No voy a lograr contarte todo lo que quiero.

Pero voy a intentarlo.

La cosa es más o menos así.

Con Cecilia nos internamos diez días en un monasterio budista para un curso de meditación en Tailandia.

Te voy a ser sincero.

Nunca habíamos hecho algo así, ni nos interesaba mucho más allá de la simple curiosidad de probar algo nuevo, pero el curso, la comida y el alojamiento eran gratuitos.

Entonces nos anotamos.

Llegamos y nos separaron a los hombres por un lado y a las mujeres por el otro. No podíamos hablar, leer, escribir, usar teléfonos ni computadora, hacer ejercicio, fumar, masturbarnos, tomar alcohol, silbar, cantar, tocar un instrumento, ni siquiera hacerle un gesto a alguien.

Ningún entretenimiento.

Sólo meditar.

Diecisiete horas diarias enfrentándonos al silencio.

Escribí un puñado de textos contando la travesía interna de esos diez días.

Este va a ser el último.

La cuestión es que era tan difícil estar en el presente sin una distracción que teníamos que dejar en un locker todo lo que no fuera ropa y artículos de aseo personal así no nos tentábamos.

Algunas noches fantaseaba con jasonbournearla y robar mi mochila para mirar algún video en mi teléfono, escuchar música, jugar un jueguito, enchufarme a cualquier cosa que no fuera el ahora.

Pero no.

Lo único que había venido conmigo de contrabando, sin saberlo, era un paquete de semillas de girasol. Lo encontré en el fondo de mi bolsa de ropa.

A la tarde del primer día yo ya me encontraba vencido.

Treinta y cuatro años había estado construyendo a mi mente.

Y ahora, por primera vez, la callaba sin una distracción.

Ella, resistiendo convertirse en algo nuevo, peleaba desesperada por seguir siendo lo que siempre había sido.

Era demoledor.

Estaba enojado, me dolía todo, quería despedazar al universo.

Y te digo más.

En el monasterio había un cartel que contaba los días del curso.

Ahora me mostraba, casi desafiante, el número uno.

Me quedé no sé cuánto tiempo mirándolo.

“Faltan nueve más,” pensé. “Esto es imposible.”

Estaba aterrado.

Me había costado una eternidad llegar hasta la tarde del primer día.

Encontré cierto reparo en recordar que tenía las semillas de girasol en mi habitación. Comerlas iba a ser mi privada rebeldía.

Enseguida vino la merienda, decidí guardarlas para más adelante.

Eran las cinco de la tarde. Hacía frío y llovía y teníamos apenas de merendar té y frutas. La próxima comida sería el desayuno, que era un buffet delicioso y abundante. Pero eso era recién a las seis y media de la mañana del día siguiente, después de dos horas de meditación en ayunas.

Decían que comer sin excederse y también irse a dormir livianos eran maneras de mantener a la mente despierta, lista para trabajar.

Pero dejate de joder.

Hay seguridad en el comer.

La ancestral paz de saber que con cada bocado te estás aferrando a la vida.

Llenar el vacío.

Necesitaba eso.

No té y frutas.

Carnaval de chocotortas y orgía de tostados de jamón y queso y avalancha de rolls de canela y lluvia de pastelitos de membrillo y piletas olímpicas llenas de pastafrola para tirarme desde un trampolín hecho de alfajorcitos de maizena.

Eso necesitaba.

Pero no.

Té y frutas.

Estaba por prender fuego al mundo cuando lo vi a Michifús.

Se armó un sánguche de mermelada.

No sabía que se podía hacer eso.

Lo imité discretamente.

Pero me salió mal.

Quise prepararme un sánguche de mermelada, hice un oasis.

Lo comí asintiendo feliz con cada bocado, suspirando rejuvenecido, esperanzado.

Me dio la fuerza suficiente para seguir.

El gong pronto nos llamó otra vez.

Lavé mi plato y mi taza y caminé hacia la sala como Rambo.

Nada podía detenerme después de ese sánguche.

Toreé a recuerdos y planes y multitudes de pensamientos que buscaban apartarme del ahora.

Logré llegar a la noche.

Pero llegué demacrado.

Consumido.

Vencido.

No había pagado por el curso, por nada.

No tenía por qué quedarme.

Podía renunciar.

Iba a renunciar.

Iba a comer mis semillas de girasol y a la mañana iba a pedir lápiz y papel y escribirle una carta a Cecilia explicándole que eso no era lo mío, que la esperaba en el mismo hotel en el cual habíamos estado antes del curso y listo, era libre.

Un gong me apartó de mis planes.

Cada noche nos iban a pasar un video de S.N. Goenka, el maestro que reintrodujo el Vipassana al mundo, dando una clase, explicando la teoría detrás de la técnica.

Era hora de ver el primero.

Me prepararon un equipito de música con auriculares así podía escucharlo en español, dándole la espalda a la pantalla que pasaba el video en inglés.

Sé inglés pero estaba tan demacrado física y mentalmente que prefería cerrar los ojos y tenerlo en mi lengua natal, sin pensar ni un poquito.

Fue así como lo escuché enumerando todas las dificultades que me apuñalaban.

Decía que eran comunes.

Yo no estaba en un infierno exclusivo.

Enfrentados a lo nuevo, cuerpo y mente se aferran desesperados a lo viejo.

Y eso duele.

Duele profundo.

Era tal cual como con la comida.

Yo no era un mendigo. Tampoco estaba en la época de las cavernas, cazando, sin saber cuándo podría tener algo en el estómago. Pero así y todo encontraba cierta paz en el comer.

Las cosas son lo que uno hace de ellas.

Con el tiempo nos terminamos aferrando a las definiciones que construimos a nuestro alrededor.

Y entonces nos aprisionamos.

Creía que necesitaba comer porque quería paz.

Quería paz porque me dolía horrores caerme y levantarme para caerme otra vez.

Habremos llorado y pataleado y protestado mil veces empezando a caminar, hablar, leer. Pero la cuestión es que teníamos a alguien al lado, insistiéndonos. Después crecemos y en algún momento consideramos más o menos saber todo lo que necesitamos. Si un aprendizaje nos resulta particularmente cansador, desafiante, frustrante, listo, lo abandonamos y a otra cosa, mariposa.

Era eso lo que estaba a punto de hacer.

Había demasiado miedo y dolor y fracaso y enojo en romper los barrotes que me aprisionaban.

Mi ego sólo podía tolerar hasta cierto punto.

Pero algo pasó mientras escuchaba las palabras de S.N. Goenka.

Lo que pasó es que el sánguche de mermelada aún se digería en mi estómago.

Y, como Terminator, se hundía en el ácido gástrico y me mostraba su pulgar en alto.

“Tengo treinta y cuatro años pero en el fondo soy un bebé pataleando por algo que le cuesta,” me dije. “Vamos, arriba. A probar otra vez.”

Guardé entonces las semillas de girasol y los planes de escape.

El día siguiente me recibió con el cartel.

Ahora tenía un número dos grande.

Miré mis manos.

Abrí todos los dedos, cerré dos.

Miré a los que quedaban abiertos.

“Son un montón,” pensé.

Respiré profundo.

“Y buéh, vamos a intentarlo.”

No puedo precisar los océanos de tiempo que entran en un sólo día cuando no se tiene ni una distracción.

Pasé eternidades sufriendo, toreando con la necesidad de aferrarme, pensando, pensando en dejar de pensar, conociendo por primera vez a mi mente y lo que está dispuesta a hacer para no cambiar, todo hasta llegar al sánguche de mermelada de la merienda.

Siempre trato de imaginar lo que debe haber sido estar en una batalla.

Cargar los kilos de armadura, el calor, la desesperación de ver esas nubes de flechas acercándose, acercándose, acercándose, acercándose, que me rodeen espadas, hachas, caballos, gritos, sangre, por horas, horas, hasta ese momento, ese silencio, esa calma apenas apuñalada por mi respiración, que de a poco, muy de a poco, va alentándose, entendiendo que todo ha terminado, que ya no corro peligro, y entonces sacarme el casco y respirar una vez, una sola vez, llenando la totalidad de mis pulmones, recibiendo en ellos el milagro de estar vivo, dejando ir el terror.

Así se sentía comer ese sánguche de mermelada.

Después, era todo moco de pavo.

Primero vino una meditación corta de una hora y, una vez terminada, fui a sentarme dándole la espalda a la pantalla que pasaba el video en inglés, me puse los auriculares y cerré los ojos para escucharlo a S.N. Goenka. Concluida la clase, media hora más de meditación y listo, a la cama.

El nuevo día me trajo un cartel con un número tres grande.

“Tres de diez,” pensé. “Es casi un tercio. Es una considerable parte de la mitad. La mitad de diez es cinco. La mitad de cinco es dos y medio. Tres es más que la mitad de la mitad,” me decía, contento.

Pero después me daba cuenta.

El tercer día recién había empezado.

Todavía tenía que batallar ejércitos por eternidades hasta llegar al sánguche de mermelada de la merienda.

Esa era mi medida de tiempo.

Mi bastón.

Mi faro en una noche tormentosa.

Llegar era lo difícil.

Después del sánguche de mermelada había apenas una meditación corta, una clase de S.N. Goenka, otra meditación todavía más corta y listo.

Y encima las clases de S.N. Goenka eran siempre interesantes.

Ojo, a veces lo odiaba.

Lo odiaba y lo insultaba a él y al que le doblaba la voz en español.

Pero cada tanto mi mente no estaba empecinada en boicotear todo para que le siguiera dando de comer internet y recuerdos y música y videos y libros y pensamientos y planes y cualquier cosa que no fuera el ahora.

En esos momentos de calma podía apreciar cada una de sus palabras.

Me acuerdo de una clase.

La escuché, como siempre, sentado frente al equipo de música con los ojos cerrados, dándole la espalda a la pantalla que pasaba el video en inglés.

S.N. Goenka habló de la higuera de Bengala, que es un árbol enorme, gigantesco. Pero así y todo tiene una semilla muy chica. Si uno la mira, pensaría que nada grandioso podría salir de ella. Pero si se la planta, se la atiende, nutre, cuida, de esa pequeñez crece esa belleza descomunal. Y no sólo eso. A lo largo de su vida, la higuera de Bengala da muchas semillas, muchísimas. Cada una con el potencial de devenir en ese árbol maravilloso.

Un poco como nosotros.

Hay cosas que dejamos germinar, cosas que no.

No siempre es a conciencia.

Es necesario detenerse a precisar qué semillas recibimos del mundo, cuáles dejamos pasar, cuáles sembramos.

Estaba contento por esta semilla que me había arrimado la vida casi de casualidad, la posibilidad de ver, entender y moldear a mi mente.

En esos momentos quería escribirle a S.N. Goenka, agradeciéndole, pasándole los textos que seguro iba a escribir sobre la experiencia.

Lo sentía un tío.

Cada nuevo número en el cartel traía ganas de trabajar y ganas de abandonar y un sánguche de mermelada y una clase de S.N. Goenka.

Hasta que llegó el cartel con el número diez.

El último día del curso.

Mañana a la mañana me iría.

Tenía hambre.

Quería desayunar.

Pero no podía moverme.

No podía dejar de mirar el cartel.

Estaba frente al fin.

Pensé que nunca iba a llegar.

Y ahí estaba.

Frente a mí.

Ya no podía hacer las cosas mejor de que las había hecho.

Ya no podía intentarlo con más fuerza.

Ya no podía cambiar nada.

Tampoco podía evitar mirar al cartel y pensar que así como creía que nunca jamás iba a llegar ese último día, alguna vez iba a estar frente a mi último rincón en esta vida.

Sin poder hacer las cosas mejor de que las había hecho.

Sin poder intentarlo con más fuerza.

Sin poder cambiar nada.

Floté de un lado al otro ese día.

S.N. Goenka nos había pedido que mantuviéramos la práctica de la meditación constantemente.

Que nos concentráramos en el cuerpo siempre.

No puedo describir la calma que sentía, viviendo en el momento, sin un pensamiento que me arrebatara del presente.

Por primera vez no me costó llegar al sánguche de mermelada.

Fui a preparármelo.

En verdad no lo necesitaba.

Pero lo iba a comer de todas formas.

Quizá te parece una boludez, pero había pasado días fantaseando con ese momento.

Sentir en cada bocado que cerraba un ciclo.

Agradecerle a los diez sánguches de mermelada que me dieron fuerzas.

Todos tenemos nuestras privadas excusas para no intentarlo y nuestros privados bastones para levantarnos y probar de nuevo.

Los sánguches de mermelada habían sido los míos.

Pero por ser la última merienda nos dieron un buffet enorme.

Había de todo.

Salvo pan y mermelada.

“No hay problema,” me dije. “Mañana a la mañana, justo antes de irme, me preparo un sánguche de mermelada de despedida en el desayuno.”

Merendé charlando un poco con un malayo y un australiano y otro poco mirando a los árboles mecerse en el viento.

Por días pensé que ni bien terminara el curso, hasta reencontrarme con Cecilia, iba a hablarle a mis compañeros, preguntarles por su experiencia, revisar mi teléfono, leer, escuchar música.

Pero ahora que nos acababan de levantar el voto de silencio, me encontré alejándome de las conversaciones.

Mirando a los árboles mecerse en el viento.

Sintiendo que había mucho ruido.

Que el ahora era una cosa demasiado preciosa y frágil.

“Falleció, ¿sabías?” me dijo el malayo. “Hace unos años ya. S.N. Goenka.”

Se me estrujó el pecho. “No… no sabía… soy nuevo en esto… no…” apenas balbuceé.

Miré a los árboles mecerse en el viento.

La noche llegó y por primera vez me costó quedarme dormido.

De repente sonó el gong de la mañana, invitándonos a ver un último video de S.N. Goenka a modo de despedida.

Le pregunté a uno de los ayudantes si podía mirarlo en vez de escucharlo en español en auriculares dándole la espalda a la pantalla.

Me dijo que sí.

Me senté, le dio play.

Se me puso la piel de gallina.

Era la primera vez que lo veía en una clase.

Y era la última.

Y ahora sabía que él había fallecido.

Estaba ahí, sentado al lado de su mujer, viejo y gordo y feliz.

Nos dijo que no nos había dado la respuesta a todos nuestros problemas ni la felicidad eterna.

Nos dijo que nos habían dado una semilla, que ahora dependía de nosotros qué hacíamos con ella, si la plantábamos, regábamos, cuidábamos, disfrutábamos de sus frutos, o si la tirábamos.

Nos dijo que teníamos mucho trabajo por delante y que nos deseaba mucha suerte.

Se despidió con una sonrisa.

No pude evitar derramar una lágrima.

Nos invitaron a una última meditación todos juntos.

Hicimos Vipassana.

A modo de despida hicimos después otra técnica, llamada Meta, cuyo propósito es, básicamente, irradiar amor.

La vez anterior que practicamos Meta pensé en todos los seres que conozco, todos los que no, todos los que podían estar pasándola mal, y los deseos de los ciento veinte que éramos en esa misma sala, y me imaginé en un planetita chiquito como el del Principito, con Cecilia, con un vino y una guitarra, cantando, mirando al universo, celebrando estar vivos.

Lloré.

Pensé que esta vez por ser la última iba a ser todavía más emocionante.

No lo fue.

Me di cuenta que estaba esperando una sensación en vez de entregarme al presente.

El cántico terminó.

Todo terminó.

Nos llamaron a desayunar.

Fui a preparme un sánguche de mermelada pero tampoco había pan ni mermelada.

Sonreí, me serví otra cosa.

Comí pensando que la última vez que había comido ese sánguche de mermelada fue sin saber que era la última.

Y que algunas cosas son así.

Se van demasiado pronto.

Sin una despedida.

Nos pidieron que limpiáramos nuestras habitaciones, bajáramos la sábana y frazada que usamos, pongamos nuevas, dejemos todo listo para el próximo estudiante.

Me acuerdo como si hubiera sido hoy a la mañana.

Estaba ahí, en la habitación en la que tanto había insultado.

El mundo me esperaba afuera.

Cecilia me esperaba afuera.

Y no me podía ir.

Revisaba y revisaba por si me había olvidado algo.

Pensaba dejarle algún mensaje secreto al nuevo alumno, apenas un “aguantá” escrito no sé dónde ni sé cómo.

Mi lapicera estaba en mi mochila.

Mi vida estaba afuera.

Había estado diez días fantaseando intensamente con irme pero ahora, que era el momento, no podía hacerlo.

Revisaba y revisaba por si me había olvidado algo.

“Sé que tengo todo,” me dije. “¿Qué estoy buscando?”

De repente supe la respuesta.

Ese lugar había significado mucho para mí, me estaba aferrando a él.

Abrí la puerta, lo miré una última vez a modo de despedida.

Ahí fue.

La vi en el piso, al lado de la silla.

Se debió haber caído.

Caminé, la agarré.

Una semilla de girasol.

Te lo juro por mi vida.

Antes de irme encontré una semilla.

Sonreí.

La guardé en mi bolsillo y me fui.

Y ahora acá estoy.

Parado sobre las últimas líneas de esta saga.

Hay tantas cosas que quedaron afuera, tantos pensamientos, tantos aprendizajes.

Te lo dije al comienzo.

No voy a lograr contarte todo lo que quiero.

El final llega cuando llega.

Hice lo que pude con el tiempo que tuve.

Lo hice en la forma de un puñado de textos para que, con suerte, persigas vivir en el ahora, dejes de aferrarte tanto a lo bueno como a lo malo, entiendas que tu mente es un bicho que está dispuesto a todo con tal de no cambiar, que si en una sucesión de días exteriormente idénticos tuve días hermosos y días de mierda eso significa que la llave de la felicidad está adentro nuestro, que debemos escuchar mucho más al cuerpo, que hay demasiado ruido, que todos tenemos excusas y bastones, que nuestro último día parece en un futuro inalcanzable pero que siempre llega, que la vida puede ser mejor sin soluciones mágicas, con trabajo y tropezones y volviéndolo a intentar.

Te di una semilla.

Ahora lo que hagas con ella depende sólo de vos.