Llegó el día. Tengo que irme del paraíso. Vuelvo mañana pero se siente raro.

Cecilia envuelve mi mochila en multitudes de bolsas de plástico. “Mirá si la temporada de lluvia torrencial empieza justo cuando estás cruzando la jungla y se te mojan los pasaportes,” dice.

Me estoy yendo a Sihanoukville, el pueblito costero más cercano en tierra firme, a renovar nuestras visas por tres meses y la de Dani por un mes. Cuando estén listas en una semana o dos, Dani se toma un día para ir, retirarlas y volver.

“Es la puta civilización,” dice Dani ahora, encorvada sobre la barra, desayunando un té y un puñado de cigarrillos. “Disfrutala.”

De alguna manera, a sus veinte años recién cumplidos, parece una veterana de demasiadas guerras. Siempre en la barra. Siempre con un cigarrillo. Siempre con una historia superadora.

Dani y su cigarrillo eterno.

“La primera vez que volví acá después de irme un día de esta puta isla,” dice mientras acribilla al aire con humo, “todo me parecía tan silencioso. Hay tanto ruido allá afuera. Hay tanto ruido.”

Cecilia inspecciona mi mochila. “Creo que ya está.”

Miro el reloj de mi teléfono. Un mes atrás, el bote nos había dejado sobre esta playa. Pero el muelle se rompió y ahora no queda otra más que atravesar la jungla para tomarlo. “Tengo que ir saliendo.”

Muelle roto.

“Tenés tiempo,” tranquiliza Cecilia. “Dicen que son cuarenta minutos para cruzar la jungla.”

“Media hora, fácil,” dice Dani. “Aunque Long y San la cruzan en quince minutos. Y cargando un montón de mierda. Y descalzos. No sé cómo lo hacen.”

“Dani,” digo. “Soy un gordo de treinta y tres años. Los eslovacos borrachos tardaron tres horas. Voy a darme dos horas.”

Dani se encoge de hombros. “Vas a tener ducha y ventilador,” dice, espantando moscas con un cigarrillo en la mano. “Ducha y ventilador. La puta madre. Ducha y ventilador. Disfrutalos. El resto es ruido.”

Cecilia me acompaña.

Caminamos por atrás del bar de al lado. Yves, Hiro y Eddie trabajan cada uno en su propio proyecto personal para no volverse locos. No veo a Christophe.

Pasamos por el que le sigue. Está cerrado. Los chicos deben estar buceando.

Y de repente aparece frente a nosotros la bifurcación entre playa y jungla.

Nos damos un abrazo.

Estuvimos un mes los dos juntos en esta isla fuera del mundo donde la realidad desborda a cada día. Apartarnos se siente raro. Por más que vuelva mañana.

“Tratá de no gastar mucho,” dice Cecilia mientras me pierdo en la jungla.

Mi pensamiento inmediato es que los eslovacos estaban en un severo mal estado físico.

Sí, hace calor.

Sí, hay multitudes de mosquitos.

Sí, hay que prestarle atención a cada raíz que parece serpiente y cada serpiente que parece raíz.

Pero no es tan terrible esta caminata.

O sea, bueno, ahora se pone un poco más empinada.

Pero tampoco tanto.

Bueno, ahora más.

Bueno, la concha de Dios.

De repente tengo que trepar roca tras roca tras roca.

Y el aliento no me alcanza.

Y ya no son multitudes de mosquitos.

Son ejércitos.

Cruzando la jungla.

¿Por qué carajo no dinamitaron todas estas rocas a la mierda para hacer un camino como la gente?

¿Cómo mierda hacen los vietnamitas?

¿Cómo mierda hacen los vietnamitas para cruzar la isla con sus valijas con rueditas trepando y bajando por rocas y raíces que parecen serpientes y serpientes que parecen raíces?

De repente me cruzo con unos vietnamitas que probablemente van hacia nuestro hotel.

Están detenidos en una bajada empinada.

Con cara de desconcierto y horror.

Pobres.

No saben que después de todo este esfuerzo van a tener la desgarradora noticia de que no tenemos wifi.

Me ofrezco a bajarles una valija.

Agradecen.

Me quieren dar cuatro más.

Me hago el boludo, sigo de largo.

En el camino me cruzo con una pareja australiana, unos franceses, tres yanquis.

Todos van, transpirados y dispuestos, hacia la playa en la que estuve viviendo por un mes. A cada uno le doy consejos por el camino que tienen adelante, les doy ánimos.

Miro el reloj.

No me queda tanto tiempo.

Intento apurarme.

El camino es plano otra vez.

Pero no puedo evitarlo.

Hay algo que me detiene.

Un sorete en la mitad del camino.

Me habían dicho que había perros salvajes en la jungla.

Pero es demasiado grande para ser de un perro.

Es demasiado grande para ser de un humano.

Es del tamaño ideal para ser de un monstruo.

Un gruñido grave resuena a la distancia.

Apuro el paso con el culo fruncido.

El ruido de un generador eléctrico me da esperanzas de cercanía.

Llego.

Me recibe una bahía interminable de arena blanca. El mar es una pileta de agua transparente con cerros envueltos de jungla.

Hanna volviendo de bucear.

Me quedo en silencio.

Mirando.

Hasta que veo que Long y San están ahí. Me miran sorprendidos y un poco asustados. En un instante, los tres sabemos que cruzaron la isla demasiado temprano como para tener suficiente tiempo para pelotudear antes de bajar las provisiones del barco.

“Vos, acá… ¿por qué?” me pregunta Long.

“Sihanoukville. Visa.”

“Ah,” dice, de a poco entendiendo que no estoy ahí para retarlos.

Miro alrededor y les muestro el pulgar para arriba.

Quiero dinamitar cualquier sospecha de que voy a decirles que hagan el trabajo que no hicieron. Apenas sobreviví física y psíquicamente a cruzar la jungla y estos tipos lo hacen todos los días y cargando peso. El lugar es un paraíso y se merecen estar ahí pelotudeando entre ellos el tiempo que quieran.

Long se ríe. Me señala con la pera. “Sihanoukville…” dice. “¿Boliche? ¿Bailar?”

San me arrima una cerveza.

La costumbre camboyana de brindar cada dos o tres tragos sirve para enmendar que saben casi nada de inglés y yo casi nada de khmer.

Christophe viene de bucear, le tiran una cerveza.

“¿Cómo va?”

Se encoge de hombros. “Ad loi, ad sam sa,” dice. En khemer significa “sin dinero, sin novia.” Todos reímos. Es una juguetona manera local de decir: “Y, viste, acá andamos… tirando.”

Christophe tiene casi tan mal inglés como los camboyanos pero así y todo decido intentarlo. “Christophe,” digo. “En el camino, en la jungla, vi una mierda así de grande.”

Abre sus ojos bien grandes. “Los bueyes.”

“¿Hay… bueyes?”

“Sí, sí,” dice. “Acá esta playa usar cuatro bueyes construir todo y terminan y sentir mal matarlos y comerlos entonces libres en jungla. Son peligrosos. Si vos ver, atrás, árbol, no mover. Esconder.”

Estos camboyanos se merecen pelotudear todo el tiempo que quieran.

Paso por la agencia de buceo para cerciorar que todo esté en orden.

“Relajate nomás,” me dice Stephanie.

Escolto su mirada. Su escritorio está sobre la arena, frente al mar.

“Nada mal la vista que tenés,” le digo.

Sonríe. “Tengo la mejor oficina del mundo.”

El bote llega.

Long y San bajan las provisiones, me subo.

Hanna, una australiana instructora de buceo, me saluda. Pasamos el viaje charlando.

“Escuchaste la historia de la isla del Mono Furioso?” me dice.

La peor primera cita del mundo,” me río.

Quizá tenga espíritu de abuela chusma, quizá haber estado en una islita fuera del mundo por un mes me cambió pero creo que no hay mucho más en esta vida que compartir nuestras historias.

Cada tanto pasamos cerca de algún bote pesquero.

Nos saludamos con los que trabajan ahí.

Me pregunto dónde vivirán, a qué volverán.

A la hora y media empieza a asomar en el horizonte Sihanoukville.

La primera vez que había estado ahí me parecía un pueblito costero.

Ahora la veo una ciudad gigante.

No puedo creer la cantidad de… todo.

El bote nos deja en un puerto.

Están construyendo un bote de madera. Nenes juegan a la pelota. Un hombre revisa la basura. Dos mujeres venden fruta. Unos turistas preguntan por pasajes. Dos hombres comparten un cigarrillo. Nos piden que nos subamos a una camioneta. Una mujer le grita a un nene. Un hombre pinta una pared. Arrancamos.

Tantas motos. Tantos autos.

Me había olvidado que existían los autos.

El cemento.

Las bocinas.

Hospitales.

Negocios.

Me quedo mirando a edificios de cuatro pisos como si fueran colosos.

Nos dejan en el centro.

No camino.

Levito.

Levito en constante estado de sorpresa.

Voy a dejar los pasaportes.

La mujer de recepción está comiendo. Guarda su plato y viene a atenderme. Pocas cosas me joden más cuando atiendo el restaurante que cuando me siento a comer y viene un cliente. Le pido perdón varias veces. Asegura que no es un problema.

Voy hasta el hotel que habíamos estado antes de la isla, el más barato que pudimos encontrar, me meto en una habitación, me desnudo, prendo la ducha.

Antes de la isla la ducha me parecía horrible, mal construida, fea, fría.

Ahora me resulta un lujo.

No tengo que ir a buscar agua al mar con un balde para bañarme con agua salada que pica siempre y el jabón que no hace espuma.

Muevo una perilla en la pared y listo.

Agua dulce.

Interminable agua dulce.

Y el inodoro.

Toco un botón y se va todo.

No tengo que ir a buscar agua al mar con un balde.

Es conmovedor.

A veces no nos damos cuenta que cómo vivimos es realmente un lujo para alguien más.

Me visto, salgo, voy a la playa.

Un nene de siete años me quiere vender unos brazaletes.

Le digo que no, que gracias.

Insiste, en un perfecto inglés, que son baratos y que tengo muchos colores para elegir.

Me acuerdo de Long.

Lo poco que sabe de inglés lo aprendió cuando era nene, vendiendo brazaletes en la playa a turistas.

Long haciendo pulseras.

Le digo que estoy trabajando en Koh Rong Sanloem.

Me pregunta cuánto cobro.

Cuántas comidas me dan por día.

Asiente, satisfecho.

“¿Pensás que me contratarían?”

Se me parte el corazón. “Quizás en unos años.”

Asiente, satisfecho, y se va.

Hay tanta gente ofreciéndome cosas.

Demasiada.

No sé sus nombres, sus historias.

Apenas niego con una sonrisa y sigo de largo.

Hay tantas personas a mi alrededor.

No sé de dónde son.

De qué trabajan.

Qué están haciendo ahí.

Miro para un lado, miro para el otro.

Así como estoy perdido en la multitud después de haber pasado un mes fuera del mundo, me pregunto si habrá alguien más así.

Aturdido.

Encuentro el lugar más barato, me siento en una reposera en la playa. Pido una cerveza y una cena y pierdo mis ojos en el horizonte.

No se puede ver la isla.

Allá, del otro lado de la negrura, están todos.

A esta hora deben estar cenando.

Tuiyt seguro está gritando en la cocina.

Sraï Na debe estar sonriendo.

Sraï Na cocinando siempre con una sonrisa.

Plao pretendiendo que limpia.

Dani fumando en la barra.

Cecilia charlando y siendo encantadora.

Long y San o jugando a las cartas atrás o en la barra, fumando un cigarrillo, tomando una cerveza.

Y en el bar de al lado deben estar todos cenando alrededor de la misma mesa, envueltos en la nube de marihuana.

Pero acá…

No conozco la historia de nadie a mi alrededor.

Allá si te cruzás con alguien, hablás.

No hay wifi, negocios, distracciones.

Las personas son personas.

Acá las personas son paisaje.

Una cosa más a mi alrededor.

Ruido.

Apuro la cerveza, apuro la cena.

Acribillo todo lo que siento con horas de internet innecesarias.

Al día siguiente me subo al bote, atravieso la jungla.

“¿Y?” me pregunta Cecilia.

“Hay mucho ruido allá afuera.”

Dani sonríe, se encoge de hombros, prende otro cigarrillo. “Te lo dije.”