Creo que entendí cómo funciona la vida.

Lo aprendí de unos borrachos.

La cuestión es así.

Cuatro eslovacos vinieron al hotelito camboyano donde estoy trabajando con mi novia.

El bote los dejó del otro lado de la isla, por lo que tuvieron que caminar atravesando la jungla.

Eso lleva, entre pitos y flautas, casi una hora.

Tres horas les llevó.

Llegaron transpiradísimos y con la lengua para afuera, como todos.

Pero ellos llegaron riendo.

Nadie llega riendo.

Después de tomar el vaso de agua fría que damos de cortesía y ya recuperado el aliento es cuando todos dicen algo sobre el hotel.

Unos, generalmente vietnamitas, piden la contraseña de wi-fi.

Otros observan lo lindo que es y lo raro que debe ser para nosotros estar viviendo acá, entre la jungla y el mar, sin wi-fi ni radio ni televisión, aislados del mundo.

Algunos quieren saber horarios y actividades.

Los eslovacos, no.

“¿Tienen cerveza tirada?”

Esa fue su primer pregunta.

Quise darles un abrazo y confiarles que en una vida paralela éramos íntimos amigos pero me limité a informarles que sólo teníamos cerveza en lata.

“Entonces la caminata por la jungla fue al pedo,” dijo uno, riendo.

Les di la llave, los acompañé hasta su bungalow sobre la playa y me fui a la mierda.

Tranqui la vista desde el bungalow.

Ahí les perdí el rastro hasta poco después del mediodía.

“¿Sabés qué pidieron de almuerzo?” me dijo Cecilia. “Cinco cervezas cada uno.”

“¿Cinco cervezas cada uno?”

“Cinco cervezas cada uno.”

“¿Nada más?”

“Nada más.”

A eso de las seis de la tarde, un eslovaco vino con una sonrisa ancha a decir que no tenía agua en el baño.

Todos se acercan con soberana cara de culo cuando no les queda más agua.

En particular los vietnamitas.

Pero el eslovaco sonreía.

El agua del baño es agua de lluvia y no había llovido ni una puta gota en meses.

Entonces, dos de los camboyanos que trabajan acá, Long y San, llenan el balde gigante que está en cada baño con agua de mar.

Pero San se había ido unos días de vacaciones con su mujer.

San y Sraï Na.

Y Long se había dado su tercer y último baño del día.

El tipo estaba recién cambiado, con ropa coqueta, sentado en la barra, tomando una cerveza, disfrutando un cigarrillo.

“Trabajo hasta las cinco,” me dijo. “Son las seis.”

“Lo sé, perdón. Pero no tienen más agua en el baño,” le dije mientras preparaba unos licuados extremadamente dulces para unos vietnamitas extremadamente amargos.

Su cara se contrajo hasta volverse un culo. “Está bien,” resopló. Apuró un último trago de cerveza, ahogó el cigarrillo en el cenicero y se fue al fondo.

Serví los licuados a los vietnamitas, que me miraban desesperados porque tardé más de lo que hubiera tardado un robot, y volví a la barra.

Fue entonces cuando me di cuenta de mi remera.

Más que remera, era sudor.

Mi elegancia, rodeada por la jungla y su calor y los vietnamitas y su ansiedad, agitaba en alto la bandera blanca.

Ahí se me ocurrió.

Fue una idea simple, despreocupada, aleatoria, que, sin saberlo, me arrimaría a conocer cómo funciona la vida.

La cuestión es así.

Dani estaba del otro lado de la barra, fumando su pucho infinito.

Dani, ocupadísima.

Le pedí que me cubriera unos minutos y fui al fondo.

Long ya estaba en calzones, insultando por lo bajo, poniéndose una ropa bastante menos coqueta para ir a llenar el balde del baño de los eslovacos.

“Hey,” le dije. “Mirá cómo estoy de transpirado. Dejá, voy a buscar el agua al mar yo.”

“¿Seguro?”

“Seguro.”

Sonrió. “Gracias.”

Agarré el bidón y bajé por la escalera hasta la playa.

Sabía que iban a ser, al menos, ocho idas y vueltas desde el mar hasta el bungalow de los eslovacos llevando varios litros cada vez.

Sabía que iba a transpirar todavía más de lo que ya estaba transpirando.

Sabía que llenar el balde no era mi trabajo y que después de eso iba a tener que volver a mi trabajo.

Pero estaba contento.

Los camboyanos prefieren quedarse atrás del restaurante, tomando entre ellos.

Les da cosa molestar a los clientes occidentales que viajan miles y miles y miles de kilómetros hasta un hotel en una islita perdida en Camboya para hablar con otros occidentales y escuchar música occidental.

Pero esta noche Long estaba con su mejor ropa, sentado en la barra y no en el fondo, disfrutando de una cerveza y un cigarrillo después de un día de trabajo.

Y su día de trabajo había empezado a las ocho de la mañana, caminando una hora por la jungla, entre raíces que parecen serpientes y serpientes que parecen raíces, trepando y bajando por rocas y rocas y más rocas y escondiéndose de búfalos salvajes y monos y saltando sobre ríos de termitas y rindiéndose ante la insistencia de mil mosquitos.

Todo eso hasta llegar al otro lado de la isla.

El muelle del otro lado.

Ahí bajó del bote de provisiones kilos y kilos y kilos de comida y hielo y bebidas y ropa de la lavandería.

Kilos que trajo en una mochila grande, caminando de vuelta una hora por la jungla.

Dos veces.

Porque San, el otro camboyano que trae las cosas con él, se había ido unos días de vacaciones con su mujer.

Long entonces tuvo que hacer el camino de nuevo a la tarde para traer su parte.

Por eso.

Si alguien se merecía estar con su mejor ropa, sentado en la barra y no en el fondo, disfrutando de una cerveza y un cigarrillo después de un día de trabajo, era Long.

Por más que eso significara que yo transpirara hasta el alma, todo para volver a atender a personas y vietnamitas por cinco horas más.

Me metí en el mar hasta la cintura, llené el bidón y fui hasta los eslovacos.

Estaban ahí los cuatro, tres hombres y una mujer.

Brindando.

Riendo.

Vacié el bidón.

“Perdón,” dijo uno con una sonrisa gorda. “No sabíamos que llenaban el balde así. Pensamos que era con una bomba de agua.”

Uno me sacó el bidón de la mano y me dio una botella. “Vos descansá ahora,” dijo, encarando hacia el mar.

Otro encontró un balde y lo siguió.

“Tomá un trago,” me dijo el que se quedó, señalando a la botella.

“Pero con cuidado,” dijo la eslovaca. “Con cuidado.”

Tomé un trago.

Fuerte.

Fuertísimo.

Rico.

Riquísimo.

“¿Qué es esto?”

“Té.”

“Esto claramente no es té.”

Los dos que se quedaron rieron. “Es licor de té. Tiene 62% de alcohol. Antes tenía 82% pero lamentablemente lo tuvieron que reducir. Muchos accidentes.”

“Tomá un poco más,” dijo la eslovaca. “De paso, ¿no querés un cigarrillo?”

“¿Y? ¿Te gustó el té?” dijo uno, vaciando el bidón en el balde.

Asentí.

“Bien,” dijo, volviendo al mar. “Tu novia es esa que está nadando ahí, ¿no? Ahora le digo que venga a probar.”

Ceci chapoteando al atardecer.

El licor me había dado la fuerza y confianza para trompearme yo sólo contra setenta y dos caballos. Si me lo pedían, podía llenarles el balde del baño con el mar entero.

“Dejen que sigo yo con el agua,” les dije.

“Olvidate, tomá otro trago.”

“Pero es mi trabajo.”

“No jodas.”

Brindamos.

Cecilia llegó, con cara de no entender un pito qué carajo estaba pasando. “¿Vos no estabas trabajando ahora? ¿Qué haces fumando y chupando?”

“Uy. Dani me estaba cubriendo. No sé hace cuánto tiempo me fui.”

“Probá, probá,” le dijeron a Cecilia.

Tomó el último trago que quedaba sin toser ni un poquito.

Miró a la botella, asintió. “Tenemos que comprar esto para el bar.”

“Tendrían, pero es bastante caro,” dijo uno.

“¿En serio? Perdón, no sabíamos. Lo tomamos todo.”

Un eslovaco revolvió una mochila y sacó una botella de plástico envuelta en papel. “No hay problema, tenemos más.”

“Es casero este,” dijo la mujer. “Lo hace mi padre. Es igual pero más fuerte. Bastante más fuerte.”

“Más fuerte que 62% de alcohol.”

“Salud por eso.”

Tomamos la botella juntos, brindando con cada nuevo trago.

Destaparon otra.

Y otra.

Nos contaron sobre cómo nos iban a recibir si alguna vez visitábamos su país.

Sobre sus comidas y sus bebidas.

Sobre sus trabajos.

“Uy, trabajo. Yo debería estar trabajando ahora,” dije. “Dani me estaba cubriendo por unos minutos nomás. Me tengo que ir.”

“Tomá un trago para el camino.”

“Tomá un cigarrillo para el camino.”

“¿Dónde estuvieron toda mi vida?”

La mujer me dio la botella original del licor de té. “Quedátela, así tenés a mano el nombre por si un día la querés pedir.”

Agradecí y me fui zigzagueando hasta el restaurante.

Le pedí perdón a Dani y me puse a atender.

Mientras zigzagueaba hasta la primer mesa, me preguntaba cómo mierda lo iba a hacer.

El licor de té me dio la respuesta.

Con honestidad.

A todos les expliqué que unos eslovacos me habían secuestrado y puesto en pedo, les mostré la botella como evidencia y les dije que si me olvidaba de sus pedidos por favor me lo hicieran saber.

Todos se rieron y hasta algunos me dejaron propina.

Salvo los vietnamitas.

Nadie deja propina acá.

En especial no los vietnamitas.

A ver si encontrás la botella.

De repente, me di cuenta de que no había música.

El reproductor desde el que la ponemos se rompió.

Iba a pedirle a Dani o Cecilia que pasen algunas canciones desde sus teléfonos pero el licor de té me arrimó una idea mejor.

Fui zigzagueando a buscarlo a Long. “Tu teléfono, ¿música?”

“Sí,” dijo.

“Ahora no hay música. Poné la tuya.”

Frunció el entrecejo. “Clientes no gustar.”

“Clientes en Camboya. Música de Camboya.”

Desconfiado, le dio play.

Los camboyanos que trabajan acá se asomaron, confundidos.

Por primera vez estaban pasando su música en el restaurante.

Miraban a la gente, se reían si veían a alguno mover la cabeza marcando el ritmo.

Con Cecilia nos pusimos a bailar.

Los camboyanos salieron del fondo y se sumaron y los clientes también.

Hicimos rondas, hicimos trencito, brindamos.

Y la botella de licor de té eslovaco nos miraba desde la barra, orgullosa, testigo de la inmensa recompensa que había tenido una chiquita buena acción.

Fue entonces cuando me di cuenta de la primera mitad de cómo funciona la vida.

La segunda mitad fue al día siguiente.

Estábamos sirviendo el desayuno cuando vino un eslovaco.

Sonreía, pero sonreía menos que siempre.

“Tenemos una situación,” dijo. “Queremos pagar nuestra cuenta hasta ahora porque nos robaron.”

“¿Qué pasó?”

“Dejamos la ventana abierta y los bolsos cerca de la ventana y se ve que metieron la mano. Nos sacaron sólo el dinero. Por suerte, ni los pasaportes ni electrónicos.”

“¿Mucho?”

“Mil seiscientos dólares.”

“Mierda.”

“Son cosas que pasan.”

“¿Quieren que llamemos a la policía?”

“¿Piensan que va a cambiar algo?”

Policía isleña.

“No.”

“Por eso. No se preocupen, vamos a seguir acá. Sólo queríamos pagar para saber el estado de nuestras cuentas y no gastar más de lo que nos quedó.”

“Mierda.”

“Son cosas que pasan.”

Imprimimos la cuenta, pagó.

Nos agradeció, se fue.

Al rato aparecieron los cuatro, algo cabizbajos pero sonrientes.

Se sentaron a desayunar.

Pidieron una cerveza cada uno.

Después otra.

Después otra.

Después otra.

Después otra.

Con cada nuevo trago sus risas cobraban fuerzas y los brindis se abultaban y las carcajadas asomaban su cabeza.

Sonrisa a pesar de todo.

Uno se acercó a la barra, pagó la cuenta.

“Perdón,” me dijo. “No podemos dejar más, por el robo.”

Miré.

Era la propina más generosa que había recibido.

Le agradecí, se la di a los camboyanos.

Fue entonces cuando me di cuenta.

Así funciona la vida.

A veces hacés una buena acción y hay recompensa.

Y a veces sos una persona macanuda, propensa al brindis, a convidar y a la risa, pero así y todo hay sorete.

No hay justicia, sólo azar.

Creo que la clave es simple.

No esperar recompensa.

Reírse del sorete.

Convidar.

Y brindar.