La combi tajaba al campo camboyano, llena con nosotros, nuestras mochilas y los gritos de dos inglesas.

Porque no hablaban. Gritaban.

Gritaban sobre esto y gritaban sobre esto otro hasta que un chino de repente agarró a una del brazo. “Hablan fuerte,” les dijo. “Silencio.”

La inglesa se horrorizó. “No me toques, maleducado.

El chino le señaló a una china que tenía la cabeza apoyada contra la ventana. La mujer tenía cara de no estar pasándola bien ni un poquito. “Enferma,” dijo él. “Hablan fuerte. Silencio.”

Simplemente no me toques,” dijo la inglesa. “Bajo la voz pero no me toques.

La combi tajaba al campo camboyano, llena con nosotros, nuestras mochilas y un silencio incómodo y maravilloso.

Cinco minutos antes de llegar, el conductor paró en un mercado al costado de la ruta por si alguno de nosotros quería ir al baño.

Las inglesas se quejaban de lo absurdo que era frenar estando tan cerca. Yo decidí tomarlo como una aventura para mi pito. La primera vez que hizo pichún en una ruta camboyana fue en una letrina custodiada por dos mujeres en cuclillas limpiando pescados en una palangana. Quise ver cómo sería una segunda vez.

Resulta que el baño de hombres tenía en la entrada un cartón con unos firuletes escritos. Supuse que decía en khmer que estaba fuera de servicio. Una mujer me vio intentando descifrarlo. Hizo pantomima de agarrarse el pito. Se acuclilló. Me miró con cara de preguntarme cuál de las dos. Hice pantomima de agarrarme el pito. Me señaló atrás del mercado.

Y ahí estaba.

Al aire libre, rodeada de pasto, había una pared chiquita con cuatro mingitorios.

Hice pichún mirando a mi alrededor, al cielo, contento con lo surrealista de mi segunda aventura urinaria.

Volví y a las inglesas se les había sumado un yanqui. “Es como esto de parar acá estando a cinco minutos. Les falta un poco de sentido común,” decía el yanqui, negando con la cabeza, compungido.

Exactamente,” insistía la inglesa. “Si querés que baje la voz, decímelo. No me agarres del brazo. Es mi espacio privado.

Creo que los chinos son así, ¿no? Bastante violentos.”

Maleducados.”

Por algún motivo que no pude entender, esa palabra se quedó conmigo. Como una pieza de un rompecabezas que no sabés bien cómo usar.

Viendo que estábamos todos, el conductor bostezó y se subió a la combi. Lo escoltamos. Cinco minutos después, llegamos. Cada cual buscó su equipaje y encaró hacia su privado destino final.

De a poco, con el pasar de los días, a mí también me agarraron del brazo. Un vendedor ambulante al cual le decía que teníamos poco dinero. Un taxista al cual le decía que mejor caminábamos. Un guía turístico al cual le decía que no buscábamos un tour. Me agarraban del brazo, fuerte.

Al principio pensé que, acto seguido, me iban a arrimar un arma contra mis entrañas. Después, que no iban a dejarme ir hasta que les diera algo de dinero.

Ninguna de las dos pasó.

Simplemente eran desconocidos que me agarraban del brazo para buscar mi atención.

Maleducados,” dije.

Y entonces de repente me subí al DeLorean y viajé al pasado. Vi cuando paramos a la madrugada en el aeropuerto de Qatar y en la zona de descanso había personas gritando en idiomas que no entendía y dije: “Maleducados.” Vi cuando trabajé en un hotel y vietnamitas no podían esperar un microsegundo a que los atendiera y dije: “Maleducados.” Vi cuando el chino le agarró del brazo a la inglesa y ella dijo: “Maleducados.” Fue entonces cuando conecté a las piezas del rompecabezas.

Vamos hasta el culo del planeta y llevamos cosas de nuestra casa. Las llevamos en nuestro equipaje y también en nuestra cabeza.

Porque creemos que el norte es el mismo que veíamos allá, en nuestro rincón del mundo. Pero el norte se redefine constantemente desde donde estemos parados. La brújula no es uno.

Atestiguamos a un desfile de turistas comportándose como se comportarían en sus casas. Sólo que, a mil kilómetros, eso era maleducado.

De la misma forma, alguien no es maleducado por agarrar el brazo, por gritar. Creerlo supondría que hay un único norte, y que la cultura se repliega a apenas un idioma diferente, una música distinta, una comida rara y no mucho más.

El ejemplo más torpe pero más efectivo es siempre el opuesto. En determinados rincones de Asia darle un beso chiquito o un abrazo a mi novia en público es maleducado.

En determinados rincones de Asia no es maleducado reírte de alguien que está llorando. O reírte de la muerte. ¿Se te murió tu tío y encima estás llorando? Jajaja.

Ni siquiera la risa tiene siempre un único norte. Por ejemplo, en Camboya se ríen para admitir culpa. Nos pasó de decirle a un camboyano con el que trabajamos que no hizo lo que tenía que hacer y ahora el jefe lo iba a retar a él y a nosotros y el tipo se nos río en la cara.

Obvio que le queríamos gritar.

Pero eso no.

Nunca.

Porque levantar la voz en Camboya es muy de maleducado.

Una inglesa con la que trabajamos le levantó la voz a un cocinero camboyano porque no hizo su trabajo y el pibe estuvo rompiendo cosas y llorando por media hora.

Hasta quiso renunciar.

Cada vez que los confrontábamos y se nos reían, teníamos que respirar profundo y recordar lo más difícil de aceptar.

La brújula no es uno.

Nuestro norte puede no ser el de otro.

La brújula no es uno.

Creerlo sería de maleducado.