Me acabo de dar cuenta de algo.

Hoy viví el día más importante de mi vida.

Y no me avivé hasta recién.

De ninguna manera fue un día particular.

No llovieron tetas, aparecieron dragones ni fuimos atacados por un gigante de chocotorta al que tuve que comer para salvarnos la vida.

Hoy fue un día destinado a ser olvidado, de esos cuyo único propósito es apenas abultar al pasado.

Siempre me dieron pánico esos días.

Sé que los voy a sufrir cuando muera.

Cuando muera, después del túnel y toda esa gilada, va a haber un sillón, un televisor, un bolillero y una persona.

Imposible saber si esa persona es hombre o mujer, si me quiere o desprecia.

Con esa ambigüedad me mira y saca una bolilla del bolillero.

Cada bolilla es un día de mi vida.

La pone en el televisor y en la pantalla aparece lo que pasó desde que me desperté hasta que me dormí.

Muerto, inmóvil, podrido, voy a ver qué hice con el tiempo que tuve, qué aproveché, qué desperdicié.

Por eso me dan pánico los días de relleno.

Voy a insultar cada hora, cada minuto, cada segundo.

Y hoy fue un día de relleno.

Al menos, hasta recién lo fue, ya en la cama y con las luces apagadas, cuando mi novia me preguntó cómo me había ido hoy.

“Tranqui,” le dije.

Pero entonces, antes de quedarme dormido, mientras vientos imposibles galopaban sobre la jungla camboyana con la clara intención de volar nuestro bungalow a la mierda, repasé el día y me di cuenta.

No fue de relleno.

Fue el más importante de mi vida.

La cuestión es así.

Ayer fue la fiesta de la luna llena, en el corazón de la isla, en la mitad de la jungla, en lo alto del cerro.

Justo en la mitad de la nada.

Fueron todos, todos, todos.

Todos menos Cecilia y yo.

Se estaba largando tremenda tormenta y nos pareció más copado quedarnos en una hamaca paraguaya en la playa, escuchando a la jungla y al mar siendo zamarreados por el viento.

Somos dos viejos de mierda.

La cuestión es que, como ayer fue la fiesta, esta mañana todos se quedaron dormidísimos.

Salvo Cecilia y yo, que apenas nos quedamos dormidos.

Ella los fue a despertar mientras yo preparaba café y mataba al ejército de hormigas que a diario reclaman su soberanía sobre la barra del hotel, bar y restaurante de esta islita camboyana donde trabajamos.

Por suerte, los primeros en venir a desayunar fueron los cuatro turistas eslovacos. En los días que estuvieron acá, nunca quisieron algo muy rebuscado ni mostraron demasiado apuro.

De desayuno, pidieron una cerveza cada uno.

Después, otra.

Después, otra.

Después, otra.

Después, un trago con ron.

Después, otra cerveza.

Fue más o menos ahí cuando llegó Dani de la fiesta, arrastrando sus pies, mirándome como si no pudiera darse cuenta de si yo era yo o si yo era un dragón con tetas fluorescentes.

Jo llegó atrás, con el maquillaje corrido y una sonrisa tan, tan, tan cansada.

Se desplomaron sobre la barra.

Tomaron agua.

Tomaron más agua.

Hablaron sobre las drogas que compraron.

Hablaron sobre las alucinaciones que tuvieron en la fiesta.

Hablaron sobre las alucinaciones que tuvieron caminando desde la fiesta, bajando por el cerro, en la mitad de la jungla.

Jo tomó un último trago de agua, sonrió. “Bueno,” dijo, “me voy a trabajar.”

Se fue arrastrando los pies hasta el local de buceo sobre la misma playa.

“Mierda, cierto, trabajo,” dijo Dani. “¿Querés que trabaje yo a la mañana?”

“Andá a dormir,” le dije. “Laburo el turno hasta las tres de la tarde.”

Dani balbuceó un agradecimiento, arrastró los pies, se fue.

“Adiviná qué hora es,” me dijo Cecilia mostrándome las llaves de algunos bungalows.

Apuré mi desayuno y fui a acompañar a Plao, la adolescente que limpia.

Supuestamente mi tarea era quedarme parado, controlándola, marcándole lo que se olvidó de emprolijar.

Pero eso me parecía bastante sorete.

Así que ahora, cuando me toca el turno mañana-mediodía, limpio los bungalows con ella.

Plao con su celular
Pla0 y su teléfono

A veces, Plao pone música camboyana en su teléfono.

A veces canta.

Y yo no tengo marco de referencia para saber quién es ella a través de la música que escucha. No hay manera de darme cuenta si es música romántica, de fiesta, triste, satánica.

Tarareando vaya uno a saber qué, Plao caminaba delante mío hacia los últimos dos bungalows que nos tocaba limpiar hoy.

Fue entonces cuando hizo un ruidito que era mitad risa y mitad grito de horror.

Me adelanté.

Puteé.

“¿Vietnam?” dijo Plao.

“Vietnam,” dije yo.

Los vietnamitas son, sin dudas, los turistas más temidos.

Son como nenes cocainómanos.

Necesitan todo ya, desesperadamente.

No les importa si vos estás tomándole el pedido a otra persona. Los tipos se meten en el medio y empiezan a decirte lo que quieren comer.

Reservan para cinco personas pero vienen nueve y quieren pagar como si fueran cinco.

Tienen una obsesión intensa con el hielo.

Y con bañarse todos juntos, comer todos juntos, dormir todos juntos.

Esto último nunca me jodió.

Hasta hoy.

Para dormir todos juntos, la noche anterior, los vietnamitas sacaron los colchones de sus dos bungalows y los pusieron juntos afuera, en un balconcito. Sacaron también los mosquiteros que cuelgan sobre las camas y los colgaron del balconcito. Y agarraron dos hamacas paraguayas de la playa y las ataron a unos árboles cerca del balconcito.

Durmieron los ocho juntos en el balconcito.

Y, alrededor, comida y botellas vacías y papeles manchados con lápiz labial y mugre que desafiaba cualquier definición.

Encima, los muy soretes se van siempre temprano, antes de que abramos, dejando todo pago y las llaves en el bungalow.

No hay forma de putearlos a la cara.

Con Plao nos sentamos en el quilombo, mirando alrededor, riendo, charlando con señas hasta que, de a poco, empezamos a ordenar.

Al rato vino a buscarme Cecilia.

Había que apurar la limpieza del último bungalow, el familiar, porque venían otros vietnamitas.

Vietnamitas siendo vietnamitas.

Fuimos.

Lo estábamos limpiando cuando un nene gordo vietnamita entró, nos miró, comió un caramelo, tiró el papel al suelo y se fue lo más pancho.

Con Plao nos miramos.

La barrera idiomática nos separaba pero nuestras miradas lo decían todo.

“Matémoslos,” dijo la mirada de Plao.

“Matémoslos,” dijo mi mirada.

“Dale.”

“Bancá,” mi mirada metió paño frío. “La prisión camboyana no debe ser un picnic, ¿no?”

“No sé qué es un picnic,” dijo la mirada de Plao.

“Algo fácil, lindo,” diccionarizó mi mirada.

“Ah, no, no lo es. Ahí nos van a cagar matando pero vale la pena.”

“Mejor apuremos la limpieza y vayámonos a la mierda,” retrocedía mi mirada.

“Cagón,” dijo la mirada de Plao.

Apuramos la limpieza y nos fuimos.

Casi.

Casi nos fuimos.

Los vietnamitas entraron, salieron. “No hay agua,” dijeron.

Plao giró hacia mí. “Los tendríamos que haber matado,” dijo su mirada, y ahora sí se fue caminando bien rápido.

Son dos de los camboyanos que trabajan acá, Long y San, los que llenan los baldes grandes del baño con agua del mar.

Pero ahora, por la tormenta, el bote con provisiones no pudo venir hasta este lado de la isla. Así que tuvieron que irse caminando hasta el otro lado a buscarlas.

Agarré entonces un bidón y enfilé para el mar.

Miré alrededor.

No era un lugar, era una postal.

Suspiré, agradecido.

Llené el bidón, lo llevé al bungalow, lo volqué en el balde del baño, volví al mar.

Así unas cuatro veces hasta que la vietnamita me paró. “Creo que es suficiente,” dijo.

Nunca hay suficiente agua para bañar a un solo vietnamita, pero preferí hacerme el boludo e irme lo más rápido que me fuera humanamente posible.

Estaba por cruzar la puerta cuando la escuché.

“¿Y el agua para bañarnos?”

Sabía.

Sabía que no podía escapar tan fácilmente.

“Ese es el agua para bañarse,” dije, señalándole el balde gigante que le llené por la mitad.

Lo miró.

Me miró.

“No. Eso agua inodoro.”

“Se los dijeron al hacer el check-in, ¿no? Hace meses que no llueve y los pozos están secos. No tenemos agua fresca. Para tomar, sí. Tenemos agua mineral. Pero para bañarse, sólo agua de mar.”

“Pero el agua de mar pica,” me dijo con señas. “Agua fresca.”

“Sólo hay agua de mar, perdón.”

“Pero tormenta.”

“Mucho viento, poca lluvia.”

“Tormenta.”

“Los pozos están vacíos.”

Me acercó dos botellas vacías. “Agua fresca, acá,” dijo.

“No tenemos agua fresca para bañarnos. ¿Querés comprar agua mineral?”

“No.”

“Entonces sólo agua de mar.”

“Agua fresca. Puedo pagar.”

“No tenemos.”

Señaló a un tanque de agua sobre su bungalow. “¿Agua fresca ahí?”

“No hay agua fresca.”

“Agua fresca.”

Quería decirle que, habiendo estado yo tres semanas acá, transpirando y trabajando y transpirando, bañándome sólo con agua de mar, lo que me generó un sarpullido que me comió la piel y la cordura, entendía su profundo dolor de estar apenas media hora en este hotel paradisíaco sin agua fresca.

Y aparte por un día.

Porque los vietnamitas venían por un día nomás.

Quería decirle que su tragedia se iba a morir mañana, cuando ella estuviera de vuelta en la civilización, con una buena ducha de agua fresca, pero que mi tragedia sólo iba a engordar y engordar hasta que al fin un día llueva y yo baile en pelotas bajo la lluvia y me bañe y llore y ría y llore.

“No hay agua fresca,” dije apenas.

La vietnamita asintió, despacio, con cara de que le acabé de informar que tenía cáncer, que sólo le quedaba una semana de vida, que era adoptada y que su marido la engañaba con su hermana, y que, dicho sea de paso, un estudio de la universidad de Massachusetts comprobó científicamente que su hermana era más inteligente y linda y talentosa que ella.

Subí al restaurante.

Cecilia estaba hablando con una pareja.

Eran de una isla cerca de Nueva Zelanda.

Charlamos sobre lo aislado que se siente vivir en una isla hasta que vinieron los vietnamitas a almorzar, demostrando que, por más que uno se vaya a la concha del pato, el horror siempre te puede encontrar.

Después apareció una hippie que siempre me sonría mucho.

Se sentó en la barra.

Y me sacó charla.

Revisó el menú de bebidas.

Y, sonrojada, me pidió un licuado que se llama Amante Vigoroso.

Le dije que justo ese no se lo podía hacer, que a esa hora no teníamos el generador prendido y necesitaba la licuadora.

Se rió.

Dijo que no quería pedirme otra cosa.

Se quedó sentada en la barra, sacándome charla.

Vino Cecilia, la hippie se fue.

“Creo que te ama,” dijo Cecilia, mirando para otro lado, haciéndose la distraída pero midiendo científicamente la reacción de mi cara con el rabillo de su ojo.

Ahí apareció una francesa.

Con la nariz muy parada pidió algo que no estaba en el menú.

Fui a la cocina.

Los dos cocineros, Tuiyt y Sraï Ná me miraron, esperando que les diga el nombre del plato en inglés o en un camboyano muy bastante mucho recontra muy rudimentario.

Intenté decir lo que la francesa quería en inglés.

Desconcierto.

Intenté en camboyano.

Más desconcierto.

Y así nomás arrancó el “Dígalo con mímica” más intenso y bizarro de mi vida, en una cocina camboyana.

Si hay comida todo está bien.

Entre risas y confusiones nos terminamos entendiendo y volví a la barra.

Los eslovacos estaban ahí.

Pidieron de almuerzo una cerveza.

Y otra.

Y otra.

Y otra.

Y otra.

Y otra.

Pagaron la cuenta, juntaron sus mochilas, me saludaron con una sonrisa tan grande como sus panzas y se fueron al otro lado de la isla a tomarse el bote para el continente.

Me quedé pensando que, si yo hubiera nacido en Eslovaquia, ellos quizá serían mis amigos más entrañables.

Miré alrededor; sólo estábamos Cecilia y yo.

Me gusta comer cuando no hay nadie.

Después de semanas de comida asiática, pedimos dos platos occidentales y destapamos dos cervezas.

Nos sentamos a comer.

Di mi primer bocado.

Carne con salsa de vino tinto y puré de papas.

Casi lloré.

Un puré de papas puede empapar ojos a veinte mil kilómetros de casa.

Era el mejor momento de mi vida.

Carne con salsa de vino tinto y puré de papas, con Cecilia y la jungla y el mar de fondo.

Hasta que dos franceses aparecieron. “¿Está abierta la cocina?”

Miré el reloj, puteé por dentro. “Sí, cierra en diez minutos.”

Se sentaron.

Me paré, les di el menú.

“No saben quiénes somos, ¿no?” dijo uno, echándose hacia atrás en la silla, arrogante.

“No,” le dije.

Resultó que eran los dos que organizaban la fiesta de la luna llena que se había hecho ayer.

“Recién terminó,” me dijo.

Eran las tres de la tarde y había empezado a las seis de la tarde de ayer.

Nos contaron sobre la fiesta, la vida en la isla, Francia, su superioridad ante todas las cosas humanas, animales, vegetales, minerales.

Bueno, al menos uno de los dos nos contó.

El otro sólo miraba a su comida.

La miraba compenetradísimo, como si esos fideos fueran a decirle el significado de la vida, los números de la lotería y, ya que estamos, por qué lo dejó su primer amor.

“¿Y cómo se están llevando con el lugar?” nos preguntó el francés que no estaba perdido en su comida.

“Bien,” dije. “Siempre cada día es una sorpresa. Por ejemplo, ayer vino ella a decirme que unos monos rompieron el techo de nuestro baño.”

“Es la ventana,” dijo Cecilia, masticando.

“Las ventanas son espejadas y eso los vuelve locos,” aclaré. “Se pusieron a saltar sobre el techo y lo rompieron.”

“Eran muchos,” dijo ella. “Asusté a algunos pero había uno gigante y me rajé.”

“Y es así todos los días, siempre algo nuevo.”

Mono pensando plan asesino.

El francés rió, asintió. “Y eso no es nada,” dijo. “Ustedes están acá hace un mes. Yo, hace dos años.”

De repente, el cielo y el mar se volvieron blancos.

El francés me miró, frunció los labios. “Tenés cuatro minutos para cerrar todo antes de que se largue. Quizá tres.”

Subí al piso de arriba, que, por cierto, es tal vez mi lugar favorito del mundo.

Cerré las cortinas enormes de plástico, las até.

Y de repente, viento.

Viento es poco.

Viento es como decirle lagartija a Godzilla.

Ningún árbol estaba seguro en la tierra cuando soplaba ese viento. Ningún edificio, ningún dios.

Lluvia, lluvia, lluvia, viento, viento, lluvia, viento.

Sol.

Calor.

Abrí las cortinas de plástico.

Hicimos un poco de sobremesa con los franceses, charlando con el que no miraba a su comida, hasta que se fueron a dormir.

Ahora sí.

La carne con salsa de vino tinto y el puré estaban fríos.

No importaba.

Iba a comer con Cecilia y el sonido del mar de fondo.

Eso era todo lo que quería.

Di un bocado.

Vino la vietnamita de la mañana, apurada, sonriente. “¿Agua fresca?”

“No hay.”

“Pero lluvia.”

“El pozo está vacío.”

La vietnamita no se movió.

Ni pestañeó.

“Pero lluvia.”

“Fue un chaparrón. El pozo está vacío, perdón.”

“Puedo pagar.”

“No hay agua.”

Dio media vuelta, desconcertada, quebrada emocionalmente, y se fue.

Ahora sí.

Terminé mi comida hogareña a mil kilómetros de casa.

Estuvo tan buena que con un escarbadientes busqué algún resto.

Cecilia miró al reloj. “Che, son las cuatro,” me dijo. “Dani tenía que arrancar a las tres. ¿Hasta qué hora la vas a cubrir?”

“No sé, hasta que se despierte.”

“¿Te jode si me voy?”

“Para nada.”

Se fue.

Entre las cuatro y las seis, me dediqué a mirar a la jungla, al mar.

Descubrí que en la calma y el silencio la cabeza puede desentenderse de mugre o puede llenarse de ella.

Perdido en el vaivén de las olas, me olvidé de todo.

De qué día era, qué mes, qué año, de mi nombre, del ayer, del mañana, de todo lo que no era ese preciso momento.

Hasta que vino la vietnamita a pedir la contraseña de wi-fi.

“No hay wi-fi.”

Horror, desconcierto, angustia.

Se fue arrastrando los pies, vencida, sin saber qué hacer con las fotos del atardecer mágico que ahora se abultaban en su teléfono sin la posibilidad de ser ostentadas.

Ahí pasó la pequeña peregrinación.

Los que terminaron su turno en otros locales de la playa vinieron al bar.

Pidieron tragos, cervezas, cigarrillos.

Cada uno estaba perdido en su propia conversación, todavía aturdidos por la fiesta de ayer.

Pedime que me gusta.

Kat se quejaba de que en su trabajo les daban de comer arroz y huesos.

Steph comentaba que usaba drogas duras como medicina.

Chris hablaba de buceo y de las Filipinas y del servicio militar canadiense.

Sophie contaba de una polilla con las alas negras y amarillas que, si te descuidabas, se metía en tu vaso y te robaba un trago. Particularmente si tomabas cerveza o ron.

Aaron dijo que era tal cual Dani en la fiesta de ayer.

Jo me preguntó a qué hora tenía que laburar Dani hoy.

Le dije que a las tres.

Miró el reloj.

Eran casi las siete.

“La estoy dejando descansar,” dije.

“Le voy a golpear la puerta a ver si está bien,” dijo Jo.

De repente, me di cuenta de que todo este tiempo pudo haber estado muerta, ahogada en su propio vómito.

Creí que estaba siendo bonachón dejándola dormir pero quizás fui un negligente de mierda.

Jo fue a buscarla.

Mi corazón no latía.

Mi corazón se estrolaba contra las cuatro paredes de mi pecho, rebotando, como un loco, fumando pucho tras pucho tras pucho.

Fue entonces cuando una inglesa me pidió el trago más complicado del universo entero.

Me puse a hacerlo.

Jo volvió.

Sola.

Pero sonriente.

“Dani se quedó dormida, ya viene.”

Mi corazón apagó el último pucho en el cenicero y suspiró, relajado.

Terminé el trago más complicado del universo entero, lo serví.

La inglesa me agradeció.

Me serví el resto del trago.

Esa es una de mis muchas partes favoritas de la vida en esta isla camboyana: servirme lo que sobra cuando hago tragos o licuados o batidos.

Tomé un sorbo, asentí.

Lo bueno, si clandestino, dos veces bueno.

Dani llegó, zombi y sonriente. “Perdón, me quedé dormida.”

“No seas boluda. Necesitabas descansar.”

Ahí noté a un grupito de franceses que me buscaban con la mirada.

Tenían la cara seria.

Quizá me olvidé de llevarles algo o quizá sólo eran franceses.

Me acerqué.

“Queríamos saber una cosa,” me dijo uno. “¿Es cierto lo que nos dijiste ayer? ¿Mañana sale el último barco de la isla?”

“Sí, por la tormenta. No va a venir ni salir ningún barco por cuatro días. Mañana es el último día. Obvio que pueden quedarse si quieren. Por ahí nos van a faltar algunas cosas del menú y no vamos a tener bebidas frías, porque traen a la comida y al hielo desde el continente en bote. Así que, ¿se quieren quedar o prefieren irse?”

Los franceses se miraron.

Querían aventura y exotismo pero con comodidades y estándares franceses.

No hacía falta esperar la respuesta.

“Para asegurarse un asiento en el bote de vuelta,” les dije, “puedo darles el teléfono para que llamen y reserven.”

“Por favor.”

Fui a la barra, busqué.

Nada.

“Dani, ¿viste el teléfono?”

“Todavía estoy drogada pero no.”

“Puta madre. Seguro lo tiene Cecilia en el bungalow.”

El bungalow quedaba a tres Señor de los Anillos de distancia.

Le pregunté a Dani si se podía hacer cargo de su turno, me dijo que sí.

No le creí pero fui a la playa.

El día ya agonizaba, allá, sobre el mar.

La noche desplegaba sus mejores plumas.

Entré al bungalow.

Cecilia estaba escribiendo. Me dijo que, entresueños, viajó en el tiempo y vio su muerte.

“Tomá, leé.”

Leí.

“¿Sabés a qué me hace acordar esto?” dije.

Charlamos sobre una cosa.

Charlamos sobre la otra.

“Uy, los franceses,” dije al rato. “Deben estar todos asustados por la tormenta y eso de que no hay más barcos y nosotros acá, cagándonos de risa.”

“Que se curtan.”

“Tengo que ir.”

“No quiero ir al bar todavía.”

Miré a la lagartija que caminaba por la pared, miré a Cecilia. “Hagamos esto,” dije. “Voy al bar, dejo el teléfono ahí para los franceses y me secuestro dos cervezas. Vos mientras esperame en una hamaca paraguaya en la playa. Te veo ahí.”

“Trato.”

Salí.

Mientras subía la escalera hasta el bar, sonó el teléfono.

Miré el número.

Era el dueño del local de buceo en la playa.

“Necesito que me hagas un servicio,” dijo. “¿La conocés a Kat?”

“Sí, está acá en el restaurante.”

“No, se vino para acá de nuevo. Quiero que justamente vuelva para allá. Lo que ella coma y tome esta noche, lo pago yo.”

“No hay problema.”

“¿Y le encontrarías un lugar para dormir ahí? Necesito que se vaya de acá, que se relaje.”

“No te hagas drama.”

Subí al bar.

Le di el teléfono a los franceses.

Me agradecieron y llamaron preocupadísimos.

Me acerqué a Dani, le conté lo de Kat.

“¿Qué le pasó?”

“Ni idea,” dije, sacando dos cervezas camboyanas de la heladera. “Me voy un rato a la playa y vuelvo con Cecilia.”

Bajé.

Cecilia estaba acostada en una hamaca paraguaya.

Me senté a su lado.

Miramos al mar.

Vimos a todos los horizontes que nos separaban de casa y nos pusimos a cantar canciones de cuando éramos chicos.

Relax.

De repente nos dimos cuenta de que, quizá, estuvimos en la playa por seis horas.

Subimos al bar, sospechando que por ahí Dani lo había prendido fuego en un delirio narcótico y bailaba desnuda ante las llamas. O por ahí la vietnamita lo había prendido fuego ante la ausencia de agua fresca y wi-fi y bailaba desnuda ante las llamas. En cualquiera de los dos casos, los turistas franceses se hubieran quedado ahí, parados, fumando un pucho, diciendo que ellos habrían prendido un mejor fuego.

Llegamos.

Nada ardía.

Había unos pocos sentados en la barra, nos acercamos.

El francés del mediodía estaba ahí, mirando compenetradísimo ahora también a su comida.

Pero esta vez fue distinto.

Esta vez habló.

“Voy a dejar las drogas,” dijo.

“¿Por qué?” preguntó Dani, con el tono más desaprobador del universo entero.

“Es demasiado. Es demasiado. Es demasiado,” dijo el francés, sin apartar la mirada de su plato.

Kat llegó y se desplomó sobre la barra, en posición fetal. Como siempre.

Su cara era una orgía de tristeza, cansancio, enojo, timidez. Como siempre.

Pero esta vez, al cocktail, se le sumó un ingrediente más.

Miedo.

“Está bien que sea el casamiento de uno de los camboyanos y que lo hayan invitado, pero, mierda, que no pase la noche donde también duermo yo,” dijo Kat. “No donde duermo yo, mierda.”

“¿Saben que el tipo se propasó con vos?” preguntó Dani.

“Se los dije, puta madre. Cada vez que el camboyano se reía, se me tiraba encima y me tocaba las tetas. Y le dije que la corte, mierda. Pero seguía. Y después hizo más. Más.”

Le dimos la llave de un bungalow, le dijimos que podía pasar la noche acá, que no había problema.

“¿Se traba por dentro?”

“Se traba por dentro.”

Frunció los labios, no muy convencida. “Dani, ¿podrías dormir conmigo esta noche?”

Dani prendió su pucho infinito, asintió entre el humo.

“Mierda.”

Silencio intenso apenas interrumpido por mi estómago y el de Cecilia.

Fui a buscarlo a Tuiyt al fondo.

Estaba en calzones, bailando con Long, que también estaba en calzones, los dos frente al espejo.

Seguían la coreografía de una canción camboyana.

Giraron hacia mí.

Me vieron.

Siguieron bailando.

Bailé.

“Tuiyt, cuando puedas,” dije moviendo una pierna para allá y un brazo para acá, “¿nos cocinarías algo a Cecilia y a mí?”

“¿Qué quieren comer?”

“Lo que sea más fácil.”

“¿Lok lak?”

“Lok lak está bien, gracias.”

Siguieron bailando, volví al bar.

Estaban hablando sobre la tormenta que nos iba a dejar sin un barco por varios días.

Sus voces estaban empapadas de seriedad.

Con Cecilia nos pusimos a hablar sobre lo extraño que era vivir en una isla.

Apartados del resto.

Aislados.

Ajenos.

Pero que, así y todo, de todos tus temas de conversación, el único de vital importancia es si entran y salen barcos.

Si estás comunicado.

Si no sos isla.

Ahí llegó el lok lak y dejamos de filosofar.

Después de un rato de sobremesa, bailamos con la música electrónica rara rarísima del francés que acababa de prometer dejar las drogas.

Hasta que nos pidió una linterna.

“Tengo que volver arriba.”

“¿Arriba del cerro? ¿Subiendo por la jungla? ¿Ahora?” dije. “¿No preferís pasar la noche acá? No te cobramos el cuarto.”

“No, tengo cigarrillos, algo de tomar, me pongo un poco de música en la compu y listo.”

“Una fiesta de un sólo hombre,” dijo Dani.

“Exacto.”

Agarró la linterna y se perdió en la jungla y la noche.

“Che, son las once y veinte,” dijo Cecilia.

“¿Arrancamos?”

“Arrancamos.”

Junté los platos, Cecilia cerró todo con candado.

Kat era casi una estatua, en posición fetal. Como siempre.

Dani estaba entretenida mirando al humo escapar de su pucho. Como siempre.

“Chicas,” dije, “tengo que ir a apagar el generador.”

“Buenas noches,” dijeron, yéndose al bungalow.

Agarré una linterna y encaré hacia el corazón de la jungla.

Serpientes y monos y perros salvajes, insectos, oscuridad y ruidos y más insectos.

Todos estaban ahí.

Tratando de comer, tratando de no ser comidos.

Y yo ahora me adentraba en lo salvaje.

Con un único amparo.

La linterna.

Si se rompía, si de repente se quedaba sin baterías, si un mono venía y me la pungueaba, hubiera estado solo entre los horrores.

Ciego entre una multitud que trataba de comer y de no ser comida.

Sin forma de saber si esas mil sombras en el suelo eran raíces o serpientes.

Sin forma de encontrar el camino de vuelta.

Seguí caminando.

El latido de la bestia metálica engordaba con cada paso.

Seguí caminando.

Ruidos.

Alumbré.

Nada.

Seguí caminando.

Ruidos.

Alumbré.

Nada.

Seguí caminando.

Entonces.

Pasó.

Algo.

Entre mis piernas.

Horror.

Pánico.

Desesperación.

Gata.

Era la gata.

“La concha de Dios, Gamine,” dije.

Gamine me maulló.

Seguí caminando hasta llegar al corazón metálico de la jungla.

El generador rugía.

Dejé la linterna a un lado, me arrodillé y lo apuñalé.

Sentí entonces al silencio crecer, a la oscuridad propagarse.

Ahora sí estaba realmente solo en la noche.

Volví.

“Mierda.”

Se me clavaron dos espinas.

Alumbro.

No.

Era una termita soldado, aferrada a mi dedo gordo como si fuera la teta de la vida misma.

La arranqué y fui a buscarla a Cecilia, que estaba sentada en el bar, a oscuras.

Bajamos por la escalera hasta la playa.

“Alumbrá ahí,” me dijo, “alumbrá ahí.”

Alumbré ahí.

“Ese es el bicho que te conté,” dije. “La otra vez vi, fácil, cincuenta juntos.”

Era una especie de caracol cangrejo.

Le dicen cangrejo ermitaño.

Creo que la manera más fácil de explicarlos es remitiéndose a ese capítulo de Los Simpsons donde van a la playa y sobre el final el cangrejo caracol cambia su caparazón por una latita de cerveza.

Era ese bicho.

Sólo que no en un dibujito y en la vida real.

En la vida real, no sabés si es la cosa más adorable del mundo o si te va a matar ni bien te distraés.

“Rarísimo el bicho,” dijo Cecilia.

Miramos a la playa una última vez y fuimos hasta el bungalow.

Nos acostamos.

Fue entonces cuando se despertó la bestia.

El viento.

Se volaban ramas, chapas del techo, seguridades.

La tormenta que nos iba a dejar sin un barco por varios días se acercaba corriendo hacia nosotros.

Me quedé mirando al ventanal, aterrado, calculando cuán resistente era el vidrio.

“Va a resistir, quedate tranqui,” dijo Cecilia.

“A unas ramas, sí. Pero no a un buque trasatlántico. En cualquier momento este viento trae volando un buque trasatlántico. Aparte, este bungalow lo construyeron hace unos meses. Todavía no vio una tormenta. No sabe qué tiene que hacer en una tormenta, si salir volando o quedarse en la tierra.”

“Quedate en la tierra, casita.”

Cecilia sonrió.

No vi un carajo pero sé que sonrió.

Me dio un beso.

“¿Y cómo fue tu día?” dijo.

“Tranqui.”

Estaba por quedarme dormido cuando me di cuenta.

Había sido un día tranquilo para mí.

Destinado a ser olvidado.

No había pasado nada necesariamente destacado.

Ninguna grande alegría, ninguna grande tristeza.

Era un día de relleno.

Vietnamitas siendo vietnamitas, franceses siendo franceses, jungla siendo jungla.

Pero entonces repasé a este último manojo de horas.

Y me di cuenta de que fue el día más importante de mi vida porque, incluso siendo un día de relleno, no lo voy a insultar cuando esté muerto.

No.

Sentado en ese sillón de inframundo, lo voy a ver enterito, orgulloso.

Y después voy a mirar a los ojos a esa persona que no sé si es hombre o mujer, si me quiere o desprecia, y le voy a decir: “Chupala. Buscá otra bolilla en el bolillero de mi vida y dale play.”

Por eso fue el día más importante de mi vida.

Fue el emblema perfecto de la razón por la cual con Cecilia renunciamos a nuestros trabajos, vendimos todo y salimos a perseguir esto que todavía no sabemos muy bien qué es.

Una vida donde incluso el relleno te ensanche la sonrisa.

Una vida donde cada día sea el más importante.

Una vida donde cada día sea el emblema de lo que se te cante las pelotas que querés hacer con tu tiempo.

Me dormí, entonces, envuelto por la tempestad.

Feliz.

Sintiendo al viento soplar fuerte.

Fuera y dentro de mí.