Te voy a dar un consejo.

Es, seguro, el consejo más raro que vas a recibir en tu vida.

Tenés que ser siempre como una adolescente camboyana probando té por primera vez.

La cuestión es así.

Con mi novia trabajamos en un hotel & bar & restaurante entre la jungla y el mar, en una islita de Camboya.

Verde acá, verde allá.

Somos ocho trabajando acá.

Cinco camboyanos, una inglesa que se llama Dani, Cecilia y yo.

En los ratos libres nos convidamos nuestros rincones del mundo.

Los camboyanos nos ponen su música, nos dan de comer. Es decir, tenemos gratis los platos locales que se venden en el restaurante. Pero esto es distinto. Nos dan de probar lo que se cocinan para ellos, lo que no está en el menú. Son gustos indescriptibles, que cambian con cada nuevo mordisco.

Sopa de pescado a la camboyana.

Nosotros les dimos mate.

No les gustó ni un poquito.

Dani, después del cigarrillo, tiene como templo al té. Así que se lo dio de probar a Plao, la adolescente camboyana que limpia.

Dani y el té, un sólo corazón.

Plao probó.

Plao aprobó.

En los días siguientes, cuando los dueños se fueron de vacaciones y las atribuciones crecieron, Plao empezó a prepararse al menos un té por día.

Al principio, copiaba lo que Dani había hecho.

Ponía el saquito en la taza, agua caliente, esperaba cinco minutos, chorro de leche, dos cucharadas grandes de azúcar, revolvía y listo, tomaba un sorbo y sonreía.

Después, la cosa cambió.

Un día le puso una pajita a la taza.

Tomó un sorbo, sonrió.

Otro día se lo preparó en una de las copas de vidrio que usamos para cocktails, con pajita y un revolvedor coqueto de tragos.

Tomó un sorbo, sonrió.

Ahora se lo prepara como se le cante, siempre probando, siempre sonriendo.

Plao

Me pregunto cuántas veces alguien me dijo que el té se tenía que hacer en una taza.

Me pregunto cuántas veces me perdí de buscar mi manera de hacer el té.

De tomar el rincón del mundo que alguien me ofreció.

Y jugar con él.

Explorarlo.

Volverlo mío.

De darme cuenta que nada está limitado por los que otros dijeron o hicieron.

Que todo es posible.

Y para eso, tenés que ser siempre como una adolescente camboyana probando té por primera vez.