tentación de distraerme clandestinamente con el teléfono o alguna otra boludez.

Lo hice.

“Ahora,” dijo, “yo, vos, habitación, tuya, ver. ¿Sí?”

Agarré lo que me quedaba y entonces me di cuenta de que yo tenía las dos botellas de agua.

Pasa que en el mail de inscripción nos pedían que lleváramos una por persona.

Y una de las dos era para Cecilia.

Se las mostré. “Una botella es para mi novia,” dije. “¿Se la podrías dar?”

“¿Eh?”

“Esta botella, yo. Esta botella, mi novia. Mi novia también hace el curso.”

“¿Eh?”

“Mi novia.”

“Novia.”

“Mi novia. También Vipassana. Ahora.”

“Ah, ah, ah. ¿Y?”

“Esta botella, mi novia. Vos… ¿llevar?”

“Ah, ah, ah,” me dijo. “Nosotros damos tomar,” dijo, señalándome pilas de botellas de agua. “Ahora, vos, yo, habitación tuya, yo mostrar. ¿Sí?”

Lo seguí.

Paramos ante una escalera.

Había un cajón lleno de botellas de agua con un líquido marrón.

Agarró una, me la dio. “Solución AM,” dijo.

La agarré, le agradecí, me acompañó hasta mi habitación.

Mucho mejor de lo que había esperado.

Muchísimo.

Seguro, el colchón de la cama tenía tres centímetros de alto. Pero, una vez que dormiste un par de noches en el suelo, tres centímetros es un desconche de confort.

Y encima había un baño privado.

Y además, ventilador, paraguas y hasta una bolsita de carbón bajo el lavamanos para absorber la humedad y los olores.

Un lujito.

La aventura recién comenzaba y ya me estaba frotando sus tetas turgentes por la cara.

El tailandés me dijo algo que no entendí.

Le pregunté, nada.

Le pregunté de nuevo, descifré que en unos minutos a las seis de la tarde servían una comida.

“Ahora yo otros ayuda,” dijo.

Le hice una reverencia, me hizo una reverencia y se fue.

Destapé la botellita que me había dado. “Solución AM,” repetí.

Supuse que era un té para tomar a la mañana, en la primera meditación, algo que despabile al cuerpo, que disponga al alma.

Lo olí, tomé un sorbo.

Tenía gusto a hierbas, con un ligero sabor a limón, tonalidades de jengibre.

Nada mal, nada mal.

Tomé otro sorbo, bajé a cenar.

Había un armario lleno de bolsas. Cada una tenía una letra y un número.

Supuse que el número de mi habitación, C5, correspondía a mi bolsa, C5.

Adentro de la bolsa había un plato de acero inoxidable dividido en varias secciones, un juego de tenedor y cuchara, dos cucharitas chiquitas, un bowl, una taza y un repasador.

Los tailandeses se servían algo que yo no tenía ni la menor más remota idea qué era.

Me serví y fui a sentarme en mi lugar.

Cada uno comía mirando hacia la ventana, para evitar cualquier contacto entre nosotros.

Así y todo, decidí que mi compañero de la izquierda, C4, me caía bien.

Seguro C4 era un arquitecto que había viajado por todo el mundo y estaba desbordado de historias fascinantes.

Mi compañero de la derecha, C6, me caía mal.

Seguro C6 era un dentista bien caca de esos que ni el barbijo les puede ocultar la sonrisa macabra cuando te meten torno hasta lo más profundo de tu alma.

Sonreí al pensarlo.

Fue entonces cuando me acordé.

Para prepararnos, con Cecilia habíamos leído algunas crónicas de personas que hicieron el mismo curso de meditación Vipassana.

Todas decían que fue lo más difícil que habían hecho en sus vidas.

En ese momento recordé una en particular.

La mujer que la escribía siempre pero siempre se quedaba dormida en la primera meditación, de cuatro y media a seis y media de la mañana.

Cuando el curso terminó y pudo volver a hablar, fue y le pidió perdón a la compañera que se sentaba enfrente suyo.

Casi siempre se caía desmayada contra ella.

Y en esos diez días de silencio pensó que eso la estaba desconcentrando, enojando.

“Al contrario,” le dijo su compañera. “No me pidas perdón. Te quiero dar las gracias. Que vos te quedaras dormida contra mi espalda fue lo único que me hizo sonreír en estos diez días.”

Mientras terminaba mi cena me quedé pensando en eso.

Un poco en cómo no podemos tener ni la más remota idea de qué carajo hay en la mente del otro.

Y otro poco en qué raro y triste y común es que no te puedas hacer sonreír a vos mismo en diez días.

En lo acostumbrados que estamos a nuestros chiches.

A tener multitudes de distracciones a nuestra disposición.

A nunca estar verdaderamente solos.

¿Cuántas veces contuvimos un sorete para buscar el teléfono, una revista, algo, lo que sea, que nos haga compañía mientras estamos cagando?

Llegamos a cagar leyendo la etiqueta del shampoo para no estar solos.

Llegamos a cagar leyendo la etiqueta del shampoo para no estar solos.

Llegamos a cagar leyendo la etiqueta del shampoo para no estar solos.

¿Te das cuenta de lo que nos desespera?

¿Por qué?

Y esto no era un rato cagando.

No.

Esto eran diez días de par en par desde las cuatro de la mañana hasta las nueve de la noche.

Lavé mi fuente, mi taza. Las sequé. Las dejé en su lugar.

Subí a mi habitación, tomé un poco más del té blend que me dieron, la solución AM.

Me conforté en el gusto a limón con tonalidades de jengibre.

Golpearon a mi puerta.

El tailandés me indicó un poco con inglés, un poco con señas y otro poco con pura casualidad que iba a haber una charla introductoria. Para los extranjeros que estábamos ahí, era un video en inglés en una sala aparte. Terminado todo, debíamos ir al hall central para una meditación o ceremonia de apertura o algo que no entendí. Y después de eso comenzaba el silencio noble.

Me indicó el camino.

Nos sentó a los hombres de un lado y a las mujeres del otro.

Cecilia me sonrió. “Creo que está todo piola con que hablemos ahora,” me dijo susurrando.

“Sí, sí. El silencio arranca a las nueve de la noche.”

“Che. Re linda la habitación, ¿no?”

“Mucho mejor de lo que esperábamos.”

“Sí, yo cuando la vi flasheé Miameeee.”

“Bueno,” dijo el tailandés. “Ahora, video,” y le metió play.

En el video había un gordo supuse que indio que, básicamente, nos recordó las reglas.

Nos dijo que no era algo para ser tomado a la ligera.

Que era una operación quirúrgica a la mente.

Terminado el video el tailandés agarró un papel y lo leyó. “¿Están seseseguguseguros de compromaturse diez días y no antes abandonal?”

Un frío recorrió a mi espalda.

Una sospecha.

Había leído un puñado de crónicas que decían que el curso de Vipassana era lo más difícil que habían hecho en sus vidas.

Quizá lo que tenía por delante iba a ser todavía más duro de lo que esperaba.

Por eso tanta insistencia con que no abandonáramos.

O quizás estaba lleno de yanquis facilistas que ante la primera pálida huían.

Malditos yanquis facilistas.

“Sí, sí,” dijimos todos. “Vamos a estar los diez días, quedate tranquipanchi.”

Nos mostró la botellita de té con sabor a limón y tonalidades a jengibre que me había dado. “Solución AM,” dijo. “Mitad en inodoro. Mitad en desagüe.”

“¿Qué?”

“Mitad en inodoro, mitad en desagüe.”

Todos asintieron.

Yo transpiré.

“Ahora, hall central.”

Todos se levantaron, Cecilia se me acercó.

“Qué loco, ¿no?”

“Sí. Eh, me tomé el limpia cañerías.”

“¿Qué?”

“Ese que mostró recién. Mitad en inodoro. Mitad en desagüe. Lo tomé.”

“¿Cómo que lo tomaste?”

“Pensé que era té para tomar a la mañana, en la primera meditación, algo que despabile al cuerpo, prepare al alma. Pero no. Es un limpia cañerías.”

“¿Lo tomaste en serio?”

“Tenía sabor a limón con tonalidades de jengibre.”

“¿Vos me estás jodiendo?”

“No me voy a morir, ¿no?”

Cecilia corrió hasta el tailandés, le señaló la botella. “¿Eso no se toma?”

“No, no, no, no, no. No.”

“Porque él tomó un poco.”

El tailandés se rió, sin entender. “No, no se toma, no, no.”

“¿Pero es peligroso?”

“¿Qué?”

“Si tomarlo es peligroso.”

“Ahora, meditación. Ahora.”

Un gong nos llamaba.

Las mujeres se iban por un lado.

Los hombres, por otro.

Con Cecilia nos apretamos la mano en despedida.

Quizá por diez días, quizá por siempre.

Cada cual volvió a su sector.

Éramos poco más de cien personas en el hall central. Las mujeres a la derecha, los hombres a la izquierda. Todos en posición de loto.

Vinieron tres maestros, se sentaron al frente.

Bajaron las luces y pusieron un audio.

Cánticos indios.

Después un hombre con una voz muy calma y llena de firuletes nos anunciaba que estábamos por iniciar un curso de Vipassana, la técnica de meditación con la que Buda llegó al Nirvana.

Nos dijo que teníamos que someternos a las reglas.

Y nos enseñó un canto con el cual le pediríamos a nuestros maestros que nos enseñaran.

Todos repetimos el canto.

Ciento veinte desconocidos unidos en una melodía que buscaba la paz.

Luego nos pidió que le prestáramos atención a nuestra respiración.

Eso sólo.

Que le prestáramos atención a nuestra respiración.

Que no pensáramos.

“Muy bien,” pensé. “Siento al aire entrar y salir de mi nariz. Entra y sale y la puta madre, no puedo creer que haya tomado limpia cañerías. Pensá. ¿Qué decían todos los papás del mundo? No te metas en el agua hasta una hora después de comer que tenés que hacer la digestión. Los más buenos decían cuarenta y cinco minutos. Los más malos, una hora y media. Seamos pesimistas. Ponele que la digestión tarda dos horas. Si fuera así, yo tendría que estar muriéndome más o menos entre pitos y flautas ahora mismo. No puedo creer que me vaya a morir así, acá. ¿Qué le va a decir Cecilia a mi familia? ¿Qué van a poner en mi lápida? Fue a un curso de meditación budista y se confundió a un limpia cañerías con un té. Sólo a mí me puede pasar eso. En toda la historia de la humanidad hay un sólo pelotudo que fue a un curso de meditación budista y se confundió a un limpia cañerías con un té y ese pelotudo soy yo. Pará, pará. Estoy pensando, tengo que prestarle atención a mi respiración. Al aire que entra, que sale, que entra, que sale, que entra, que sale, qué ruido raro hizo mi estómago ahí, ¿no? Jamás hubiera imaginado que iba a morir rodeado de ciento veinte tailandeses. ¿Qué carajo hago acá? Tengo que pedirles que llamen a un médico para que me haga un lavado de estómago. Pero estamos a cuarenta minutos del pueblo. Ponele que con suerte el tipo tarde una hora en llegar. Una hora de vuelta. Palmo en el camino. Pero pará, yo tendría que estar muriéndome ahora mismo y no me siento tan mal. Quizá no me muero por haber tomado eso. Quizá sólo desarrollo un cáncer horrible. La respiración, me olvidé de la respiración. Aire entra, aire sale, no pensar, sólo sentir. Bien. Muy bien. Yo no sé si voy a poder hacer esto por diez días. Digo, si sobrevivo. Aparte, Buda. ¿Quién carajo es Buda? ¿Qué es esto? ¿Dónde me metí?”

De repente, un canto.

Cuando terminó, nos dijo que el silencio noble acababa de comenzar. Que fuéramos a dormir. Que el curso empezaría al día siguiente.

Cada cual enfiló para su habitación.

Entré en la mía, miré alrededor.

No había televisor, libros, teléfono, computadora, nada.

Ni siquiera un papel y un lápiz.

Me cepillé los dientes y no se me ocurrió qué otra cosa hacer.

Me acosté.

Sentí a mi estómago, volvió a mí el gusto al limpia cañerías.

“Mirá si se me abre un agujero en la panza en la mitad de la noche. No puedo morir acá ahora,” pensé. “Sería ridículo. No puedo. No. Bueno, como poder, puedo. Pero no. No quiero. Por favor. No quiero morir acá ahora.”

Y de repente me cacheteó el terror.

Esa última fecha no siempre llega cuando uno es un viejito lleno de arrugas con todo cumplido.

Puede llegar en cualquier momento.

Incluso después de días sin hacer nada ni siquiera remotamente significativo.

Siempre lo decimos.

Siempre lo pensamos.

Pero ahora, por primera vez, lo sentía en mi cuerpo.

Apagué la luz, me tapé y me hice un bicho bolita.

Al rato me desperté.

Fui al baño a hacer pis.

Y entonces me di cuenta.

No había muerto.

Respiré.

Sonreí.

Volví a la cama.

Sentía en mi cuerpo lo frágil y ridículo de la existencia.

Me quedé dormido.

Al rato sonó un gong.

Eran las cuatro de la mañana.

El curso acababa de empezar.

Fui al baño, me cepillé los dientes, me miré en el espejo.

Respiré profundo.

Salí de la habitación.

Hombres arrastraban sus pies hacia el hall central.

Me sumé a ellos.

Fuimos juntos, callados, cada uno compenetrado en su propio mundo.

Un terror acampaba en mi pecho.

La desesperación de estar por primera vez en mi vida verdaderamente a solas conmigo.

La desesperación de estar por primera vez en mi vida tanto tiempo en silencio.

Y la pregunta, la angustia, la ansiedad, de no saber a qué le tenía miedo en verdad.

Entré, me senté en posición de loto, cerré los ojos.

“Diez días así,” pensé. “Yo no podría.”