Antes de salir a recorrer el mundo tuve que tomar una decisión importantísima. Qué ojotas llevar conmigo.

Terminé eligiendo unas que me habían regalado, que tenían un dibujito de Snoopy. Eran ridiculísimas (más aún para un grandote barbudo de treinta y tres años) pero también eran las más acolchonaditas. Y confort mata papelón.

Resulta que tenían una ventaja extra: las reconocía de una. En Asia es costumbre descalzarse antes de entrar en casas y negocios. Así que siempre sabía al toque que de la pila de ojotas esas ridículas de Snoopy de ahí eran las mías.

También supe al toque que un día me las habían pungueado.

Salí del bar y, pum, no estaban.

Y no eran del tipo de ojotas que pasaran desapercibidas.

Si no estaban ahí era porque alguien claramente se las había apropiado.

Fueron esos falsos hippies que se fueron antes que nosotros,” apuró Cecilia. “La mina de rastas azules que tenía tatuada una cara en el muslo y el goma del novio.”

Yo estaba demasiado indignado como para sospechar. ¿Quién se roba unas ojotas usadas? Y, peor aún, ¿quién mierda se roba unas ojotas de Snoopy usadas?

Volví caminando descalzo, puteando, clavándome piedritas, clavándome piedrotas, puteando más.

Me pasé dos días puteando y pispeando con desconfianza a los pies de todos los que me rodeaban. Escuchaba un chancleteo y afilaba la mirada. Pero nada. Buscaba en la pila afuera de cada casa y negocio. Pero nada.

En algún lado, un chico chorro chancleteaba chocho con mis chancletas chapoteando charcos el muy choto chinvergüenza. No había Chapulín Colorado que pudiera atraparlo. Ni chocotorta que pudiera confortarme.

Que pitos que flautas, decidimos irnos de la isla y pasar a la siguiente.

En la próxima isla me iba a comprar unas ojotas nuevas y les iba a poner un candado super sónico con anti-pungueti system y rastreador satelital.

La cuestión es que esperando al bote, en zapatillas y sin esperanzas, cuando de repente veo a la mina de rastas azules que tenía tatuada una cara en el muslo y al goma del novio.

Cecilia me codeó.

El goma del novio chancleteó para acá, chancleteó para allá.

Y ahí lo vi.

Abajo de su pie hurtador.

Snoopy.

Disculpame,” le dije. “¿Puedo ver tus ojotas?

Por supuesto,” dijo.

Hay momentos donde el universo te dice: “¿Sabés qué, macho? La remaste. Te pelaste el culo. Transpiraste la camiseta. Dejá que te dé esta mano. Te lo merecés.

Ese fue uno de esos momentos.

Porque el goma se descalzó.

No desperdicié un microsegundo y agarré las ojotas.

¿Qué hacés?” me dijo.

¿De dónde las sacaste?

Las compré hace tres semanas en Malasia.

¿Tres semanas?” le dije. “Miralas un segundo.” Las ojotas se veían como si hubieran sobrevivido a un apocalipsis zombie. “Las tengo hace dos años.

Son mis ojotas.

Man, estabas en el mismo bar que yo. Sólo había un par de ojotas de Snoopy, el mío. Te fuiste y ya no estaban más.

Son mías.

No soy la clase de persona que anda por la vida sacándole las ojotas a personas aleatorias. Son mis ojotas.

Son mías.

Había fantaseado con ese momento duro y parejo.

Lo tenía muy claro.

Cuando me cruzara con el chorro chancletero iba a trompearlo.

Pero no sin antes citar a una de mis películas favoritas, “El gran Lebowski.”

Primero le iba a gritar: “Estás entrando en un mundo de dolor” y ahí sí lo iba a golpear una y otra vez mientras le decía: “¡Esto es lo que pasa cuando le das por culo a un desconocido!

Ahora era el momento.

Tenía treinta y tres años.

Era un grandote gordo barbudo.

Estaba en un país budista.

Y me estaba por trompear por unas ojotas de Snoopy.

Ahora era el momento.

Pero el tipo apenas se quedó parado. “Son mías,” dijo.

Man, vamos. En serio. Son mías.

Se fue, volvió con zapatillas, se calzó. “No es cool que le saques el calzado a otra gente,” dijo.

Y se fue a tomar el bote.

El mismísimo bote que nos teníamos que tomar nosotros.

Nos subimos.

Éramos seis nomás.

Fue una situación bastante incómoda. Pero buéh. Confort mata papelón y las ojotas de Snoopy son acolchonaditas. Y son mías.