“Puta madre,” dice Cecilia. “Son las nueve menos diez.”

Los dos miramos a la jungla camboyana ahogada en noche del otro lado de la ventana.

“No vamos a llegar ni en pedo,” digo.

Ella me mira seria.

Muy seria.

Una determinación clava su bandera en los ojos de mi novia: no se va a quedar sin cenar.

“La cocina cierra en diez minutos,” digo mirando al reloj. “En nueve.”

Su mirada es un puñal. “Vamos a llegar,” dice y se pone las zapatillas.

Quince días llevamos viviendo en esta playa en la mitad de la nada.

Quince días descalzos o, como mucho, con ojotas.

Pero ahora, justo ahora, cuando el reloj nos arrincona contra la posibilidad de irnos a dormir sin nuestra cena gratuita después de un largo día de trabajo, Cecilia elige ponerse zapatillas.

No se me ocurre arrimarle esta observación.

No se me ocurre otra cosa más que mirarla atarse los cordones.

Y mirar al reloj.

Y desesperar.

La música de “Misión imposible” retumba en mi cabeza.

Una gota de transpiración taja a mi rostro.

Miro al reloj.

Miro a Cecilia.

Nadie en la historia entera de la humanidad tardó tanto en calzarse.

Mi estómago ruge, putea, suplica, llora.

Miro al reloj.

Miro a Cecilia.

El hambre devora a mi panza, a mi cordura.

Vendimos todo lo que teníamos.

Le dijimos adiós a todo lo que amamos.

Y nos vinimos para acá.

Acá.

A trabajar en un hotel perdido entre la jungla y el mar, en una islita camboyana, por tres meses, y después a seguir viajando por vaya uno a saber cuánto tiempo.

La meta era la felicidad.

La realidad es el hambre.

Pliegue, vuelta, vuelta, firulete, tirón y listo, zapatillas puestas, cordones atados.

“Vamos,” digo.

Enfilo hacia la puerta más rápido que si fuera el hijo de Speedy González y Forest Gump.

Me baboseo, anticipando la comida.

Pero Cecilia no se mueve.

Se queda parada, con los brazos en jarra y los labios fruncidos.

Me mira.

Levanta sus cejas, invitándome a contestarle.

Le recuerdo que no tengo telepatía. “¿Qué?”

“Me daría muchísima lástima,” me dice, “si nos robaran la cámara.”

Quiero decirle que, como mucho, ahora somos veinte personas en este lado de esta islita.

Quiero decirle que, si alguien la robara y quisiera huir al otro lado, tendría que caminar casi una hora por la jungla, trepando rocas, escapando de ríos de termitas, monos, perros salvajes, búfalos salvajes, serpientes, murciélagos, ratas y una cantidad enloquecedora de insectos, y que si así y todo la roba, esa persona se merece la cámara y un abrazo.

Jungla, jungla y más jungla.

Pero apenas le digo: “Faltan siete minutos para las nueve.”

Agarra el bolso que tiene la cámara, mira alrededor, lo deja bajo una pila de ropa.

Pone cara de no estar convencida.

Lo esconde en otro lado.

Tampoco.

Agarra la mochila, lo guarda ahí.

Es entonces cuando me acuerdo.

Estamos en el bungalow de los dueños de este hotel, bar y restaurante en una islita perdida en Camboya. Se fueron dos meses de vacaciones; nos dejaron encargados.

Es un bungalow distinto al resto.

Más cómodo, moderno.

Por ejemplo, tiene ventanas de vidrios espejados así no te pueden ver desde afuera. A menos que estés adentro con las luces prendidas.

Todo este tiempo estuvimos adentro con las luces prendidas.

“Entonces,” dice Cecilia, “si hay un malviviente ahí afuera, me vio con el bolso de la cámara, tratando de esconderlo bien, como si tuviera algo realmente valioso adentro, y va a esperar a que nos vayamos para romper la ventana y robarnos.”

“Faltan seis minutos.”

Se encoge de hombros. “Vayamos a comer.”

Abro la puerta ventana, cierro la puerta ventana.

La llave no funciona.

Pruebo de nuevo.

Nada.

De nuevo.

No.

“Fingí que trabó,” me susurra Cecilia.

Finjo que traba y corremos hacia la playa.

Tres hermosas letritas.

Miro a la luz de la luna bailando sobre el mar mientras mis pies se hunden, torpes y apurados, en la arena.

La música de “Carrozas de fuego” retumba en mi cabeza.

Pero en un remix frenético, desquiciado.

Llegamos hasta la escalera que une a la playa con el restaurante.

Es la escalera más larga del universo entero.

La linterna desnuda a un par de escalones; el resto es noche y jungla.

Con cada nuevo paso me adentro en una desesperación.

De repente, me doy cuenta.

No estuvimos corriendo unos minutos nomás.

Estuvimos corriendo meses.

Meses desde que vendimos todo lo que teníamos, le dijimos adiós a todo lo que amamos y nos vinimos para Asia.

Meses desde que conseguimos este trabajo en esta islita perdida de Camboya.

Meses fantaseando con llegar.

Pero ahora estamos acá y la meta es otra.

Hace quince días que llegamos.

Quince días adaptándonos al calor agobiante al cual uno jamás se adapta, a bañarnos únicamente con agua salada, a insectos, más insectos, murciélagos, ratones, monos, transpirar siempre, dormir poco, incómodos, en una cama de una sola plaza donde intentamos todos los trucos del Tetris para entrar los tres, Cecilia, mi panza y yo.

Pero hoy los dueños se fueron de vacaciones.

Hoy vamos a dormir en su bungalow moderno con ventanas espejadas.

Hogar, dulce hogar.

Me chupan un huevo las ventanas espejadas.

Tiene ventilador.

Tiene ventilador.

Hace un rato, cuando lo prendí y el vientito fresco me dio en la cara, casi lloro.

No te jodo.

Casi lloro.

No podía creer posible semejante lujo.

Me había olvidado que existía tremenda hechicería.

Seguro, la carga de la batería del ventilador dura apenas unas horas después de que yo vaya a apagar el generador que nos da un rato de electricidad a la noche.

Pero unas horas de viento en la cara pueden emparchar hasta los rincones más rotos del alma.

Y no sólo eso.

Los hijos de puta de los dueños tenían encanutados dos bidones de agua fresca en su baño.

Dos.

Dos bidones.

A ver.

Quince días estuvimos bañándonos con agua de mar porque no llovía y no había ni una puta gota de agua fresca.

Quince días estuvimos con sarpullidos desparramándose por nuestra piel y por nuestra cordura.

Quince días estuvimos obligados, cuando a la noche habían cerrado todo con candado y no teníamos una botella de agua mineral, a cepillarnos los dientes con agua de mar.

Voy a resumir.

No fue lindo.

Pero hoy, cuando los dueños se rajaron de vacaciones y nos dejaron su bungalow, hoy, después de tantas eternidades, hoy, nos bañamos con agua fresca.

Fue recién hoy cuando supimos por primera vez que íbamos a sobrevivir a este lugar.

Un ventilador nos esperaba.

Y, antes, una cena camboyana.

Rica.

Gratuita.

Celebratoria.

Si llegamos a tiempo a la meta.

Necesitamos llegar.

Pero la escalera pareciera extenderse por siempre, perdiéndose más allá, en la noche y la jungla.

La escalera eterna hacia la meta.

Escalón.

No vamos a llegar.

Escalón.

El agua fresca de los bidones se va a acabar.

Escalón.

Nos vamos a morir acá sin cenar.

Escalón.

En el noticiero va a aparecer la mamá de Cecilia y la mía, llorando juntas, abrazadas.

Escalón.

Todo oscurece.

Escalón.

Morimos.

Escalón.

Música.

Escalón.

El bar está ahí, detrás de las lianas y las palmeras.

Escalón.

Escalón.

Escalón.

Llegamos.

Llegamos.

Vamos a tener nuestra cena camboyana.

Vamos a sobrevivir.

Dani está del otro lado de la barra, borracha, con cara de fastidio y con un pucho en la mano, como siempre.

Dani y su cigarrillo eterno.

“¿Cómo va todo?” dice Cecilia.

“Aburrido como la puta que los parió,” dice Dani en su inglés de Manchester que no entiendo cómo lo entendemos.

La pareja suiza que está cenando en silencio nos miran, aludidos.

Intentan poner cara de ser divertidos.

Pero son suizos.

Por la puerta entreabierta del cuarto de provisiones veo a Gamine, la gata embarazada, trepando por una pared.

Nunca antes trepó por una pared.

Gamine.

Entro corriendo.

Está cerca del techo.

Maúlla.

Pisa mal.

Cae.

Salto.

La atrapo en el aire.

Siento a su corazoncito latir en mis manos.

La dejo en el suelo.

Salgo corriendo.

“¿Dónde estabas?” me dice Cecilia.

“La gata casi se mata. ¿Qué hora es? ¿Llegamos?”

“Nueve menos dos.”

Llegamos.

Llegamos.

Vamos a vivir.

La música de Rocky retumba en mi cabeza.

Levanto los brazos, triunfante. “¿Qué querés pedir?”

“Estaba pensando,” dice Cecilia. “Ya casi termina su turno. Es medio forro pedirles que nos cocinen algo ahora. Mejor cocinemos nosotros.”

La miro.

Me mira.

“Dale,” le digo, y entramos a la cocina.

Llegar a la meta no es todo.