Kuala Lumpur era un sauna. El ventilador nos escupía un viento demasiado tibio. Gotas de transpiración se amontonaban en nuestra piel mientras charlábamos en los sillones del hostel. Pero no importaba. La voz de Alan danzaba por el aire con una calma refrescante, dibujando anécdotas y recomendaciones.

La dueña del hostel tenía que viajar a visitar su familia y él se ofreció a cuidar el lugar. Estaba en una pausa en el trabajo cuando se nos ocurrió entrevistarlo para un video. Alan había estado viajando por casi dos años. Queríamos conocer su aventura.

Nos dijo que prefería hacerlo sin cámaras, se sentía más cómodo así, charlando. Agarramos la grabadora de audio, presionamos rec y nos preparamos para viajar.

-¿Cómo empezó todo?

-Estuve muchos años leyendo sobre distintos lugares que quería conocer, particularmente sobre India y Nepal. Y siempre había un motivo para posponerlo.

Hasta que llegó el 2015 y hubo un gran terremoto en Nepal. Lo veía en las noticias y estaba devastado. Todos esos lugares con los que había fantaseado por tanto tiempo, todos esos templos, sitios ancestrales, estaban desapareciendo, los animales también.

Fue ahí cuando pensé: es ahora o nunca. Lo hablé en mi trabajo y me dijeron que podían guardarme mi puesto de maestro de escuela por un año, entonces compré pasajes con la vuelta a los 12 meses.

Pero al año no quería volver. Así que seguí. Perdí mi trabajo y seguí. Y sigo.

hombre con tribu akha en tailandia
Con una tribu Akha en el norte de Tailandia.

-¿Cuál fue el mayor shock cultural?

-Tomar conciencia de los privilegios que tenemos sólo por nuestro lugar de nacimiento.

En Europa cualquiera puede viajar, incluso si recién terminaste el colegio. Acá en Asia hay muchas personas que, a pesar de tener un trabajo decente y un buen nivel de educación, no pueden viajar a Europa por ejemplo. Les revisan absolutamente todo cuando aplican para una visa: cuánto dinero tienen en la cuenta ellos, sus padres, quizá algún tío, para asegurarse que van a visitar y que van a volver. Les piden requisitos imposibles de cumplir.

No sé si la gente se da cuenta lo difícil que es para otros acceder a lo que uno puede acceder. Los asiáticos que trabajan en la industria del turismo ven a tantos extranjeros venir todo el tiempo… y ellos también tienen sus sueños, tienen los mismos sueños que nosotros, quieren ir al puente de Londres, quieren ir a Argentina. Pero no tienen la oportunidad. Entonces me veo a mí mismo y me tengo que sentir humilde y agradecido por tener la posibilidad de viajar.

Para los occidentales es fácil viajar por muchos lados, y si además tenés la piel blanca tenés muchos privilegios. Pero para otros viajeros, gente como yo, que tienen la piel marrón, o negra, sus experiencias son distintas.

Muchos dicen: “Andá a Myanmar que los birmanos son encantadores.” Seguro lo son, con ustedes. Pero si voy yo y les digo que soy musulmán, o que mis padres son musulmanes, o que mis padres son de Bangladesh, ¿recibiría el mismo trato? No lo sé, no lo creo.

Para hacer autostop también. Acá en Malasia en particular. Muchos miran mi cara y piensan que soy un local. ¿Para qué está haciendo dedo? ¿Qué quiere? ¿Puedo confiar en él? Pero si ven una cara blanca, es distinto.

La experiencia de viajar para mí es distinta que para otra gente. Eso es algo que a veces las personas no tienen en cuenta y no lo aprecian. Las experiencias de viajes no son uniformes. Dependen de cómo te ve la gente, de cómo te estereotipan. Y así es como te tratan.

hombre autostop camboya
Haciendo autostop en un camión en Camboya.

-¿Dónde sentís que fue más difícil?

-India fue muy difícil. Me beneficié mucho, sin embargo. Conseguía por ejemplo los pasajes mucho más baratos que el resto de los turistas. Pero también hay otro aspecto. Cuando una persona blanca camina por la calle, es como si vieran un bebé. Muchos quieren sacarse una foto con ellos. Los invitan a bodas incluso si acaban de conocerlos. Nunca recibí nada de eso.

Escucho también a gente contando sobre sus viajes por Indonesia, sobre cómo los invitaron a quedarse en las casas de los locales. A mí nunca me invitaron a una casa.

Por supuesto, quizá tuvieron suerte y yo no. Pero no puedo evitar preguntarme si fue sólo una cuestión de suerte.

Incluso pasa cuando estoy en un país musulmán como Malasia. Me ven y ven mi barba y pueden adivinar que soy musulmán. Por ahí no soy lo suficientemente exótico para ellos. En cambio, alguien con la piel blanca es distinto, diferente. Quieren hablar con ellos.

En India soy sólo una persona más con piel oscura. Lo cual también tiene sus ventajas, entonces no puedo criticar demasiado.

-¿Qué es para vos lo mejor de esta experiencia de viajar?

-Creo que todo lo que aprendo. Aprendés sobre vos mismo y de lo que estás hecho, cuáles son tus límites. También a tomarte el tiempo para escuchar la historia de otras personas. Porque una cosa es leer libros y otra es muy distinta es sentarte realmente a charlar con la gente. Pero definitivamente aprendés mucho sobre vos mismo.

Tenés que ser abierto, esa es la forma en la que viajo. Hay muchas cosas a las que no estoy acostumbrado, que nunca probé antes. Me zambullo en ellas con una mente abierta, demoliendo las expectativas de lo que debería ser, de lo que yo debería sentir. Trato de no visualizar nada. Simplemente me lanzo.

Antes viajaba así, con expectativas, pero hay muchas decepciones. “No es tan lindo,” “Es muy ruidoso,” cosas así. No es lo que habías imaginado o lo que viste en una foto, en un documental, en un libro. Ahora voy con la mente abierta y trato de no esperar nada.

Y algo que definitivamente aprendí viajando es que siempre habrá un lugar donde dormir. No necesito preocuparme por eso. Siempre algo aparecerá, siempre alguien te invitará a quedarte en su casa, o te señalará un lugar donde podés dormir tranquilo.

Y viajando y durmiendo en templos budistas, aprendés de la generosidad de los monjes. Son tan amables. No te preguntan tu nombre, tu nacionalidad, tu religión, nada. “¿Necesitás dónde dormir por un par de noches? Perfecto, te podés quedar acá.” Y te traen comida seguido, o te invitan a desayunar. Por supuesto ellos comen primero y después vos comés el resto. De esta forma podés viajar muy barato y también tener un entendimiento de los monjes viviendo sus vidas, en mi caso en Camboya y Tailandia.

También… siempre creés que hay una barrera, algo que no podés hacer. Simplemente probalo, fijate qué pasa. No existe el fracaso. Si lo probaste y no te gustó, no hay problema. Lo podés probar de nuevo o lo podés dejar. No te tortures por algo feo que pase. Algo feo va a pasarte. Todo no es rosa.

Haciendo autostop

-¿Te pasó alguna cosa fea que haya puesto en riesgo esta forma tuya de encarar el viaje?

-Sí, me pasaron cosas feas, pero no pienso que hayan cambiado lo que creo.

Hubo viajeros que me robaron cosas. Robaron en mi carpa una vez pero así y todo sigo poniendo mi carpa en lugares públicos.

Las cosas negativas siempre te van a pasar, es una probabilidad. Cuanto más tiempo viajes va a haber más oportunidades para que te pase algo feo. Si pasa, pasa. Arreglás el problema y seguís viajando.

-¿Qué pensás que es lo peor de viajar?

-Lo peor de viajar… Esa es una buena pregunta. Quizá sentir que no tenés un lugar fijo. Porque cuando viajás por mucho tiempo, por ahí te quedás en un lado por una semana, quince días, dos meses, pero no hay una sensación real de permanencia. Y por supuesto que mucha gente viaja por esa misma razón. Pero a veces lo deseo, estar de vuelta en mi departamento en Londres, en mi rutina.

No es que extrañe mi país. Sólo quiero algo de estabilidad de vez en cuando. A algunos les encanta no tenerla, otros la necesitan. Yo estoy en el medio. A veces me encanta cuando me estoy moviendo, quiero estar en la ruta, en una moto, caminando, en un bote, en una dirección distinta a la que estuve antes. Pero otras veces quisiera realmente quedarme en un lugar y tener mis comforts.

Hay más cosas negativas pero realmente las veo como positivas. Son cosas que si no las aceptás, no aceptás viajar. Tenés que lanzarte con una mente abierta. Si aceptás eso, viajar se vuelve mucho más fácil.

Aunque hay algo más que me molesta, y es una pregunta que me hacen mucho. Cuando escuchás mi acento, es claramente británico. Pero mi cara no concuerda con su imagen de un inglés. Entonces me preguntan de dónde soy. Les digo de Inglaterra, y me preguntan de dónde soy originalmente, de dónde son mis padres. A veces me siento incómodo contestando. Acabo de conocerte hace diez segundos. Pero insisten…

Hay en todos nosotros cierto nivel de racismo, de xenofobia. Quizá es primitivo. El miedo a alguien que es distinto es lo que nos mantuvo vivos. Si crecías en una aldea en determinada área, la aldea a dos kilómetros era malvada, no vayas ahí, quedate con nosotros. Es algo que todos heredamos desde hace siglos. Tememos a otra gente. Gente que se meta en nuestra aldea, que la use, que la destruya.

En Papa Nueva Guinea hay un área que por mucho tiempo no fue explorada. En los 1950s hubo una expedición científica norteamericana para ver el terreno, el ambiente. Y los sorprendió encontrar a cincuenta mil personas viviendo ahí. Todos eran de tribus distintas, todas muy diferentes. Lenguajes y tradiciones distintas. Estaban separadas por apenas dos, tres días de caminata. Pero todos vivían tan cerrados, sin alejarse, que cada tribu evolucionó en su propio lenguaje, sus propias tradiciones, incluso estando tan cerca.

Hubo muchos estudios y creen que mucho se debió a la xenofobia, al miedo a lo desconocido, a los padres que les contaban a sus hijos, y los hijos les contaban a sus hijos, no vayas allá, y de esa forma cada tribu mantuvo su homogeneidad cultural. Siempre temieron salir, y por eso estaban viviendo como se vivía hace dos mil años.

Jared Diamond, un antropólogo que escribió “Armas, gérmenes y acero,” dijo que estas tribus podrían haber cooperado y juntas haber formado una gran civilización. Pero en cambio eligieron quedarse y no contactar a otros. La civilización viene de la colaboración.

-En Latinoamérica casi todos hablamos el mismo idioma. Pero así y todo en vez de colaborar y juntos volvernos más fuertes, nos peleamos, discriminamos, estereotipamos.

-Ese es el tema. Creo que somos desconfiados del otro. Es difícil encontrar un punto común donde poder cooperar juntos.

En Cambodia tienen problemas con los de Vietnam. Y esto data de siglos atrás, cuando el reino Khemer se volvió demasiado grande y comenzó a atrofiarse. Es ahí cuando el reino vietnamita empezó a ganarles terreno, hasta no hace mucho. Cien años atrás los vietnamitas les sacaron un montón de territorio. No les gusta ir a Vietnam, allá cuando escuchan el acento camboyano los tratan mal. No lo percibimos, no lo vemos, sólo lo sabés cuando hablás con ellos. Cuando van a Tailandia está todo bien. Probablemente porque es la misma rama de budismo.

Tienen su propia historia, sus propios asuntos internos con los que tienen que lidiar regionalmente. Como seguro debe pasarles en Latinoamérica, como nos pasa en Europa. Un turista no lo ve. Pero esa es la belleza de hablar con la gente, de hacerte amigo de ellos: poder averiguar exactamente qué significa ser un camboyano viviendo y trabajando en Camboya, o un camboyano viviendo y trabajando en Vietnam, qué experimentan, qué trato reciben de los occidentales. Es por lo que me gusta viajar.

hombre en monasterio tailandés
Afuera de un monasterio tailandés donde dormí una noche.

-Ahora vamos con la pregunta del millón. ¿Cómo te mantenés en el viaje?

-Con mis ahorros. Yo ahora realmente no quiero conseguir un trabajo viajando. Para eso vuelvo a Inglaterra, donde puedo ganar más dinero.

Pero la verdad es que no necesitás mucho. Hay muchos blogs diciendo cómo viajar por diez dólares diarios, o quince. Podés viajar por mucho, mucho menos, si estás dispuesto a ser un poco cruel con vos mismo. Para mí el helado de 25 centavos de dólar de McDonalds es el gusto que me doy. No compro cerveza, como muy barato.

Hay maneras de conseguir comida y alojamiento gratis. Cuanto más viajás, más ideas tenés y más gente te puede dar consejos en particular para ese área. Si podés permitirte dejar todos los comforts de tu casa, comer barato, hacer dedo, podés viajar por mucho tiempo.

Un buen consejo es no comparar los precios con los precios en tu país. Porque así todo te va a parecer barato y tu dinero va a desaparecer en unos meses. Mantené un presupuesto ajustado, sé más ajustado de lo que querés ser.

Los primeros días en cada nuevo país son siempre los más caros, porque no sabés realmente cuánto cuesta todo, cómo ahorrar. Y porque querés probar todo, querés ver todo.

Así que mi consejo es: no compares con tu casa. Porque todo suma. Si no tomás Coca Cola con tu comida, por ahí te ahorrás apenas veinticinco o cincuenta centavos de dólar. Pero en una semana son tres dólares. Y depende de dónde estés, eso pueden ser tres comidas.

Compré una botella de agua creo que una sola vez en el último año. Vaya donde vaya, restaurante, templo, mezquita, pregunto si la puedo llenar gratis, y casi siempre puedo. O a veces por menos de un centavo de dólar podés llenarla. A algunos le pueden dar vergüenza. Pero no podés darte tanta importancia a vos mismo.

-¿Qué le recomendás al que quiere probar pero no se anima?

-Sólo elegí un lugar al cual ir y probá algo distinto. Siempre podés volver.

Comprate un ticket de regreso a las dos semanas. Si no te gusta, volvés. Si tenés ganas de seguir, seguís. Yo nunca antes había viajado por más de tres meses. Mi plan original era viajar por ocho meses. Y llevo ya casi dos años.

Tratá de salir de tu zona de confort. Si tenés miedo, siempre podés volver. Es algo que siempre me dije a mí mismo.

Porque sino siempre te decís que lo podés hacer cuando te asciendan o tengas más dinero. Pero siempre habrá excusas, un obstáculo que surge mágicamente para que no vayas.

Lanzate y hacelo.