No sabía su nombre.

No sabía nada de él.

Sólo sabía que mi plan era colgarme de sus tetas para sobrevivir el apocalipsis.

Porque no te jodo, yo estaba en el apocalipsis.

El apocalipsis bañado en caca.

El apocalipsis bañado en caca con relleno de bebés panda muertos y una oblea de dictadores como decoración.

Tenía por delante diez días de silencio absoluto en un monasterio budista en Tailandia.

Se suponía que estuviera desde las cuatro de la mañana hasta las nueve de la noche, meditando, sin leer, sin escribir, sin escuchar música, usar el teléfono, hacerle un gesto a alguien, fumar, tomar alcohol, tener actividad sexual, hacer ejercicio o ni siquiera agarrar a los ciento veinte tailandeses que estaban haciendo el mismo curso y juntos recrear escena por escena a Space Jam.

Nada podía hacer.

Nada más que prestarle atención a mi respiración y tratar de no pensar.

Era el primer día y cada ratito libre lo pasaba en mi habitación en posición fetal, pensando excusas para abandonar.

No era la ausencia de distracciones lo que me jodía.

Era entrenar a la mente para que no hiciera lo que estuvo haciendo toda su vida.

Enrollarse en el pasado.

Enrollarse en el futuro.

Era desesperante.

Era imposible.

Al menos, para mí.

Nos habían prohibido hablar entre los estudiantes, hacernos gestos, mirarnos.

Pero no pude evitarlo.

De reojo los espié.

Necesitaba saber si el apocalipsis acampaba en mi pecho nomás.

Pero el rostro de los hombre tailandeses no suele desbordar de expresiones.

Y las mujeres estaban en otro predio, lejos de vista.

Estaba solo.

Solo y sin voz.

Solo y sin nombre.

Era apenas el numerito de mi habitación, C5.

Pero a mi izquierda estaba C4.

C4 parecía de la India.

Tenía unos cuarenta años y toda la calma del mundo.

Tanta que la irradiaba.

Mirá, me acuerdo hace unos años cuando me fui a reunir con unos amigos.

Yo estaba atrasadísimo y decidí tomarme un taxi.

Viajé en silencio, mirando por la ventana.

Viajé muchas veces en taxi en silencio.

Pero esta vez era distinto.

Esta vez era compartido.

A la hora de pagar, el tipo me dijo con una sonrisa enorme en su cara: “Fue muy placentero llevarlo.”

“Gracias, estuvo lindo el viaje.”

Me bajé dejando atrás haber compartido un momento de calma con un desconocido.

Eso era lo mismo que me estaba pasando con C4.

No sabía su nombre.

No sabía nada de él.

Sólo sabía que mi plan era colgarme de sus tetas para sobrevivir el apocalipsis.

Porque el tipo irradiaba paz.

Estar a su lado era tener esperanza.

Ponele, siempre que C4 terminaba de comer hacía lo mismo.

Apartaba a su plato y agarraba a su taza.

Fruncía los labios y asentía ligeramente, como diciendo: “Esto es lo que me toca afrontar hoy. Perfecto, lo afronto.”

Y entonces tomaba un sorbo de té de jengibre con la mirada perdida del otro lado de la ventana.

No.

No perdida.

Con la mirada atenta del otro lado de la ventana.

Porque C4 no naufragaba por la vida.

El tipo estaba a cargo.

Lo tenías que ver cuando se acercaba a consultarle algo al maestro.

No sabías quién le preguntaba a quién.

C4 arrancó como todos nosotros, sentado en posición de loto con un almohadoncito para el culo.

A la tercera meditación, el tipo tenía dos almohadoncitos.

A la quinta, dos almohadoncitos para su culo y uno para cada pierna.

El segundo día, tenía un respaldo fijo que lo llenó con almohadones.

No tenés idea lo cómodo que se veía.

C4 estaba listo para llegar al Nirvana sin GPS ni ningún carajo.

Al tercer día, C4 no vino a la primera meditación.

“Te quedaste dormido, turro,” pensé.

Tampoco vino al desayuno.

Ni a las siguientes dos meditaciones.

Ni al almuerzo.

Abandonó.

C4 hundido.

Se ve que fue demasiado para él.

Me sentí Rose cuando Jack se perdía en la profundidad del mar junto con los restos del Titanic.

Me sentí solo.

Me sentí vencido.

Y todavía faltaba una eternidad para terminar el curso.

Ese almuerzo del tercer día miré a su asiento vacío y miré a mi alrededor y comprendí que jamás verdaderamente podemos saber qué batalla están peleando los que nos rodean.

Comprendí que no podemos depositar nuestras esperanzas en otros y esperar a que vengan a solucionar nuestros problemas.

Comprendí que estaba solo.

Las únicas tetas de las que me podía colgar para sobrevivir el apocalipsis eran las mías.

Pero no tenía el teléfono para mirar algún video inspirador.

No tenía música para concentrarme.

No tenía un mate para hacerme compañía.

Ni una cerveza para despejar la cabeza.

Estaba cansado.

Estaba frustrado.

C5 tocado.

Pero no hundido.

Cada uno a mi alrededor libraba batallas que desconocía.

Y yo acababa de empezar la mía.