Parecía imposible. Si te lo digo, me tirarías con caca de perro por la cara. Pero pasó. Me cansé del paraíso.

Bancame.

Bancame.

Guardá esa caca de perro.

Guardala en un tupper en tu heladera.

La vas a necesitar en un rato.

Pero por ahora bancame y dejá que intente contarte lo imposible.

La cosa es así.

Hasta ese momento habíamos estado un mes en el paraíso.

Nuestros días eran idénticamente únicos.

Nos levantábamos resacosos y abríamos el restaurante. A veces, Tuiyt y Sraï Na ya estaban en la cocina, preparando el café. Y a veces, se habían quedado dormidos y teníamos que despertarlos.

De vez en cuando nos encontrábamos con algunos de los camboyanos muy prolijamente vestidos, con una sonrisa ancha en la cara, diciendo que ya se iban de vacaciones por cuatro días y que les teníamos que pagar el sueldo y ver cómo nos las arreglábamos sin ellos. Nunca jamás nos avisaban con anticipación por más que se lo pedimos una y otra y otra vez. Todo lo decidían en el momento.

Servíamos el desayuno, nos fijábamos que Long y San estuvieran trabajando, les pedíamos que dejaran de boludear. Le recordábamos a Plao que tenía que limpiar el restaurante todas las mañanas. Nos decía que ya lo había hecho. Le mostrábamos que estaba sucio. Ponía cara de desconcierto.

Ay, Plao, Plao, Plao.

Long y San cruzaban caminando al otro lado de la isla a buscar la comida, la bebida, el hielo. Con Plao limpiábamos los bungalows. Siempre me fascinaba ver cómo era un cliente charlando con nosotros en el bar y cómo dejaba el inodoro cuando se iba. Aprendí muchas cosas sobre la vida limpiando su mierda.

Después venían clientes nuevos. Antes de que llegaran sabíamos inmediatamente si eran occidentales o vietnamitas. El método era muy sencillo. En el hotel había una perra bastante pelotuda y racista. Le ladraba con odio a todos los asiáticos.

La perra racista

“Es el olfato,” me dijo Hiro. “Acá y en Vietnam comen a los perros negros. Es más, los camboyanos acá le tienen un apodo a esa perra. Le dicen Shenang. ¿Sabés lo que significa? Deliciosa.”

Hiro.

Ya te voy a explicar quién es Hiro.

Pero mientras dejame decirte que venían los clientes y no importaba si eran occidentales o vietnamitas. Todos estaban empapados en transpiración por haber caminado a través de la jungla. Decíamos algún chiste para que se sintieran mejor, les ofrecíamos un vaso de agua fría. Les pedíamos sus pasaportes para poder hacer el check in. Nos preguntaban la clave de wifi. Le decíamos que no había wifi. Ponían cara de sorpresa y horror. En especial los vietnamitas. Les dábamos la información que necesitaban saber y los llevábamos silbando a su bungalow en la playa.

A veces Dani trabajaba el mediodía y la tarde y yo la noche. A veces, al revés. Cuando estábamos los dos libres, con Cecilia íbamos a la playa. Chapoteábamos y notábamos que Long y San no habían rastrillado la arena y sacado la basura como nos habían dicho que habían hecho y seguíamos chapoteando. Nos quedábamos ahí, mirando al sol posarse sobre el mar, con la jungla a nuestras espaldas. Eran atardeceres desbordantemente hermosos.

Volvíamos al restaurante, comíamos. Me olvidé de contarte eso. Teníamos tres comidas gratis al día y postres y el menú contaba con ciento once platos para elegir.

Algunas noches poníamos una película en el piso de arriba. A los camboyanos les gustaba tanto que intentábamos encontrar cosas con poco diálogo, mucha acción, para que pudieran seguir la trama sin entender un pito de inglés. Era hermoso compartir ese momento, ver cómo charlaban entre ellos tratando de entender de qué iba la película, riéndonos juntos. Eso sí, en el segundo que la película terminaba todos desaparecían y Cecilia y yo nos quedábamos desmontando lo mejor que podíamos porque olvidate que Plao fuera a acomodarlo la mañana siguiente.

Otras noches bailábamos sus canciones. San era brillante poniendo música. Entendía perfectamente el clima del ambiente, sabía a quién pedirle el teléfono para encontrar la canción más apropiada.

DJ San

Algunas noches nosotros poníamos canciones y Dani nos miraba de la misma precisa manera en la que un adolescente mira a sus padres mientras ponen una canción de cuando eran jóvenes un siglo atrás. Enchufaba su teléfono y sonaba una música electrónica bizarrísima. “Esto es una mierda enferma,” decía, bailando. Nos poníamos a bailar con ella. Nos sentíamos una pareja canchera pero seguro la estábamos avergonzando tanto.

Y otras noches nos quedábamos hablando con los clientes en la barra. Venía gente de países distintos, cada uno con historias diferentes, fascinantes. Era mi primera vez de barman y me encantaba tanto que se notaba.

“No sos rápido trabajando, pero sos constante, como un reloj,” me dijo muy suizamente un suizo. “Sos el mejor barman que vi.”

Si te arrimo ese piropo que me dijeron fue porque quiero que entiendas que realmente estábamos en el paraíso. Cada noche era una oportunidad para hacer algo que nos encantaba, conocer a gente nueva, emborracharnos, jugar, bailar, entender que la vida también podía ser eso, gente trabajando en una islita perdida en el mundo.

Cuando ya era demasiado tarde, cerrábamos el bar y me perdía en la jungla a apagar el generador.

Y al día siguiente lo mismo.

Y al otro también.

Y al siguiente igual.

Sin fines de semana.

Sin feriados.

Obvio.

Había variaciones.

Clientes más demandantes, más drogados, más serios, más divertidos.

Vietnamitas sacándonos fotos constantemente sin pedirnos permiso.

Vietnamitas sacándonos fotos constantemente pidiéndonos permiso.

Vietnamitas sacándonos fotos constantemente mientras posaban con nosotros como amigos sin nunca habernos dirigido la palabra antes ni nunca hablar después.

Plao que fingía barrer y nos saludaba fuerte mientras barría para que la miráramos y a dos los pasos se escondía atrás de una piedra grande y se quedaba pelotudeando escuchando música en su teléfono y si la íbamos a ver y le mostrábamos que estaba todo sucio fingía un agudísimo dolor de cabeza.

Esos eran nuestros problemas.

“¿Entendés que este es nuestro mayor problema?” le dije a Cecilia una noche zigzagueando de vuelta hasta nuestro bungalow. “Estar borrachos y tener que abrir el restaurante en siete horas.”

“Vos fumá,” me contestaba ella intentando no caer. “Mañana tenemos dos bungalows nomás, tranqui. Siesta y estamos pila, pila.”

Teníamos la comida gratis.

Teníamos la bebida gratis.

Los que trabajaban ahí de a poco se volvían nuestra familia.

Teníamos charlas interminables con ellos con apenas un par de palabras en inglés, un par en khmer, gestos y mucha cerveza. Y con los clientes terminábamos siempre abrazados, pasándonos nuestros Facebook.

No había motivo para salir al restaurante de al lado y pagar la carísima cena de cinco dólares, vino aparte.

Y así y todo lo hicimos.

Pará.

Pará.

No me tires con la caca del perro.

Dejala en el tupper en tu heladera un ratito más.

La cosa es así.

De a poquito empezó a agarrarnos un empantanamiento. Nos cansaba que Plao nunca limpiara. Nos pudríamos de reiterarles a Long y San que tenían que trabajar. Dani estaba fastidiada de que el lugar no fuera la fiesta multitudinaria que había sido en temporada alta y extrañaba a su novio y fumaba y fumaba. Se rompió un generador. Nos estamos quedando cortos de cerveza y tenemos que pedir más pero no pueden traer tanto peso, entonces tenían que ir dos veces al día. Pero los dueños también querían que Long y San reconstruyan la entrada al baño y había que ver cómo dividir el tiempo.

Long trabajando duro y parejo

Y era hermoso.

Seguía siendo hermoso.

Pero de alguna forma no era el paraíso.

Pasábamos caminando por la playa y no mirábamos al mar.

Yo cada tanto iba al bar de al lado.

Nos daban un descuento en la bebida.

No era lo mismo que tenerla gratis.

Pero me gustaba ir ahí.

Me daba un respiro.

Estaba atendido por tres franceses y un polinesio.

Christophe era un McGyver que hablaba muy mal inglés pero estaba muy contento de mostrarme cómo había construido todo.

Eddie era un rastafari de sonrisa constante y ancha.

Yves era un monologuista con mil historias disparatadas que de alguna forma todas terminaban en él diciendo que era un chico malo.

Y Hiro era el tío que siempre quisiste tener. Se presentó diciendo, “Soy de una isla de la Polinesia francesa cuyo nombre significa vagina. Es cierto.”

Había estado viajando por catorce años y ahora hacía dos años que estaba en la isla.

Los cuatros vivían entre una constante nube de marihuana.

Hiro me lo dijo mientras le preparaba un trago a alguien. Probaba un sorbo, ponía cara de duda filosófica, le agregaba un chorro de otra bebida, probaba un sorbo más, se retorcía los pezones, complacido, y entregaba el vaso. “Hacemos noche de lasaña hoy, deberían venir. Cocino yo.”

Eran cinco dólares.

Pero por algún motivo no podía decir que no.

Fuimos a la noche.

Nos sentíamos un poco ridículos pagando lo que teníamos gratis, dejando atrás a nuestros amigos camboyanos y a Dani.

Pero nos acercamos a la mesa.

Había una sola mesa, una sola comida.

Todos nos sentábamos en círculo.

La mayoría estaba hablando del francés y su cita.

“La isla del Mono Furioso,” reían. “Hay que alejarse de ella.”

Steph, un francés que trabajaba en el local de buceo, se me acercó. “¿Hace cuánto que están trabajando ahí?”

“Un mes.”

Sonrió, tomó otro trago de cerveza. “Cuando llegué a la isla por primera vez y trabajaba allá, en el mismo lugar, también tardé un mes en salir. Cuesta salir, ¿no?”

“Uno pensaría que no pero…”

“Es demasiado para la cabeza. Demasiado para asimilar.”

“Lo es.”

“Me alegra ver que están acá,” me dijo, levantando su latita de cerveza.

Brindé con él.

Y seguimos comiendo.

De a poco noté que yo era pura sonrisa.

Fue ahí cuando lo dije. “Ustedes son bretones, ustedes son franceses, ustedes no sé de dónde son.”

“Yo escocés,” me dijo un cliente del bar.

“Yo, alemana,” dijo la que se sentaba al lado.

“Bueno,” retomé. “No sé qué significará la lasaña para ustedes. Pero para nosotros dos es una comida muy asociada al hogar, a la familia. Lo que trato de decir es gracias por hacernos sentir en casa estando tan lejos.”

Levantaron las copas de vino, brindamos.

Y de repente, mientras comía y me perdía saltamonteando entre las conversaciones, lo sentí de vuelta.

Al paraíso.

Vino otra vez a encontrarme, con su liviandad inmensa.

El paraíso

La playa estaba ahí.

El trabajo soñado estaba ahí.

Pero el paraíso se había ido.

Y de repente había vuelto.

Y ahora sí.

Llegó el momento.

Andá a tu heladera, sacá el tupper con la caca de perro.

Y tenela a mano.

Porque dejame decirte algo.

Demasiadas veces nos empantanamos en nuestro paraíso por vagos, porque nos cansa mover el culo, salir a hacer algo distinto, porque nos creemos indispensables y consideramos que el mundo se va a desmoronar si damos un paso al costado.

Pero también demasiadas veces nos empantanamos en nuestro paraíso porque deliberadamente quieren que estemos inmóviles, porque nos mantienen sentados mirando hacia afuera a través de pantallitas.

Pantallitas como esta que estás mirando ahora.

Decímelo con una mano en tu corazón.

¿Cuánto tiempo estuviste mirando a esta pantallita buscando un viento que te refresque?

¿Cuánto tiempo estuviste apuñalando a tus ojos con la luz, necesitando algo que te despabile, te haga sentir con menos peso?

¿Cuántas veces lo encontraste?

Las pantallitas son un desfile de miedo y comida y sexo y odio y comida y sexo y odio y miedo y otra gente teniendo aventuras y miedo y sexo y comida.

Muy conveniente para quedarnos con el culo sentado.

Creyendo que nos ventilamos sin corrernos del medio.

No sé si cuando te lo dije te llevaste la mano a tu corazón o si pensaste que se trataba de una frasecita más.

Pero ahora hacelo.

Hacelo por mí.

Llevate tu mano a tu corazón.

Si lo hiciste o si le temés al ridículo, de todas formas, tu atención está ahí.

En ese preciso rincón de tu pecho donde algo late.

Late ahora.

En un tiempo, no.

Y ahora estás en un paraíso.

Porque no sé si viste alrededor pero esto es un paraíso.

Hay montañas y chocotora y jirafas y nieve y mar y música y sánguches y dibujitos animados y jacarandás y olor a pasto recién cortado y queso y vino y risa y alpacas y tantas aventuras por vivir y tanta, tanta, tanta, tanta, tanta buena gente.

Pero hay un puñadito de personas demasiado interesadas en que te quedes con el culo sentado.

Sin cambiar nada.

Viendo la vida a través de una pantalla.

Ahora sí.

Llegó el momento.

Abrí el tupper con la caca de perro.

Y tirásela.

Tirásela a todos los que deliberadamente te martillen el culo.

Tirásela a todos los que quieran hacerte creer que el mundo está regado por horrores.

Tirásela a todos los que priven el paraíso.

Porque el paraíso no es una islita perdida en el mundo.

No es el bar de al lado.

Es hacer lo que en algún momento va a pasar.

Dejar que el viento ocupe nuestro lugar.

El paraíso es moverse.