Necesito tu ayuda. Imaginate esta situación. Estás trabajando en un hotel en una islita camboyana que se parece bastante al paraíso. Pero hay un problema.

Al paraíso hay que mantenerlo.

Para poder tomar una cerveza fría, alguien tiene que traerla caminando a través de la jungla cargando también una gran bolsa de hielo al hombro.

Para tener un trago que acompañe al atardecer, alguien tiene que clavarse trabajando en el bar en vez de nadar en el mar en pelotas mientras el sol se posa sobre el horizonte.

Para que la playa sea de postal, alguien tiene que transpirar el culo y limpiarla.

Así que le pedís a San que vaya a limpiarla.

Es su tarea diaria.

Debería ser su tarea diaria.

Pero viste cómo es.

La vida en el paraíso te relaja.

Te relaja demasiado.

Encima ahora San está solo laburando.

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Pasa que Long se tomó sus cuatro días libres al mes porque se cumplieron cien días desde la muerte de su padre. “Cien días,” nos dijo antes de irse, “Familia, junta. Espíritu, adiós.”

Y encima ya empezaron las primeras grandes tormentas.

Dani chocha con la lluvia.

Lo cual significa tenerla a Dani bajo la lluvia, con su sonrisa al cielo, agradeciendo a los gritos por cada gota que cae sobre su cuerpo. Lo cual significa que de a poco nuestros pozos se empiezan a llenar y podemos bañarnos con agua fresca en vez de mar después de un mes de sarpullidos y locura. A menos, claro, que venga un vietnamita. Un sólo vietnamita hace falta para aniquilar nuestra reserva de ese oro líquido que llamamos agua dulce. Porque es oro. No puedo creer lo que la subestimé toda mi vida. Es oro. Después de un mes de haber tenido que ir a buscar agua al mar con un balde para bañarme, para lavar la ropa, para el inodoro, sólo sé una cosa. Ni bien vuelva a la civilización voy a agarrar a las personas y les voy a gritar que tienen que agradecer cada segundo de su existencia por tener canillas y les voy a dar una cachetada y escupirles la cara y decirles que es una falta de respeto gigantesca que debería darles vergüenza que tengan agua dulce potable en sus inodoros.

Perdón.

No era eso lo que te quería decir.

Hace demasiado calor y tengo demasiadas moscas zarandeando por mi cuerpo y me cuesta concentrarme.

Intentando escaparle a los ejércitos de moscas.

Lo que te quería decir es que ya empezaron las grandes tormentas y eso también significa que el mar trae basura.

Entonces un día a la mañana mientras subís por las escaleras desde tu bungalow en la playa hasta el bar en la jungla para abrirlo y servir el desayuno, notás que hay demasiada porquería sobre la arena.

La tormenta trajo botellas de plástico, anzuelos, jeringas, pistolas de agua, preservativos.

Mirás hacia el mar, preguntándote qué tipo de fiestas tienen del otro lado del horizonte.

Y subís al bar a servir el desayuno.

Te lo cruzás a San y le pedís que por favor vaya a limpiar la playa, le recordás que lo tiene que hacer todos los días.

El tipo asiente.

Se va.

A los dos minutos aparece de nuevo, enfilando hacia la playa.

Con compromiso.

Con determinación.

Es más, va fumando un cigarrillo.

Y te mira serio y compañero y te asiente entre el humo, como diciendo: “Este cigarrillo es mi desayuno, titán. No tengo tiempo para café y esas pelotudeces. Tengo algo importante que hacer. Algo que vos me pediste. Pero no te preocupes, lo voy a solucionar. Para eso estoy acá,” y se va caminando entre el humo del cigarrillo.

No.

No se va caminando.

Se va rengueando.

Se va rengueando, usando una rama de un árbol de bastón.

¿Entendés?

El tipo se jodió el pie y apenas puede caminar pero, así y todo, va hacia lo que quieras.

Y te digo más.

Va con apenas una toalla alrededor de la cintura.

Esto es real.

Todo esto que te digo es real.

Pasó.

Va con apenas una toalla alrededor de la cintura.

Porque ni llegó a cambiarse.

Entonces el tipo va lastimado, sin desayunar, rengueando, usando un bastón, sin cambiarse, en toalla, comprometido, determinado.

Puso lo que le pediste por encima de todo lo demás.

Y cruzás la mirada con él y asentís, con agradecimiento, con respeto.

Lo ves irse.

Y te ponés a darle una repasada al bar, matás a los ejércitos de hormigas, limpiás lo que Plao no limpió, preparás café, hacés jugo de lima.

Es entonces cuando te acordás.

Hace cinco días que San se lastimó el pie.

Cinco días.

Bueno, lastimó.

Se lo raspó.

Fue un raspón.

Lo viste.

Un raspón nomás.

Un raspón hace cinco días.

Pero desde entonces se puso una venda en el pie y anda rengueando, usando una rama de árbol de bastón.

No es una rama.

Es casi un tronco.

Tiene ramas que le salen y hojas y hasta por ahí un nido de un pájaro.

Ese es su bastón.

Bien exagerado.

Lo usa cuando sabe que lo ves.

Así puede negarte hacer trabajos más complicados.

Porque el otro día lo descubriste caminando lo más pancho.

Hasta que te vio.

Dio un paso y volvió a renguear.

Entonces sospechás.

Sospechás de su compromiso y determinación a la hora de ir a limpiar la playa.

Y vas a buscarlo.

Porque si no limpia la playa, algún cliente sorete puede ponerlo como un mal comentario en una página web en vez de decírtelo y te va a llamar la dueña del hotel, enojada, y te la vas a tener que fumar vos nomás.

Todos quieren la postal.

Entonces vas a buscarlo a la playa.

Y ahí está el tipo.

Sentado en una roca.

Con la toalla alrededor de la cintura.

Fumando.

El tronco que usaba de bastón está tirado a unos metros.

Y la playa está hasta las pelotas de basura.

Botellas de plástico, anzuelos, jeringas, pistolas de agua, preservativos.

Y eso no es todo.

El tipo está pescando.

Esto es real.

Todo esto que te digo es real.

Fuma un pucho y mira a la tanza enrollada en su dedo, perdiéndose en el mar.

No sabés.

No sabés qué hacer.

Para empezar, no sabés si San, limpiando, encontró en la arena una tanza y un anzuelo y le pintó pescar.

O si ya había ido a la playa con una tanza y un anzuelo escondidos en la toalla.

Y entonces, cuando te había mirado mientras se iba, comprometido, determinado, era porque te miraba de la misma manera con la que ahora mira al mar.

A ver si picabas.

A ver si te comías que se iba a limpiar y lo dejabas tranquilo por un rato.

Lo suficiente como para que pueda juntar dos o tres botellas y alguna que otra pelotudez más y ponerse a pescar tranquipanchi.

Lo suficiente como para que se vea un poquito más prolijo.

Lo suficiente como para que sea creíble si te dice que limpió pero seguro el mar trajo más basura, que vos sos nuevo por acá pero esta época del año es terrible, que los tiró.

Entonces lo mirás, fumando y pescando, con todo hecho una mugre a su alrededor, y no sabés qué hacer.

Si cagarlo a pedos.

Si reírte.

Y te acordás de todas esas veces que tu jefe te pidió que hicieras algo y asentiste con compromiso y determinación y te pusiste a pelotudear.

Porque estabas con las pelotas llenas de hacer cosas que no querías hacer.

Y entonces mientras lo ves ahí pescando a escondidas te das cuenta de algo horrible.

Para que haya cerveza fría, alguien tiene que traer cerveza y kilos de hielo caminando a través de la jungla.

Para que haya un trago que acompañe al atardecer, alguien tiene que clavarse trabajando en el bar en vez de nadar en el mar en pelotas mientras el sol se posa sobre el horizonte.

Para que haya una playa hermosa, alguien tiene que transpirar el culo y limpiarla.

El paraíso de uno es la oficina de otro.

El cocinero descansando después de su turno.

¿Qué hacés entonces?

¿Le volvés oficina a su paraíso para que un turista que escapa de su oficina encuentre todo limpito como en una postal?

¿O lo dejás pescando, chocho, escapando de su oficina y de las cosas que no quiere hacer?

Enserio te lo pregunto.

Lo vi ahí y tuve que venir a preguntártelo.

Porque no sé qué hacer.

Y sospecho que no sólo yo sino que todos, hace miles de años, pulseamos con esta misma pregunta.

Los paraísos de unos parecieran valer más que los de otros.

¿Cómo elegimos?

¿Qué paraíso vale más?