Yo quería quererlo aunque sea un poquito. Pero no. Era el hombre más triste del mundo.

Pasa que las lluvias están amontonándose cada vez más en la jungla. Y eso significa un par de cosas.

Primero, la ropa no está nunca jamás ni de remota casualidad seca.

Siempre húmeda.

Pero siempre.

Siempre.

Cualquier lastimadura insignificante, hasta una picadura de mosquito, puede infectarse.

Se llena de caracoles mutantes.

Caracol de dimensiones poco tímidas.

Y vienen menos turistas.

Se volvió nuestro hobby con Cecilia. Cuando tenemos un rato libre miramos la planilla de las reservas, vemos los pocos apellidos desparramados en los días que siguen y nos debatimos sobre con quiénes nos llevaríamos bien, con quiénes mal.

Es dentro de todo fácil de adivinar.

Los franceses van a hablar entre ellos en francés y mirar a absolutamente todo con cierta desaprobación. Apenas un matrimonio fue distinto hasta ahora. Ella miraba a todo con cierta desaprobación y él era un loco fanático del noroeste argentino con quien terminamos borrachos en el bar de al lado, él tocando la trompeta y yo la viola. Pero el resto, sí. Igualitos.

Los vietnamitas van a poner carita de sorpresa y horror y tristeza cuando les dijéramos que no hay wifi, van a venir atolondrados en grupo, bañarse atolondrados en grupo, comer atolondrados en grupo, irse atolondrados en grupo, van a dejar sus bungalows bien sucios, van a sacarnos fotos a Dani, Cecilia y a mí de prepo, sin preguntarnos, mientras trabajamos, mientras comemos, mientras queremos descansar.

Y el resto son una gran bolsa de tutti-frutti, con una multitud de sabores particulares. Algunos nos caen mal. Y otros nos caen peor. Pero también con algunos terminamos abrazados, prometiéndonos cruzarnos en otro rincón del mundo.

La cuestión es que de repente en la planilla de reservas hay uno que tiene unas letras raras en su apellido.

“Pará,” le digo a Cecilia. “Este es sueco o finlandés o algo así.”

Ella asiente. “Me parece que son de chupar mucho,” dice, esperanzada.

Noruego resultó ser.

El tipo ni bien llega ya se está tomando una cerveza.

Eso, para mí, es una buena señal.

Pero pará.

Falta más.

El noruego me señala a mi pierna, a las vendas que tapan mis heridas infectadas, y me pregunta si estaba bien.

Casi ningún turista hace eso.

No hay wifi.

No hay televisión.

No hay ni una sola distracción.

Y la única persona que los atiende día y noche tiene vendas en las piernas.

Y así y todo casi nadie le pregunta nada.

Casi nadie me pregunta nada.

Miran de reojo.

Pero ni una palabra.

Salvo el noruego.

Me mira preocupado, alza su cerveza cuando le agradezco y le digo que estoy bien y se va con su familia.

Ahora, entendeme.

Yo vengo de demasiados días con vietnamitas atolondrados y franceses que miran a todo con desaprobación. Su apellido con letras raras y su inmediata cerveza auspician una amistad ebria y hermosa. Porque estoy descubriendo que amo trabajar donde trabajo. Un bar en entre la jungla y la playa. Amo estar acá y charlar y reírme.

Pero vengo de demasiados días con vietnamitas atolondrados y franceses que miran a todo con desaprobación.

Solo en los bares.

Yo quería quererlo aunque sea un poquito.

Yo ya estaba dándole la llave de mi corazoncito.

Pero pasa que el noruego vino a la isla con su mujer, sus dos hijas, su hermana, la mujer de su hermana y las hijas de los casamientos anteriores de ellas dos.

Y el tipo toma.

Toma mucho.

Y cada recontra puta vez que pide una cerveza dice lo mismo.

Quince veces al día dice lo mismo.

Y no exagero.

Quince veces al día.

Lo mismo.

“Necesito una más,” dice. “No es fácil ser el único hombre.”

La primera vez que me lo dijo yo estaba limpiando la barra que Plao nunca limpió. Entonces de reflejo asentí, compañero, y busqué su mirada. “¿Hace mucho que están viajando?” le dije.

“Tres días.”

Lo dijo como si fuera un castigo eterno.

Lo dice como si fuera un castigo eterno.

Porque cada recontra puta vez que pide una cerveza dice lo mismo.

“No es fácil ser el único hombre.”

Y no puedo evitar pensarlo.

Sus hijas me piden un batido tras otro tras otro tras otro y lo toman sin nunca sonreír ni agradecer ni mirarme a los ojos.

Toman un batido tras otro y corren y juegan y no tienen ni la más puta idea de que su padre está sentado en la barra, buscando consuelo en una latita de cerveza por ser el único hombre de su familia.

Y no se va de la barra.

Lo intento echar y no se va.

Y eso que yo no echo a nadie.

Pero Dani habla de no sé qué capítulo de Game of Thrones y le pido que no cuente nada que con Cecilia estamos atrasados.

“¿Por dónde van?” dice el noruego.

“La temporada anterior.”

Asiente, toma un sorbo de cerveza. “Ah, entonces no vieron cuando murió—”

“No me digas nada,” interrumpo.

Sonríe, me mira a los ojos, me dice el nombre.

“Y entonces tampoco viste,” dice, al borde de la risa, “cuando pasó—”

“No quiero saber,” corto.

Eso no lo detiene.

Y me dice otra cosa más.

Y otra.

“Vamos a empezar a cobrarte cosas que no pediste,” le dice Cecilia. “Por cada spoiler te vamos a poner un trago y lo vas a tomar vos.”

Ríe.

“Es que me gusta estar acá. Mi mujer y mis hijas se fueron a dormir,” dice. “Al fin puedo venir y relajarme.”

Yo apenas le sonrío y limpio la barra que Plao nunca limpió para no involucrarme en su conversación.

Pero el noruego insiste.

“¿Cuántos años tiene la chica que limpia acá?” pregunta.

Hay algo raro en sus ojos.

En su voz.

En su boca.

“¿Por qué?”

Silencio.

“Mis hijas querían saber su edad, para jugar con ella.”

Pongo cara de no creerle.

Cecilia pone cara de no creerle.

Tres suizas sentadas en la barra ponen cara de no creerle.

Pero Dani está en un trance mientras fuma y trenza sus pulseras y toma té. “Dieciocho,” dice.

Es la edad que le decimos a los que nos caen mal.

A los que por las dudas preferimos no se enteren de que hay una menor trabajando.

El noruego asiente complacido y toma un trago de cerveza y gira hacia Dani.

Y pasa a querer levantársela.

Dani lo mira divertida.

La conozco.

Hay algo en su sonrisa.

Algo asesino.

En el preciso momento en el cual ella se aburra de escucharlo hablarle así va a romper una botella y va a encajársela al noruego en la garganta y va a seguir trenzando sus pulseras con las manos ensangrentadas como si nada hubiera pasado, con el cigarrillo todavía en sus labios.

¡Ahorrá dándonos una mano!

No se me ocurre otra forma de quebrar la tensión más que ir a buscarlos a Long y a Tuiyt que están en la cocina espiando a las suizas sentadas en la barra.

“Música, teléfono, chicas,” les digo. “¿Baile? Chicas, sexo.”

Ríen.

Long inmediatamente me da su teléfono para que ponga una canción camboyana bien arriba y se acerca a la barra un poco tímido, un poco sacando pechito.

Tuiyt se queda en la cocina, riendo.

Es ahí cuando nos ponemos a bailar, juntos, lejos del noruego.

El tipo se queda en la barra.

Apenas puede controlarse para no caer desmayado.

Sam y Sraï Na probablemente aprovechan que estamos todos acá para tener algo de privacidad y hacer el dulce, dulce amor.

El dulce, dulce amor.

Sep, su hijo de dos años, está quizás hojeando el diario para ver cómo siguen las acciones en las que invirtió. Nunca vi un nene tan chiquito tan maduro.

El más crack de los cracks.

Y Plao se queda en una mesa, sola, dramática, porque Long está ahora coqueteando con una suiza. Ya nada pasa entre los dos pero a Plao tiene telenovela corriendo por sus venas.

Después de una cerveza más, el noruego se va zigzagueando hasta donde está Plao y se desploma a su lado.

Yo con un ojo bailaba y con el otro lo miraba.

Se inclina para decirle algo que ella no entiende porque, básicamente, Plao no sabe ni una puta palabra de inglés.

Eso no lo detiene.

Le susurra al oído otras cosas que Plao claramente no sabe qué son.

Ella lo mira confundida, con el ceño fruncido, los brazos cruzados, el cuerpo contra la silla, marcando distancia.

El noruego se queda sentado, inclinado hacia ella, mirándola, sonriéndole.

Después gira hacia nosotros.

Nos mira bailar.

Asiente.

Y se va.

Sin decir buenas noches ni nada.

Inmediatamente con Cecilia, Dani y las suizas comentamos la situación.

Todos habíamos estado bailando con un ojo y, con el otro, mirándolo ahí sentado con Plao.

Mirándolo arrinconado por la miseria y la desesperación, intentando seducir a una chica de la que no estaba seguro si tenía edad legal para ser seducida, enfrente de otros, con su mujer y sus hijas durmiendo a unos metros, con su hermana y la mujer de su hermana boludeando en la playa.

Todos vimos eso.

Pero yo también con un tercer ojo estuve mirando a Long coquetear con una de las suizas.

¡Cuidá michifuces por el mundo a cambio de casita gratis!

La suiza quiere probar lo exótico.

Y Long quiere una mujer.

Bailan y se miran el uno al otro pero sin nunca encontrarse las miradas.

Voy rápido a la cocina a buscarlo a Tuiyt, a ver si puede hacerle la segunda.

“No,” dice todo serio, señalando a las suizas con su mentón. “Mujeres, muy altas. Yo, chico, chico.”

“No sos tan chico,” le digo. “Ya casi tenés veinte. Andá a bailar con ellas.”

Me mira confundido. “Mujeres, muy altas. Yo, chico, chico.”

“¿Petiso decís? No sos petiso.”

Señala su pito. “Mujeres, muy altas. Yo, chico, chico.”

Lo miro.

Asiente, serio.

Y se queda mirando al baile a través de la ventana de la cocina. “Altas, muy altas,” dice, casi en un susurro.

Tuiyt desde la cocina.

Escolto a sus ojos.

Todos están, de a poco, dejando de bailar.

Vuelvo corriendo, cambio de canción, subo el volumen.

Piecito para allá, piecito para acá.

Moviendo el culito.

Sacando el pechito.

De repente estamos todos bailando de nuevo.

Riendo.

Compartiendo una noche hermosa.

Es ahí cuando aparece el noruego.

Con una cámara de video, filmando.

Sin decir una palabra, nos filma bailando.

Nos filma bailando entre nosotros.

La filma a Plao.

Y se va.

Volvió para tener un recuerdo de algo que no existió.

Volvió para poder mostrarle a sus amigos que fue parte de una alegría de la que no fue parte.

Volvió para filmar a Plao y contar vaya a saber qué cosa sobre ella.

Lo veo, zigzagueando en la jungla con la cámara de video en su mano, yendo para su bungalow donde duerman su mujer y sus hijas, de las que se escapaba, a las que les escondía su miseria, su desesperación.

Y me digo que, sin dudas, ese es el hombre más triste del mundo.

Pero pará.

Hay más.

A la mañana siguiente vinieron todos con sus mochilas y valijas a desayunar.

Después de comer, el hombre más triste del mundo se acercó a la barra.

Me dijo que quería ser mi amigo de Facebook, me dejó anotado su nombre.

Pagó todo lo que debía.

Con una sonrisa ancha me dijo que le resultaba baratísimo.

Y se fue.

Sin dejarme ni un centavo de propina.