Perdoname.

Todavía no te conté sobre Michifús.

Yo le digo así a toda criatura pequeña y simpática.

Y Michifús era un petiso bonachón con una sonrisa que desbordaba los confines de esos cachetes gordos tan pellizcables que tenía.

A su lado, cualquier tristeza se esfumaba.

Michifús no caminaba.

Michifús rebotaba.

Iba rebotando por ahí, como un hada tailandesa algo rechonchona, esparciendo alegría sin ni siquiera intentarlo.

Yo lo necesitaba angustiosamente.

Me había internado en un curso de meditación Vipassana por diez días. Eso significaba que no podía hablar, leer, escribir, escuchar música, usar el teléfono, nada de nada. Eso significaba que estaba a solas con mis pensamientos. Eso significaba que cualquier distracción era bienvenida con desesperación.

Primero até mi atención a mi vecino C4. No resultó muy bien.

Luego decidí escoltar a Michifús.

En mayor o menor medida, todos somos una vieja chusma mirando desde el cómodo anonimato a través de la ventana y opinando y criticando la vida de otros.

Ponemos la atención afuera para no hurgar adentro.

Es escarbando en nuestras entrañas donde están todas las llaves.

No por nada los medios fabrican deliberadamente a cada instante multitudes de otros sobre los que opinar y criticar y desear.

No por nada ponen, a su lado, publicidades de cosas que pretenden parecerse bastante a una llave.

No es esa la cerradura de la felicidad.

Ahora, yo me había encerrado en un monasterio budista por diez días para mirar adentro por primera vez sin ninguna distracción.

Y así y todo me entregué a aquello a lo que estuve acostumbrado toda mi vida y fui una vieja chusma espiando a Michifús.

No sé si fue arbitrario.

Más allá de ser el hombre más simpático del mundo, Michifús me salvó la vida.

Era la tarde del primer día del curso cuando yo ya me encontraba por completo vencido.

Los únicos oasis eran las comidas.

Y estaba frente a la última de ese día.

Una merienda a las cindo de la tarde.

Una merienda frugal.

Té o café, un poco de frutas y andate a la puta que te parió.

Fui hasta la mesa desganado.

Me serví desganado.

Estaba por volver desganado a mi lugar cuando lo vi.

Michifús rebotaba por la mesa de al lado.

Agarró una rodaja de pan lactal, la untó con dos mermeladas distintas, le tiró encima un litro de leche condensada y le puso otra rodaja de pan.

Se había preparado un sánguche dulce.

Comió un bocado, su sonrisa engordó aún más en su rostro y se fue rebotando a su lugar.

“Michifús,” pensé, “no sabía que se podía hacer eso. Sos un maldito genio.”

Lo imité, salvo por la leche condensada que, aunque a mí me parecía un exceso de dulzor, a Michifús le encantaba. Lo llegué a ver poniéndole leche condensada hasta a la lechuga.

Gracias a él, en ese sánguche encontré las fuerzas para sobrevivir unas horas más.

No sé si fue a la merienda del día siguiente o del otro. Estaba sirviéndome al lado de Michifús cuando trajeron un frasquito nuevo y lo dejaron sobre la mesa.

No tenía etiqueta.

No se podía preguntar ni hacer gestos.

Parecía mermelada pero con cosas largas adentro y unas bolitas.

Misterio.

Michifús inmediatamente agarró el frasco.

Lo miró.

Puso carita de “No tengo idea qué carajo es esto pero voy a probarlo.”

Lo untó en un pan, lo comió.

Puso carita de analizar el gusto.

Sonrió.

Se fue rebotando.

Esa gente a mí me encanta. La que se arroja hacia lo incierto, la que vive todo como una aventura.

Y te digo más.

Michifús usaba siempre una gorra o un sombrero.

Le conté seis distintos.

Ahora, ¿quién carajo trae seis sombreros a un curso de diez días?

Sólo Michifús.

Y encima, cuando nos sentábamos a meditar, se sacaba su sombrero y lo dejaba muy cuidadosamente sobre un almohadón a su lado.

No sé por qué eso siempre me hacía sonreír.

Como cuando estábamos todos meditando y él salía de la sala o volvía y caminaba en puntas de pie a un milímetro por hora para no hacer ruido y desconcentrarnos.

Yo lo miraba de reojo y pensaba: “Michifús, distrae más sentir que al lado hay alguien caminando tan lento.” Y él seguía, despacito, bien despacito, con sus manitos en alto, y se sentaba y dejaba su sombrero a su lado y yo no podía evitar sonreír.

Como sonreía cuando llovía interminablemente y aparecían por todos lados caracoles y se armaba un charco por donde pasábamos caminando. Siempre pero siempre Michifús agarraba su paraguas y un secador y se ponía a sacar el agua.

Yo lo miraba y pensaba sonriente: “Michifús, ¿qué estás haciendo? Es un charco bajo la lluvia. En dos minutos se va a formar de vuelta.”

Pero Michifús quería ahorrarnos la incomodidad de mojarnos los pies.

Michifús hacía un mundo mejor.

Aunque sea por un instante.

Era imposible no sonreír mirándolo porque su sonrisa desbordaba los confines de esos cachetes gordos tan pellizcables que tenía.

Salvo por la mañana del sexto día.

Ahí fue cuando lo vi llorando desgarradoramente.

No hacía ni un ruido.

Estaba parado bajo su paraguas, a su vez parado bajo un techo, mirando a la lluvia.

Cada tanto sacaba una mano como para comprobar que seguía lloviendo más allá de sus ojos.

Miraba unos pasos hacia adelante como si el patio fuera un demonio al que quería torear.

Me di cuenta que Michifús quería caminar ese predio de 43 pasos por 46 pasos que teníamos.

Pero por algún motivo no se animaba.

Se quedaba bajo su paraguas parado bajo techo, cada tanto sacando una mano, llorando desgarradoramente sin ni siquiera hacer un ruido.

Se me ocurrió ir a buscar el paraguas.

Quizá él necesitaba un compañero, incluso en el silencio.

Subí rápido, agarré el paraguas, bajé rápido.

Y ahí estaba Michifuz.

Bajo su paraguas pero bajo la lluvia.

Cerré el puño en un callado festejo.

Y ahí lo ví.

Se agachó, tocó un banquito.

Puso cara de duda.

Sacó un pañuelo de tela de su bolsillo.

Secó al banquito.

Se sentó.

Y se quedó ahí, respirando profundo y entrecortado.

Me fui a parar a unos metros.

Para que vea que no estaba solo bajo la lluvia.

Nos quedamos los dos, entre los caracoles, en silencio.

Michifuz no volvió a sonreír en dos días.

Fue a la tarde del octavo día cuando lo volví a ver sonriente.

Te juro que verlo sonreír ahuyentó a todos los males.

Yo estaba afuera, estirándome, buscando replegar a mi mente del pasado y del futuro para que habite sólo en el presente.

Michifuz salió.

Sonriente.

Fue rebotando hacia su habitación.

Dio un paso, dio dos, dio tres.

Y crack.

Se dio vuelta.

Miró.

Se detuvo.

Suspiró.

Y se quedó ahí.

Quieto.

Inclinado.

Quieto.

Mirando.

Mirando.

Frunció los labios, sacó su pañuelo de tela.

Agarró al caracol que había aplastado.

Nadie agarra un caracol aplastado bajo la lluvia.

Sólo Michifús.

Puso carita de no saber qué hacer.

Lo pudo haber tirado desde ahí pero no.

Bajó una escalera.

Bajó otra.

Y lo dejó gentilmente sobre la tierra.

Después, se fue.

Al rato lo vi caminando con su pañuelo de tela y un pedazo de cartón, mirando con suma atención al suelo.

Se detuvo.

Juntó un caracol, lo corrió del medio, lo dejó sobre la tierra, siguió caminando.

Se detuvo.

Juntó a otro caracol, hizo lo mismo.

Eran multitudes pero Michifús estaba dispuesto a correrlos a todos del medio.

Poco después iban a reptar y meterse en el camino.

Pero Michifús hacía un mundo mejor aunque sea por un instante.

Fue en la última meditación.

Hicimos una técnica distinta a la del Vipassana que veníamos haciendo.

Habíamos estado observando las sensaciones en nuestro cuerpo, las buenas y las malas, sin desearlas ni rechazarlas, apenas notando que iban y que venían, que todo es pasajero, y que, por ende, aferrarse a lo placentero o a lo desagradable es básicamente caca.

Pero este era el fin del curso.

Querían cerrarlo con una técnica nueva, llamada Meta.

La misma consistía en pensar, sentir y emanar amor y paz.

Dejar que otros beban de nuestra copa.

Pensé en todas las personas que quiero, en mi familia, mis amigos, pensé en los que no conozco, en los que estarán pasando un mal momento.

Pensé en lo breve y hermoso que es todo.

Y no sé bien qué fue.

Si fue ese cántico conmovedor sobre el final de la meditación, si fueron los deseos de amor de los ciento veinte que éramos ahí juntos con los ojos cerrados, si fue saber que el curso terminaba, si fue no tener una distracción y pasar a todo por un tamiz y darme cuenta que lo único verdaderamente importante es estar bien y ayudar a que otros estén bien, si fue esa imagen que tuve de cada uno de nosotros en un planeta chiquito como el del Principito, sentados o acostados, mirando al universo, y en mi planetita estábamos con Cecilia, juntos, con una guitarra y un vino y una canción.

Pero lagrimé.

Lagrimé fuerte.

A la salida uno de los ayudantes me dijo que ya podía hablar.

Le agradecí pero me sentía muy conmovido para decir una palabra.

Y ahí lo vi salir a Michifuz.

Se tocaba el corazón.

Lloraba a borbotones.

Su sonrisa desbordaba.

Agradecía una y otra y otra y otra vez.

Quise decirle algo pero no supe qué. Fue ahí cuando se me pusieron a hablar un malayo y un australiano que habían hecho veinte veces el curso.

Me contaron todo lo que cosecharon con la meditación.

Sobre cómo los científicos no paran de descubrir cosas que presenció Buda en su iluminación.

Y Michifús rebotaba por ahí.

No sabía cómo saludarlo, cómo decirle que quería tenerlo en todos los asados de mi vida.

De a poco empezaron a aparecer familiares, amigos, abrazos, taxis.

Algunos se sacaban selfies con el monasterio de fondo, otros charlaban, muchos se iban.

Nos encontramos con Cecilia, subimos a la parte de atrás de una camioneta y nos fuimos a un hotel.

Mientras volvíamos lo vi a Michifús.

Estaba sentado solo.

Sin sonreír.

Cada tanto me acuerdo de él.

Me pregunto si estará rebotando, si estará sonriendo.

Si estará ayudando a otros.

Creo que fue con él que lo descubrí.

Los medios fabrican deliberadamente a cada instante multitudes de otros sobre los que opinar y criticar y desear.

Y ponen, a su lado, publicidades de cosas que pretenden parecerse bastante a una llave.

No es esa la cerradura de la felicidad.

Es escarbando en nuestras entrañas.

Dejando que otros beban de nuestra copa.

Y haciendo un mundo mejor.

Aunque sea por un instante.