Escribo esto para sobrevivir.

Hace una hora nos tomamos el último tren a Bangkok.

Todavía faltan once horas para llegar y mi culo ya no puede más.

Pasa que compramos en la tercera clase y los asientos son tan acolchonados como el cemento.

Tenía la esperanza de tirarme a dormir en un par de lugares libres pero al rey de Tailandia se le ocurrió morir. Entonces el tren está lleno de tailandeses todos vestidos de negro, yendo a Bangkok a rendirle respeto.

Enfrente, a menos de un metro, tengo la cara de un viejo zaparrastroso al que le falta un ojo.

Me mira.

Come y me mira.

Tiene una bolsa de plástico llena de pastillas. Hunde sus uñas largas y amarillentas en otra bolsa de plástico y saca algo redondo y viscoso y lo come y me mira.

Cada tanto escupe lo que parecen carozos por la ventana. Por suerte el viento tuvo la cortesía de no estrolarnos su saliva contra la cara. Hasta ahora, al menos. Falta mucho para llegar.

Al lado del viejo zaparrastroso al que le falta un ojo hay una mujer muy coqueta comiendo algo que está clavado en unos palitos de madera. Saca de su cartera unas servilletas de papel, se limpia muy pacatamente la boca y tira las servilletas y los palitos por la ventana. Saca de un bolso una sábana con corazoncitos, se tapa y cierra los ojos.

Sólo un tailandés podría tener frío ahora.

Sólo un tailandés y Cecilia, que duerme a mi lado, con campera.

Antes de quedarse dormida me dijo: “Uy, me olvidé mi pasaporte en la mochila.

Como está todo lleno, tuvimos que dejar nuestras mochilas medio vagón atrás, a nuestras espaldas. Un tipo cara de loco me ayudó a dejarlas ahí. El mismo tipo cara de loco que ni bien entré al vagón me dije: “Este es un chorro.

Y mirá que nos lo avisaron. Antes de subir al tren, uno de seguridad nos había dicho que lleváramos con nosotros a todo lo valioso y la documentación. Le agradecimos, repasamos tener cada cosa en su lugar. Y ahora, cuando ya es demasiado tarde para cambiar algo, me entero de que medio vagón atrás está su pasaporte.

Cada tanto revisá que no lo roben,” me encargó ella antes tirarse a roncar.

Así que cada tanto me doy vuelta a mirar, con calculada despreocupación, para que nadie sospeche de que puede haber algo valioso ahí.

Acaba de relampaguear.

La puta madre, ahí relampagueó de nuevo. Si se larga, van a cerrar todas las ventanas y nos vamos a recontra cagar de calor.

Faltan diez horas y media.

chica en tren a bangkok, tailandia
Tú te aburres, yo me aburro, ella se aburre.

Encima ayer a la noche dormí sólo tres horas y encima hoy hicimos un trekking bastante empinado. Lo único que quiero es roncar. Roncar y que me masajeen el culo.

No puedo seguir sentado.

Quizá puedo ir al baño y desesperarme ahí adentro.

Quizá eso es lo que están haciendo todos.

Porque tengo al baño a medio metro a mi izquierda y desde que arrancamos me divertí viendo cómo fueron uno tras otro, siempre peleando con la puerta que se traba. Ahora, te digo que es un interesante ejercicio ese. Digo, el presenciar cómo distintas personas lidian con el mismo problema. Unos usan la fuerza, otros el ingenio. Algunos se lo toman con humor, algunos no. Unos piden ayuda, otros abandonan frustrados. Siento que es una metáfora de algo. Pero me duele demasiado el culo como para pensar con claridad.

Necesito cambiar de aire, voy al baño.

No.

No pude.

Cerré la libreta en la que estoy escribiendo y me paré pero me primereó un monje budista.

Juro que no exagero ni invento ni un poquito.

Ahora acaba de salir el monje. No pudo con la puerta. Perdió la paciencia, la dejó abierta.

Voy.

Volví. No sé cuánto sirvió.

Me recuerdo que estamos viajamos a un centavo de dólar por kilómetro.

Intento que esa cifra irrisoria me escude de los horrores.

No lo logra.

Creo que la única manera de sobrevivir a esta noche es fumar un pucho tras otro, parado en la unión entre vagones que tengo a dos metros. Pero no tengo puchos. Música tampoco tengo porque el celular está sin batería. Lo cual también me deja sin jueguitos. Mi libro electrónico se me rompió. Lo único que me queda es esta libretita.

Pero está llamando mucho la atención.

hombre tren bangkok tailandia
Crazy eyes.

Estoy acostumbrado a llamar la atención en Asia. A que me miren con desconcierto, como si fuera un alien lamiendo un ventilador. Que me aplaudan lo blanco de la piel. Que me digan mono por tener pelos en el pecho. Que me saquen fotos. Que me celebren la barba. Que me pidan que me la afeite. Pero esta noche quiero pasar desapercibido. Y supongo un occidental escribiendo como loco en una libretita roja acá es cualquier cosa menos discreto. Así que voy a dejar de escribir un rato.

Volví. Faltan todavía diez horas.

Tengo mucho para contarte. Demasiado. No sé por dónde empezar.

En el tren hay vendedores ambulantes. Venden bebidas, frutas, sopas, bolsitas de plástico llenas con cosas viscosas, cafés, verduras, cosas que jamás sabré qué son.

Un vendedor me miró, se paró. Me tocó la barba y me dijo: “Osama Bin Laden.”

Se fue riendo.

Al rato volvió.

Le regaló un caramelo a Cecilia y le dijo que la amaba.

Ahora cada vez que pasa me habla en tailandés. No le entiendo un pito pero por las dudas le digo que gracias pero que no.

El tipo cara de loco que seguro es chorro se sentó a fumar acá al lado, en la unión entre vagones.

Fuma y me mira.

Me mira y fuma.

También me mira la mujer coqueta que está sentada enfrente mío tapada con su sábana de corazoncitos. Ella al menos lo hace con ternura y maravilla, como nosotros miraríamos a un oso panda.

El viejo zaparrastroso al que le falta un ojo mira a la oscuridad más allá de la ventana como si fuese un gran fantasma que no puede dejar atrás.

De repente, hablan.

Y siguen hablando.

Pensé que eran dos desconocidos aleatorios de universos distintos pero por ahí son familiares o amigos o pareja.

El tipo cara de loco chorro salió de la unión entre vagones y volvió a su asiento. Tratando de cerrar la puerta, la rompió. Abierta deja entrar un vientito hermoso. Un vientito hermoso que se ve que jode a la mujer coqueta. Trata una y otra y otra y otra vez de cerrarla.

Arriba de ella, enfrente mío, hay un afiche de una publicidad. Está en tailandés. Supongo que es de fideos. Hay un musculoso. Con una mano sostiene un plato lleno de fideos y, con la otra, en alto, un tenedor. Hay llamaradas por todos lados. Los fideos que vuelan desde el plato hasta el tenedor dibujan el contorno de una tetona.

La mujer coqueta se resigna con la puerta rota, se tapa con su sábana de corazoncitos.

El vendedor ambulante se vuelve a parar al lado mío. Me habla en tailandés. Se ríe, se va.

Giro a ver si nuestras mochilas siguen ahí pero vi algo más importante.

Un tipo se durmió sentado en el suelo en posición de loto y con la cabeza estampada de frente en el asiento.

Con Cecilia acabamos de comer un arroz con pollo que nos sobró del almuerzo. Estaba un poco viscoso. Espero que no nos agarre diarrea. No soy un experto pero supongo que diarrea, letrina y el vaivén de un tren no son una buena combinación. Ampliaré.

Faltan nueve horas.

Llegamos a no sé qué estación. La mujer coqueta y el viejo zaparrastroso al que le falta un ojo se bajaron.

Con Cecilia estiramos las piernas. Gemimos orgásmicamente. Ponemos los pies sobre los asientos de enfrente. Gemimos aún más orgásmicamente.

Aparecen dos adolescentes. Miran al número de los asientos escrito en fibrón sobre la pared del vagón. Miran a sus boletos. Miran a los asientos.

Bajamos los pies, se sientan.

Los odio.

Tienen cara de ser muy buenas personas.

Pero los odio profundamente.

Son recién las nueve de la noche. Hay gente que se sube y baja.

Pensé que el tren tajaba a la oscuridad de una noche eterna, fuera del tiempo. Pero no. Es una noche como cualquier otra.

Hay una señora que me mira muy seria.

Estoy esperanzado. Llegamos a otra estación y se bajaron unos pendejos que estaban atrás riéndose y sacándose fotos con sus teléfonos. La señora que me miraba muy seria se apropió de dos asientos, se tapó con una frazada y se acostó. Otra mujer hizo lo mismo. La señora que me miraba muy seria me hizo un gesto para que pase al asiento de atrás y las imite. Lo hice. Le agradecí.

Si pongo el culo contra la pared del vagón, puedo estirar las piernas sobre el asiento.

Me cuelga media pierna para afuera pero algo es algo. Estoy esperanzado.

Hace media hora estamos parados en la mitad de la nada.

Empezaron a entrar mosquitos.

Ahora no me acuerdo si son los de la malaria o los del dengue los que pican de noche.

Cecilia me dice que ninguno de los dos pica de noche.

Eso no lo vuelve menos aterrador.

No sé dónde dejé el repelente.

No sé dónde dejé la paciencia.

El tren no se mueve.

El único movimiento acá es el de la raya de mi culo desapareciendo.

Ahora me doy cuenta de que la señora que me miraba muy seria se encanutó un doble asiento considerablemente más ancho que el mío, la muy turra. Ella entra acostada, con las piernas un poco dobladas pero tranquila. Yo entro con las piernas totalmente dobladas y me quedan los hombros y la cabeza afuera.

tren a bangkok
Ella me mira sabiendo que se quedó con el mejor asiento.

De repente ella saca de abajo de un asiento una bolsa y de la bolsa una campera para usar de almohada. La toca, la huele. Está mojada. Le dice algo a otra mujer. Ella revisa bajo su asiento. Saca una botella de Coca Cola. Se ve que no estaba bien tapada. Se ríe. Toma un último sorbo. Tira a la botella por la ventana.

Me paro.

Voy a estirar las piernas hasta la unión entre los dos vagones.

Veo que el vagón siguiente es de segunda clase.

Veo los asientos acolchonaditos y todos durmiendo muy cómodamente.

Me indigno.

Vuelvo a mi lugar.

El tipo cara de loco chorro está hablando con un viejo. El viejo le contesta cálidamente. Pareciera una linda charla.

Me hizo acordar a cuando era adolescente. Me vestía de negro y tenía el pelo largo y a veces a la noche cuando alguien me veía se cruzaba de vereda. Me daba mucha bronca eso. Me di cuenta que hice lo mismo con él.

El tren volvió a andar.

Tengo miedo de mirar la hora pero necesito hacerlo.

Diez y media. Faltan ocho horas.

Voy a dejar de escribir y cerrar los ojos.

Quizá, con suerte…

tren a bangkok, tailandia
Como un oso tratando de dormir en un canapé.

Me dormí. Cecilia me despertó para preguntarme no sé qué cosa. Le contesté no sé qué cosa. Se quedó dormida. Miré al tren. Todos dormían. Sonreí. Miré la hora. Dejé de sonreír. Once y media. Pensé que ya eran las cuatro de la mañana.

Soy un Tetris de una sola pieza. Giro sobre el asiento, me doy vuelta, sin nunca poder encajar.

La adolescente va al baño. No puede con la puerta, la deja entreabierta.

Al minuto una señora intenta abrirla.

Gritito de la adolescente, disculpas de la señora.

La adolescente sale, le grita al adolescente.

No entiendo un pito lo que ella le dice pero claramente le está reprochando que se la pasa mirando por la ventana como un pelotudo en vez de estar fijándose de que que no entre nadie.

Ella viaja enojada con los brazos cruzados. Él, mirando por la ventana.

Cada tanto pasamos por algo que sólo podría explicarlo como un millón de ranas gritando juntas en una sola rana.

Giro hacia Cecilia pero duerme. Todos duermen. Hasta mis piernas.

Progreso. Son las dos de la mañana. Los adolescentes se bajaron, así que me fui a ese asiento. Ahora estoy donde estaban ellos. Donde antes estaban la mujer coqueta y el viejo zaparrastroso al que le faltaba un ojo. Me pregunto quiénes habrán estado antes. Quiénes estarán después. Supongo que eso es la metáfora de algo pero estoy muy cansado para pensar claramente.

Hace rato que no escucho a la multitud comprimida de ranas.

Seguimos deteniéndonos a lo largo de la noche. Algunos se bajan, otros no. El camino se comparte siempre fragmentado. Cada uno desciende en su privada estación.

Empieza a amanecer en las afueras de Bangkok.

El sol se asoma entre la mugre y los gallos. Hay personas en los restos de la ciudad, rebuscándoselas como pueden. Unos cocinan, otros van a la escuela, algunos toman, se bañan, lavan ropa.

No puedo creer que vayamos a lograrlo.

La verdad, me alegro enormemente no haber tenido música en el celular ni jueguitos ni un libro ni nada para escudarme de lo que me rodeaba.

Faltan dos estaciones nomás.

El tren está parado hace media hora entre estaciones.

Falta una estación.

El tren está parado hace cuarenta minutos.

Llegamos.

Llegamos.

Llegamos.

Nos bajamos.

Mi culo llora, emocionado.

Pero falta todavía.

Cecilia busca la dirección del hostal que reservó en su celular. Está a unas estaciones de subte y después tenemos que caminar unas quince cuadras.

Mientras revisa los datos, veo a los que bajan del tren.

Sonreímos con los que cruzamos la mirada.

Hay cierta sensación de camaradería, de haber logrado algo juntos, de terminar el viaje a la par.

Ese es el gran engaño del último tren a Bangkok.

Porque todos seguimos un tramo más, hasta nuestro verdadero último destino.

El camino se comparte siempre fragmentado. Cada uno desciende en su privada estación.

Dejamos a todos atrás y nos metimos en el subte, caminamos, nos perdimos, encontramos el hostal, nos bañamos, nos desmayamos en la cama.

Pasaron horas desde que me bajé pero todavía no me pude sacudir esa sensación.

Hoy a la noche hay un último tren a Bangkok.

Y mañana a la noche va a haber otro.

Y pasado.

Y después.

Siempre, cada noche, va a haber personas compartiendo un viaje hermoso y cansador y delirante y desafiante y único.

Juntos.

Por un rato.