Todo cambia drásticamente en la jungla. Salvo por dos cosas. Las moscas y los turistas.

Acá un día hay invasión de polillas amarillas brillantes gigantescas que revolotean alrededor de los vasos de alcohol, particularmente los que tienen ron o cerveza. Al día siguiente, murciélagos atraviesan frenéticos el bar, pasando tan cerca que llegan a despeinarte. Y al otro, termitas.

Para mí, esas son las peores. Miles, millones, vuelan con torpeza cerca de las luces. En algún momento, pierden las alas y reptan como gusanitos gordos pelotudos. El verdadero problema es que las alas que dejan atrás quedan como un manto asqueroso sobre todo, absolutamente todo, piso, platos, vasos, paredes, paciencia. Y olvidate de que Plao las limpie.

Porque las termitas volando son miles. Millones. Son tantas que en un momento Dani no lo soportó más. Agarró un aerosol y un encendedor para improvisar un lanzallamas y les disparó gritando: “¡Mueran, mierdas, mueran!” mientras Cecilia, los turistas que pretendían cenar y yo tratábamos de tranquilizarla y recordarle que todo lo que la rodeaba estaba hecho de madera y bambú, por lo que darle con odio a un lanzallamas casero por ahí no era la mejor de las ideas.

Y de repente al día siguiente ni una sola termita había.

Long rompiendo uno de los millones de nidos de termitas que nos rodean.

Martes, diluvio. Miércoles, postal.

Porque es así nomás.

Todo cambia drásticamente en la jungla.

Salvo por dos cosas.

Las moscas y los turistas.

Las moscas siempre están ahí, en multitudes enloquecedoras por todo tu cuerpo, por toda tu paciencia, por toda tu cordura.

Y los turistas son universalmente distintos entre sí.

Con unos podemos quedarnos hablando compenetrados hasta entrada la madrugada, pasándonos nuestros contactos, prometiendo cruzarnos en algún rincón del mundo.

Y con otros rogamos que adelanten el check-out.

Hay de todo.

Hay yanquis, franceses, vietnamitas, ingleses, checos, brasileros, noruegos, canadienses, alemanes, suizos, israelíes, holandeses, daneses, españoles y del país que se te ocurra.

Hay viejos, jóvenes, en pareja, solos, con amigos, con familia, hippies, conservadores, aventureros, serios, jodones, borrachos, drogones, músicos, arquitectos, enfermeros, políticos, barmans, maestros, cristianos, ateos, judíos, budistas, heterosexuales, homosexuales, blancos, negros, pelados, peludos y del grupo humano que se te cante.

Pero así y todo ninguno nunca jamás nos preguntó absolutamente nada de nada sobre los camboyanos con los que trabajamos.

Sobre su cultura.

Su vida.

Nada.

De nada.

Ninguno.

Nunca.

Jamás.

“Wow,” nos dicen con los ojos bien abiertos. “Así que están trabajando acá hace casi dos meses. Debe ser increíble la experiencia. La playa, el relax.”

Dos meses en la jungla.

“Sí, para nosotros la mejor parte es trabajar con los camboyanos.”

Asienten despacio, como quien no entiende pero pretende que sí porque no quiere preguntar.

Y lo puedo ver claramente en sus ojos.

Los turistas creen que los camboyanos que trabajan ahí para su comodidad son ellos pero pobres. Con otro idioma, otra comida. Pero eso es todo. Eso es lo único que significa los miles y miles y miles de kilómetros que hay entre los dos.

Ojo.

No son sólo los turistas.

Los franceses dueños del bar de al lado tampoco les dan mucha bola a los locales.

Dicen que si te mezclás con ellos no te van a respetar.

Que son vagos.

Que podemos darles todo pero cuando se quieren ir se van, sin que les importemos en lo más mínimo. “La despedida camboyana,” la llaman.

Dicen también que su música es una mierda.

Y que mentalmente son como nenes.

Justo en eso tienen razón.

Pasa que los franceses están cerca de los cuarenta años.

Y Long tiene diecisiete.

Plao mintió que tiene dieciocho para trabajar pero tiene quince.

Tuiyt cumplió dieciséis.

Son literalmente nenes.

Enterarse de esa cifra de alguna manera incomoda a los turistas.

No nos la preguntaron.

No nos preguntaron nada de los camboyanos.

Pero no podemos dejar de hablar de ellos.

Un poco lo hacemos porque queremos que entiendan que viajaron miles y miles y miles de kilómetros y hay algo más interesante que paisajes a los que sacarles fotos.

Hay personas.

Personas que no sólo traen la comida y limpian la habitación.

Personas que tienen otra historia, otra cultura, otra forma de ver la vida.

Y otro poco lo hacemos porque los camboyanos se volvieron nuestra familia.

Algunos turistas cuando se enteran de su edad tienen la inocencia de preguntarnos si van al colegio.

Otros apenas fruncen los labios.

A todos les decimos que tuvimos que insistirles para conocer su edad.

Que muchos no la sabían.

Por pedido nuestro, Long y Tuiyt llamaron a sus madres y les preguntaron en qué año habían nacido.

“¿Cómo…?” nos dicen los turistas, demasiado confundidos para terminar la pregunta.

“Primero, olvidate de que tengan documentos,” contamos. “Tampoco festejan los cumpleaños. Y tienen otra concepción del tiempo. Están muy en el presente. De hecho, pueden tirar algo de basura al suelo sabiendo que en diez minutos van a tener que barrerlo. Pero en ese momento lo quisieron tirar al suelo. O quizá les gritaste y eso acá es una horrenda falta de respeto y renuncian. Mañana no van a tener trabajo. Pero no les importa. Porque mañana es otro día. Es… difícil de entender.”

Nos miran sorprendidos. “Es extraño.”

“Bueno, tenemos para largo con lo extraño.”

Les contamos que “sí” se dice distinto si sos hombre o si sos mujer.

Que se meten al mar vestidos como estén. Si están con jean y camisa, se meten con jean y camisa.

Que brindan literalmente cada dos o tres minutos.

Y los turistas asienten, sorprendidos, mirando de reojo a los camboyanos con fascinación.

Pero así y todo, si Long o San o quien fuera está en la barra, nadie se le acerca a hablar.

A preguntarle algo.

A interesarse por su cultura, su historia, su vida.

Los incharlables.

Bueno, no es tan así.

Cada tanto cuando San pone canciones camboyanas bien arriba desde su teléfono y se arma el cachengue, alguna turista pretende coquetear un poco con Long. Bailan pegaditos, ellas se sacan fotos con él, se ríen y listo.

Les servirá como una anécdota divertida para contar a la vuelta.

Y mientras Long se queda con el pito parado y triste.

Y con Plao que lo mira con los brazos cruzados y los ojos entrecerrados.

Porque empezó a pasar de a poquito, muy de a poquito.

Long y Plao están coqueteando.

Están coqueteando furioso.

Arrancó con miraditas compinches, sonrisitas dulzonas y jueguitos de violación.

Pasa que él la abraza, ella quiere escaparse y grita que no, desesperada, grita y grita y grita y Long le da un beso y ella ríe y se va. Al rato vuelve y se le sienta arriba y busca que la atrape otra vez.

Es bastante incómodo de atestiguar.

Las primeras veces no sabía si él la estaba forzando y yo tenía que frenar todo.

Pero no.

Porque Plao cada diez minutos le tira algo a Long y finge querer escaparse corriendo extremadamente lento y ya en sus brazos grita desesperada una y otra y otra vez ante la desconcertada mirada de los turistas.

Ojo.

No siempre son así.

A veces se pasean tiernos por la playa agarrados de la mano con Sep, el hijo de Sraï Na y San, como si jugaran a la mamá y al papá.

Y después se meten al mar, con jean y camisa.

Sep

O ponemos una película y la miran abrazados.

O él vuelve de cargar provisiones caminando a través de la jungla y ella corre a buscarle agua fría y él la toma desesperado y ella lo mira sonriente.

Ahí son contagiosamente dulces.

“Plao y yo, casar,” de repente dice Long.

Cecilia y yo nos reímos.

Plao y Long nos miran sonrientes.

Pero su sonrisa no es la de quien acaba de decir un chiste.

Es una sonrisa de plena y absoluta felicidad.

“¿En serio?”

Asienten, chochos. “En serio, mucho, mucho.”

“¡Felicitaciones!” decimos, brindando.

La pareja feliz

Y nos pasamos el resto de la noche brindando a la camboyana, cada dos o tres minutos, mientras una pareja alemana cena en silencio en un rincón del restaurante y Dani está encorvada sobre la barra, fumando.

La felicidad pareciera eludirla.

Una pulsera de hilos a medio hacer cuelga de sus dedos. “Hace cinco meses que estoy en esta isla de mierda,” dice. “En la temporada alta había muchos hippies bien hippies,” dice entre el humo de su cigarrillo. “Tatuajes, rastas, buena onda. Pensé que ahora cuando viniera la lluvia iba a haber gente así. Por eso me quedé. Pero no. Están ustedes que ponen música de ancianos.”

“Dejate de joder, Dani,” digo, defendiendo la música de mi teléfono. “Son ochentosos bien arriba para mover el culo.”

“Man, nací en 1996. Los ochentas son dieciséis putos años antes de que yo nazca. Es música de ancianos.”

Apaga el cigarrillo, prende uno nuevo. Trenza un hilo de un color con uno de otro. “Yo quiero ser hippie,” dice. “Hacer pulseras, venderlas, seguir viajando, ser libre. Quizás…”

Es la primera vez en demasiado tiempo que veo una chispa en sus ojos.

“Voy a apoyarte,” le digo. “Cuando termines esta, la compro.”

Sonríe, tímida, y gira hacia su pulsera.

La termina, la compro, me la pongo.

“Usala con orgullo,” me dice, contenta. Y de inmediato gira hacia sus hilos. “Ahora voy a hacer una bien jodida,” dice, entusiasmada. “Hace mucho la tengo en la cabeza,” ya balbucea, perdida en los colores.

Long se acerca.

La ve trenzando.

Asiente.

Agarra unos hilos.

Y en dos minutos hace una pulsera increíble.

“Mierda,” dice Dani. “¿Cómo hiciste?”

Long ríe. “Yo, chico, trabajar, pulseras,” dice.

Plao se acerca sonriendo con picardía. Claramente quiere una.

Long se pone a hacerla.

“Bueno, pero que esta sea la última porque los hilos son caros y yo debo un montón de guita a este bar de mierda,” dice Dani. “La cerveza a mitad de precio, qué hijos de puta. Deberían dármela gratis. Cinco meses trabajando en esta isla de mierda.”

Long no la escucha.

Está compenetrado en hacer la mejor pulsera posible.

Y lo logra.

De alguna manera en el centro tiene un corazón.

Plao aplaude, contenta, y se la pone sonriente.

Dani mira a la pulsera de Plao y mira a la suya, a medio hacer. “Mierda,” dice. “Me equivoqué con esta mierda. Voy a tener que desatarla y volver a empezar de cero.”

Empieza a desarmarla. “Mierda. No tengo la puta paciencia,” dice. “Demasiadas drogas.”

Plao revolotea como un ángel. Se ofrece a ayudarla. Pero miro la hora. “Chicas,” les digo. “Es tarde. Tengo que apagar el generador.”

Dani busca a Gamine, la gata embarazadísima, y se la lleva a su habitación.

gata
Gamine

Plao va con la pulsera a su cuarto, desarmándola mientras camina.

Me pierdo en la jungla y apuñalo la luz.

A la mañana siguiente Dani le pide los hilos para empezar a trabajar en un nuevo diseño.

Plao pone cara de confusión y se encoge de hombros.

Dani deja salir el humo del cigarrillo con deliberado hastío. “La pulsera que te di,” dice, señalando a su muñeca para apoyo visual. “¿Dónde está?”

Plao asegura que nunca le dio nada.

“La puta pulsera de mierda,” insiste Dani. “Son caros los hilos. Dámela.”

Plao se encoge de hombros.

Dani sale corriendo y mira a través de un agujero en la pared de su habitación que da al sucucho donde duerme Plao.

Y ve a los hilos ahí.

Baja corriendo.

“Tenés los hilos de mierda en tu cuarto de mierda,” le dice a Plao, un poco en inglés, un poco en khmer y otro poco en un dígalo con mímica muy enojado.

“No,” dice Plao.

“La puta madre, los puedo ver.”

“No los tengo.”

“Están ahí.”

“No.”

“Dámelos.”

Plao agarra un cuchillo y se corta la pulsera con el corazón que le había hecho Long y se la tira telenovelísticamente por la cara a Dani. “Ahí tenés tus hilos,” dice.

La cara de confusión que tiene la pareja alemana que está haciendo el check-out con Cecilia mientras todo esto pasa a su alrededor es algo que nunca jamás voy a poder describirte con precisión así que no lo voy a intentar.

Plao finger llorar y corre a buscar el consuelo de Long.

Long la abraza.

Más allá de toda la locura melodramática de Plao, claramente se puede ver en ese abrazo.

Se puede oler.

Estos chicos están por hacer el dulce amor.

Está todo listo.

Todo salvo una cosa fundamental para Camboya.

Tienen que casarse.

Plao llama a su mamá para contarle las noticias y empezar los preparativos.

Claramente sus genitales no pueden esperar un segundo más.

Pero resulta que Long tiene que pagarle a la familia de ella mil dólares para casarse.

Es algo que se acostumbra en Camboya.

El tema es que Long gana ciento cincuenta dólares por mes.

Tiene hermanos, hermanas.

Su padre murió hace poco.

Les manda todo lo que puede.

Ni de remota casualidad llega a tener ahorrado mil.

Ahora.

Seamos sinceros.

Vos dirás.

Long y Plao.

Son dos adolescentes.

Que se atraen mutuamente.

En una isla paradisíaca.

Donde no hay televisión ni internet ni casas ni negocios ni ninguna distracción.

Ninguna distracción más que tomar alguna cerveza.

Y bailar.

Con calor.

Y poca ropa.

A cientos de kilómetros de la mirada de cualquier conocido.

A cientos de kilómetros de la mirada de cualquier familiar.

Claramente van a hacer el dulce amor.

Claramente van a hacer el dulce amor a cada minuto de cada día.

Bueno, no.

Al instante que la madre de Plao desaprobó que Long no pagara los mil dólares para casarse, cada uno está por su cuenta.

Long pretende limpiar la playa con San mientras fuman un cigarrillo sentados bajo una palmera.

Plao finge barrer mientras se esconde acuclillada detrás de una piedra y juega con su teléfono.

Llega la noche y ponemos una película y Long allá y Plao acá.

Justo ahí cuando se termina la historia de amor llegan unos turistas.

Un matrimonio escocés.

Se acercan predispuestos a la barra y, por supuesto, les hablamos de los camboyanos, les contamos todo lo que pasó.

Y por un segundo pareciera que lo entienden.

Uno se imaginaría que Plao y Long se pasarían el rechazo familiar por sus nalgas turgentes y cachondas y harían el dulce amor a cada minuto de cada día en esa islita paradisíaca lejos del mundo.

Pero no.

Cortaron por completo cualquier cortejo.

No hay más miraditas compinches, sonrisitas dulzonas ni jueguitos de violación.

De un día para el otro hay cero tensión sexual entre los dos.

Plao mujer camboyana
Se terminó el amor.

Que pase lo que no nos imaginamos significa que hay personas con otra historia.

Otra cultura.

Otras costumbres.

Y que pueden ver a la vida de una manera por completo diferente a la nuestra.

Por un segundo pareciera que el matrimonio escocés lo entiende.

Pero la conversación deviene en otra cosa y nos distraemos.

Son realmente divertidos.

Considerablemente borrachos.

Viajaron por medio mundo, tienen demasiadas historias.

Gente sensible, curiosa, propensa al chiste.

Son esas personas que agradezco tener del otro lado de la barra cuando me toca trabajar.

La cuestión es que cuando hacen el check-out les cierro la cuenta. Ciento cincuenta y cinco dólares. Gastaron en dos días lo mismo que Long gana en un mes.

Pagan. “La pasamos muy bien,” me dicen. “Realmente, muchas gracias por la charla, la compañía. Acá tenés el Facebook de cada uno para que nos agregues cuando vuelvas a la civilización,” dicen, deslizándome un papel.

Nos saludamos con un abrazo, se van.

Al rato Plao y yo vamos a limpiar su bungalow.

Lleno de mierda dejaron el inodoro.

Lleno de mierda.

Lleno.

Y mientras Plao tira el agua y yo refriego la mierda no puedo evitar pensarlo.

Siempre cuando hablo con un turista me debato cómo dejará el inodoro.

Y no hay manera de adivinarlo.

Por ahí son gente hermosa con las que nos reímos y prometemos amistad y dejan todo meado y cagado.

Me pregunto si es porque no saben que voy a ir yo después a limpiarlo.

O si les daría lo mismo.

Si es porque creen que los que trabajan para su comodidad son apenas gente que les trae comida y les limpia la habitación y no personas a las que se les acaba de derrumbar una historia de amor mientras cobran en un mes lo mismo que ellos gastan en dos días.

O si es porque ninguno nunca jamás nos preguntó absolutamente nada sobre los camboyanos.

Después de todo, la curiosidad por el otro requiere ponernos en sus zapatos.

Y eso puede significar vernos desde un lugar que nos incomode.

Que nos haga replantearnos cosas.

Que nos fuerce a cambiar.

Y también significa mirar a la vida de una manera por completo diferente.

Por ejemplo, hay algo hermoso que hacen los camboyanos.

Y con esto prometo dejar de joderte.

Es algo que nos confundió profundamente al comienzo.

Tuiyt nos quería contar de un problema que tenía con Sraï Na pero no paraba de hablar de una tal hermana. “¿Qué hermana?” le preguntamos.

Confundido, la señala a Sraï Na.

“Ah, ¿es tu hermana?”

Asiente.

Sigue con su explicación, ahora hablando de un tal hermano.

“¿Hermano? ¿Quién es tu hermano?”

“Long.”

“Jodeme, no sabíamos. Pero entonces… ¿tu papá murió?”

Tuiyt frunce el ceño, confundido, niega con la cabeza.

“Ah,” decimos. “Entonces, vos, Long, misma mamá, papá distinto.”

“No, no. Distinta mamá, distinto papá.”

“¿Te adoptaron?”

“¿Qué?”

“¿Adoptaron a Long?”

“¿Qué?”

“Adopción.”

“¿Qué?”

“Long, ¿hermano?”

“Sí.”

“¿Y Sraï Na?”

“Hermana.”

“Sraï Na y vos, ¿mismo papá, misma mamá?”

“Distinta mamá, distinto papá.”

“Pero hermana.”

“Hermana, sí.”

“…¿Adopción?”

“¿Qué?”

Nos miramos con Cecilia. “Para mí que los camboyanos entre ellos se dicen hermanos y hermanas.”

Y así es nomás.

Se consideran todos hermanos.

Eso es lo que te quería decir.

La curiosidad por el otro deviene en poder mirar a la vida de una manera por completo diferente y entender que somos todos hermanos.

Esa para mí es la gran historia de amor.

No la que hay entre Long y Plao.

No la que hay entre los camboyanos y Cecilia y yo.

Sino la que hay entre todos nosotros.

Entre los hermanos del mundo.

Lo único que hace falta es interesarse por el otro.

Ponerse en sus zapatos.

Y no dejarle el inodoro cagado.