Estaba solo.

Solo con mi mente.

Corrección. Solo contra mi mente.

Me había encerrado en un monasterio de Tailandia por diez días para un curso de meditación Vipassana. Nos decían que llevemos la atención a la respiración. Que no pensemos. Que sintamos al aire entrar y salir y, si surgía alguna idea, que no nos frustremos y simplemente volvamos a enfocarnos en nuestra nariz.

Nos decían que ese era el camino hacia la paz.

Que se metan un incienso en el culo y se vayan a lavar las tetas.

Tratá hacerlo.

No podés.

Al instante despunta una idea, un recuerdo, la mierda que fuera.

Un ratito lo podés probar y jugar a ser un hippie buscando trascender las fronteras de la realidad.

Pero un ratito.

Este curso eran diez días desde las cuatro de la mañana hasta las nueve de la noche.

Y aparte sin teléfonos ni computadora ni música ni cigarrillos ni alcohol ni hablar ni leer ni nada de nada pero de nada, nada.

Era frustrante.
Era angustiante.
Era imposible.

Todavía no había llegado el fin del primer día y yo estaba en posición fetal a un pasito de llorar.

Me dolía la cabeza, la espalda, el alma.

No te exagero ni un poquito.

Es más, mi mente tenía una carpeta llena de excusas perfectamente racionales para abandonar.

La tenía anillada, con carátula y todo.

La repasaba y la repasaba y me convencía cada vez más de huir.

1) Todo no es para todos. Esto no es para mí. Lo reconozco, lo acepto y sigo de largo.

2) Vuelvo al hotel y me hago una panzada de película y series hasta que Cecilia termine el curso. La voy a pasar bomba.

3) Aparte, aprovecho para hacer todo lo que vengo postergando. Voy a terminar proyectos pendientes y voy a hacer ejercicio y voy a bajar esos kilos de más y voy a leer libros interesantes y voy a mirar tutoriales y voy a aprender y voy a ser la persona más productiva del mundo.

4) Esto de callar la mente es porque no quieren que la gente piense. Buscan gente pelotuda a la que dominar. Quizá la meditación es una secta.

5) Si Buda era tan inteligente, ¿por qué se murió?

6) Los asiáticos están acostumbrados a sentarse en posición de loto pero yo no y me duele todo. Si lo material no importa, ¿por qué mierda no puedo estar tranquipanchi en una reposera meditando?

7) No me gusta y punto.

8) Soy de Lanús. ¿Qué mierda hago en un monasterio budista aprendiendo meditación? Encima soy de Lanús Este. Si al menos fuera de Lanús Oeste que tienen un par de cafés coquetos. Pero no. No tiene sentido que esté acá.

9) El Vipassana sobrevivió apenas en Myanmar. Fueron los monjes budistas birmanos los únicos que no dejaron morir la técnica, que no la corrompieron ni le agregaron firuletes. Aparentemente. Porque fui a Myanmar. Y los tipos manejan por la derecha pero tienen los volantes como los ingleses entonces el conductor no ve un pito y se la pasa tocando la bocina una y otra y otra vez. Todo bien con los birmanos pero desconfío que no le hayan sumado ni un poquito de caos a la técnica a lo largo de siglos.

10) ¿Y si de puta casualidad llego al Nirvana y Cecilia no viene conmigo? ¿Qué hago?

Listo.

Iba a pedir lápiz y papel y le iba a escribir una carta a Cecilia, diciéndole que todo muy lindo pero que yo abandonaba, que no se preocupara, que siga tranquila, que cuando todo termine se venga para el mismo hotel en el que estábamos y a otra cosa, mariposa.

Pero supuse que eso la iba a distraer. Hasta por ahí angustiar. Quizás ella también estaba trastabillando y yo le estaba dando la excusa ideal para abandonar.

Además, era apenas el primer día. Me dolía la cabeza y la espalda y el alma. Me dolían fuerte. Pero recién empezaba. Tenía que esperar un ratito más. No para intentarlo porque claramente todo era un manantial de caca. No. Tenía que aguantar por el orgullo nomás. Abandonar al tercer día me parecía digno. O al segundo.

Pero todavía faltaba una eternidad para el segundo día.

Iba a ser imposible.

Mi vecino, el (creo) indio de la habitación C4, se veía bastante determinado y lleno de confianza. Intenté atarme a su paz. Busqué fuerzas para seguir pero sabía que no podía ponerme en posición de loto ni siquiera una vez más. Fue entonces cuando decidí pedir una silla para meditar.

Las sillas estaban reservadas para viejos o gente con problemas motrices pero a mí me dolía hasta el alma. Y no exagero.

“Vos hablar con maestro meditación última noche hoy,” me dijo uno de los ayudantes. “Él decidir.”

Él decidir las pelotas.

O me daba una silla para meditar o yo prendía fuego al monasterio al canto de “Posición de loto, chupame bien el choto.”

El ayudante me sonrió. “Ahora, video. Después preguntar,” me dijo.

Nos pusieron por primera vez, como harían luego cada noche, un video de S. N. Goenka, el maestro de Vipassana que reintrodujo la técnica al mundo. A mí me hicieron acercar a un equipito de música con auriculares para escuchar la versión doblada al castellano.

Enfrente del equipito había una mantita para que yo apoye mi colita y me siente en posición de lotito y me vuelva loquito.

Suspiré.

“Es la última vez,” pensé. “Ya se viene la silla.”

Me estiré y me senté. Acomodé mi espalda para que no me doliera tanto, cerré los ojos para descansar del martilleo que tenía en la cabeza, respiré profundo, desganado, y le di play.

Fue casi como un susurro al oído.

“Seguramente te estará doliendo la cabeza o la espalda.”

Decían que eran reacciones habituales.

Todo trabajo cansa y estaba haciendo un trabajo muy profundo.

Pero eso no es todo.

Estaba adentrándome en territorio nuevo y, frente a lo desconocido, hay rechazo.

Si no nos dejábamos vencer por el dolor podríamos notar que era apenas una distracción y así concentrarnos en trabajar.

La clase terminó, tuvimos la última meditación.

El ayudante me miró y miró al maestro, como invitándome a pedirle la silla.

Negué bajando la mirada.

No iba a hacerlo.

Iba a trabajar.

Iba a intentarlo.

El gong me despertó a las cuatro de la mañana del segundo día para enfrentarme con una realidad.

Estaba vencido física y anímicamente.

Sabía que aprender a caminar y a hablar habrá sido igual de cansador y frustrante.

Pero no podía.

No podía callar a mi mente.

Siempre se enrollaba con algo del pasado o con algo del futuro.

Siempre buscaba desesperada una distracción, algo que leer, que mirar, algo fuera de mí, algo que me aleje del ahora.

Era mi mente la que me decía de irme a la mierda.

La que tenía una carpeta anillada con carátula y todo con una lista interminable de razones perfectamente lógicas por las cuales abandonar.

La que, cada vez que la callaba y la llevaba a mi respiración, me ladraba más y más y más.

No quería seguir.

No podía seguir.

Me sentía cansado, dolorido, triste, vencido, estúpido, ridículo, enojado, muy enojado.

Iba a pedir lápiz y papel y le iba a escribir a Cecilia y me iba a ir a la mierda.

Pero, hablando de mierda, de repente tuve ganas de cagar.

Eso fue lo que me salvó la vida.

Estaba en el inodoro.

No tener ni siquiera una distracción era tan asfixiante que agarré el shampoo.

Se me ocurrió leer la etiqueta.

Leer estaba en contra de las reglas pero nadie tenía por qué enterarse.

Y, de repente, me vi a mí mismo.

Estaba por leer clandestinamente la etiqueta del shampoo.

Me sentí un adicto buscando desesperado unas migajas de paz.

Me di cuenta lo que me desesperaba estar a solas conmigo en el presente que llegué a contemplar leer clandestinamente la etiqueta del shampoo como distracción.

Fue entonces cuando me di cuenta.

Me pedían que no pensara.

Que no me distrajera.

Eso era taparle la boca a mi mente.

Impedirle respirar.

Ahogarla.

Y ella peleaba.

Con uñas y dientes.

Peleaba por sobrevivir.

Como cualquier bicho pelearía por sobrevivir.

Peleaba duro.

Peleaba sucio.

Peleaba incansable.

Porque no hay pausas para fumar un pucho cuando estás peleando por tu vida.

No frenás un toque para estirar las piernas.

Para despejar la cabeza.

No.

Peleás y peleás y peleás y peleás hasta estar a salvo.

Y eso hacía mi mente.

Y eso era mi mente.

Un bicho acorralado.

Me decía que me fuera, me daba una carpeta anillada con carátula y todo con una lista interminable de razones perfectamente lógicas por las cuales abandonar.

Pero así y todo yo no me iba.

Mi mente, entonces, no era yo.

Mi mente era un bicho al que por primera vez yo no estaba ni relajando ni estimulando ni metiéndole información.

Lo estaba ahogando.

Y peleaba.

Peleaba duro.

Peleaba sucio.

Peleaba incansable.

Nunca jamás nos enseñaron verdaderamente a usar nuestra mente.

Sólo le ponemos información.

Siete por cinco es treinta y cinco y el citoplasma se encuentra entre el núcleo celular y la membrana plasmática y la capital de Nicaragua es Managua.

Como mucho nos enseñaron que no se puede decir tal cosa en tal situación. Pero esa cosa se queda en nuestro bocho dando vueltas por siempre.

Estaba ahora desafiándola.

Moldeándola.

Domándola.

Pero no podía.

No podía.

Lo único que podía hacer era cagar, escribirle una carta a Cecilia y huir.

Lo iba a hacer.

Ni bien el sorete saliera de mi culo, yo era un hombre libre.

Bajé la mirada, me concentré en cagar.

Fue entonces cuando lo leí.

Sin querer.

En el tacho al lado del inodoro había una bolsa de basura que tenía una publicidad.

Yo la veía al revés.

Pero así y todo no pude evitar notarlo.

Estaba en castellano.

Sonreí.

¿Quién había dejado ahí esa bolsa con una publicidad escrita en castellano?

¿Quién había cagado en ese mismo baño en un monasterio en Tailandia antes que yo?

¿Un argentino, un español, un peruano, uruguayo, colombiano?

¿Qué problemas habría tenido?

¿En qué pensaba?

Y de repente me di cuenta.

La vida me había llevado casi de casualidad a esta posibilidad.

La de trabajar en mi mente.

La de acallar mis angustias.

La de perseguir la paz.

Era difícil.

Pero si iba a sobrevivir era con humor.

“Che, mente… Esto de hacerme doler la espalda y la cabeza para boicotearme no da. Ya estamos grandes.”

Fue instantáneo.

Ni el paracetamol más supersónico podría haberlo hecho.

En el instante en el que entendí que el dolor no existía sino que era una distracción intencional, desapareció.

Sonreí, me limpié el culo y fui a meditar.

Aire adentro.

Aire afuera.

Al instante de intentar no pensar, pensé. “¿Te acordás de los Fity? Esos postrecitos que venían en un vaso con forma de monstruo? Estaban re copados.”

Sonreí.

“Mente, no. No vale pensar. Empecemos de vuelta.”

Aire adentro.

Aire afuera.

Aire adentro.

“El gol de chilena que metió el lagarto Fleita fue a Chilavert, ¿no? Sí, a Vélez. ¿Te acordás la campaña de Vélez con Bianchi?”

Sonreí. “Lo hiciste de nuevo. Volvamos a empezar.”

Aire adentro.

Aire afuera.

Aire adentro.

Aire afuera.

“¿Qué onda escribir esta historia? Todos intentamos en algún momento mover algo con la mente. Bueno, el giro es que en verdad lo logramos. Pero esa cosa se mueve en un universo paralelo. En este universo estamos como boludos mirando al control remoto, apretando los dientes, entrecerrando los ojos, como haciendo fuerza para tirarnos un pedo, haciendo un gestito místico con la mano. Y en un universo paralelo, el control remoto se mueve. Ahora, en ese universo paralelo no estamos mirando al control remoto porque justamente es un universo paralelo. Eso explica todas las cosas que de repente se caen de la nada. Pero pasa que por única vez en la historia hay una misma persona en dos universos paralelos haciendo lo mismo, mirando el mismo control remoto y queriendo moverlo con la mente.”

Sonreí.

“Mente, estamos pensando hace no sé cuánto tiempo. Me encanta la historia. Memoricémosla. Pero ahora no.”

Aire adentro.

Aire afuera.

Aire adentro.

“¿Te acordás el video de esa banda de pop ruso que dos minas se besaban y…?”

Fue ahí cuando me di cuenta.

Mi mente se llama Britney Spears.

Cada vez que me avivaba que estaba pensando, Britney se encogía de hombros y me decía: “Ups, lo hice de nuevo.” Y se retiraba cantando: “Ups, I did it again.”

Aire adentro y aire afuera y un pensamiento me invadía y me daba cuenta y Britney otra vez sonreía y cantaba: “Ups, I did it again.”

Y yo le hablaba.

Le hacía promesas.

“Ahora no puedo pensar en la historia de los universos paralelos, Britney. En unos minutos debe ser el almuerzo y ahí pensamos duro y parejo, ¿dale?”

“Ups, I did it again.”

Aire adentro.

Aire afuera.

Aire adentro.

“Entonces esa misma persona está en dos universos paralelos mirando fijo al mismo control remoto. Y a los dos se les mueve. Y los dos creen que es por ellos. Pero no. Es por el otro.”

“Britney, no. Me encanta. Me encanta todo lo que decís. Siento que estás llena de ideas. Pero ahora no podemos. En un ratito, cuando comemos, ahí sí.”

“Ups. I did it again.”

“No te hagas drama, Britney.”

Aire adentro.

Aire afuera.

Aire adentro.

“¿Te acordás cuando cumpliste seis? Te olvidaste. Pero dejame refrescarte la memoria. Era de esos primeros cumpleaños en la escuela en los que invitabas a todo el grado. Pero sentías que no eran tus amigos y que lo sabían. Desde entonces, cada año te agarra lo mismo. Que si son pocos y piensan que no tenés amigos, que si la pasan mal, que si invitás por sumar o porque querés, que te sentís expuesto, que…”

“Britney, no.”

“Pero te acabo de solucionar un trauma de casi treinta años.”

“Sí y gracias. Pero acordate que ahora no podemos.”

“Ups. I did it again.”

Aire adentro.

Aire afuera.

Aire adentro.

“Estaban vestidas de colegialas.”

“La puta madre, Britney. ¿De qué hablás?”

“Las rusas del video de pop ese que se besaban. Eran lindas rusas.”

“Es cierto.”

“No me acuerdo si eran pareja en la vida real o si era todo un truco de marketing o un poco y un poco. Pero que se besaban, se besaban. Se besaban duro y parejo. Seguro hacían el dulce amor lésbico. Para mí que viven en una casa chica, con una cama chica. Hace frío en Rusia. Mucho frío. La calefacción no alcanza. Hay que acurrucarse. Vuelven de un recital. La adrenalina corre por sus venas, les cosquillea la piel. La nieve que cayó sobre sus abrigos se volvió agua fría. Se los sacan. Una busca una toalla, le seca el pelo a la otra. Sonríen. Se acercan. Se miran. No. No se miran. Se pierden en los ojos de la otra. En esos ojos jóvenes lésbicos ardientes. Se arrancan la ropa. Ríen. Gimen. Los labios carnosos de una se aventuran en los pechos turgentes de…”

Gong.

Gong.

El almuerzo.

El almuerzo estaba listo.

Sonreí.

Quizás era por gordo, quizás era por no tener ninguna otra distracción, pero cada comida era siempre un momento de máxima alegría.

Fui al baño, me lavé la cara.

Fui a servirme, me senté, miré por la ventana.

“Bueno, Britney,” pensé. “Ahora es el momento. ¿Qué pasa con esa persona en dos universos paralelos que mira fijo al mismo control remoto?”

“Ah, no sé. Algo. No tengo ganas ahora.”

“Pero… Tenías tantas ideas.”

“Qué se yo.”

Fue entonces cuando me di cuenta.

Después de “Ups I did it again,” Britney canta que no es tan inocente.

Se esforzó en acribillarme con ideas, inventó historias, creó dolores, desempolvó recuerdos, sólo para distraerme y seguir pensando.

Y cuando eso no funcionó, intentó por el sexo.

Britney no era tan inocente.

Britney estaba dispuesta a todo para seguir viviendo.

“La mente también consume un alimento,” dijo S. N. Goenka en la siguiente clase. “Es una necesidad biológica antigua. La de rechazar el peligro y anhelar lo que nutre. El rechazo y el anhelo dejan surcos en nosotros, que con el tiempo se vuelven más profundos. Entonces, frente a un estímulo similar, habrá siempre una misma respuesta. Una persona puede rechazar ser el centro de atención porque se siente expuesta y otra puede anhelarlo porque se siente deseada. Pero ambas están condenadas a transitar el mismo camino de estímulo a respuesta. Es así como vivimos reaccionando. Rechazamos o anhelamos. Ese es el alimento de nuestra mente. Pero si en cambio observamos lo que sentimos en nuestro cuerpo, simplemente observamos, sin rechazo, sin anhelo, nos daremos cuenta de la ley universal. La ley dice que todo es transitorio, todo pasa. El dolor puede estar un momento ahí. Pero luego no. El cosquilleo agradable puede estar un momento ahí. Pero luego no. Todo es transitorio, todo pasa. Lo bueno y lo malo. Si observamos lo que nos sucede sin rechazo ni anhelo, volvemos menos profundos a los surcos de nuestra mente. Nos permitimos entonces, por primera vez, dejar de ser esclavos de nuestras reacciones. No nos aferramos al rechazo. No nos aferramos al anhelo. Pero es difícil. Buda observó que su cuerpo eran partículas que aparecían y desaparecían un trillón de veces por segundo. Un científico luego lo comprobó. Si somos intermitentes, ¿por qué nos aferramos a lo material? ¿Por qué nos aferramos a la imagen que tenemos de nosotros mismos? ¿Por qué nos aferramos a rencores, a deseos, a lo que otros dirán de nosotros? Porque nos cuesta aceptar la ley universal. Todo es transitorio, todo pasa. Incluso nosotros. Nos resistimos a desaparecer y entonces nos aferramos a aquello que creemos que somos. Todos sabemos esto en un plano intelectual. Todos hemos ido a un funeral y entendido que la vida es breve y que no debemos preocuparnos por lo material. Pero si a la salida del cementerio nos chocan, estaremos insultando o angustiándonos por si el seguro nos va a cubrir o no. Entender en un plano intelectual no es suficiente. Este es el camino del Vipassana. Entender en un plano antiguo, olvidado, relegado. El cuerpo.”

Así pasé el resto del tercer día y buena parte del cuarto.

Rescatándome de mis propios surcos.

Tropezando con las mismas piedras.

Rezongando pero volviéndolo a intentar.

Siempre con una sonrisa.

Siempre riéndome con Britney.

Ese fue el único motivo por el cual no colapsé cuando vi que mi vecino, el (creo) indio de la habitación C4 que parecía tan determinado y tan en paz, abandonó el curso.

Dije que pasé así el resto del tercer día y buena parte del cuarto.

Porque a la tarde del cuarto día nos pidieron que dejáramos de concentrarnos solamente en nuestra nariz y que pasáramos a prestarle atención a todo el cuerpo.

Ah, y eso no es todo.

Ahora además teníamos que intentar no movernos por una hora.

No movernos por una hora.

No movernos.

Por una hora.

Fue ahí cuando Britney se rapó.

Y se puso a golpear a un auto con un paraguas.

Gritaba.

Insultaba.

¿Quién carajo es Buda?

¿Qué mierda es esto?

Nos pedían que cerráramos los ojos para meditar pero yo me quedaba con los ojos bien abiertos.

Mirando a todos.

Desafiante.

Con bronca.

Y de repente por ahí veía al maestro acomodar su hombro.

Si él, que había estado haciendo esto por años, se movía aunque sea milimétricamente, todo era una pila de caca.

Todo era una pila de caca.

Todo era una pila de caca.

Sobre el final de cada meditación había un cántico.

Las palabras que dijo Buda al volver de la iluminación.

“Que todos los seres sean felices.”

Y los ciento veinte que estábamos ahí respondíamos cantando “Sadhu,” que vendría a significar “Que así sea.”

Era hermoso.

Bueno, en vez de decir “Sadhu” yo decía “Fuck you.”

A ese nivel de infantilidad me había retraído el enojo.

La carta.

Iba a pedir lápiz y papel y le iba a escribir una carta a Cecilia diciéndole que todo bien, que esto no era para mí, que colgaba los botines.

Entendía que me estaban ayudando a ser más calmo, más liviano, menos ansioso, más feliz.

Pero yo prefería tirarme a mirar películas.

Me sentía un pelotudo pero no podía evitarlo.

Ahora, eso sí, el día de hoy era exteriormente idéntico al de ayer.

Me habían levantado al mismo horario en la misma habitación, medité en el mismo horario en el mismo lugar, sirvieron desayuno a la misma hora y lo comí en mi mismo asiento, medité de nuevo.

Por fuera era lo mismo.

Exactamente lo mismo.

Pero era Britney la que ayer sonreía y cantaba inocente y ahora prendía fuego todo.

Entre las llamas y los gritos pude verlo.

El exterior era idéntico.

Apenas yo lo volvía distinto.

Estaba perdido de nuevo en mis propios surcos.

Mi mente no era yo.

Mi mente era un bicho arrinconado peleando desesperado por aferrarse y no desaparecer.

Decidí no pedir lápiz y papel.
Decidí no escribir la carta.
Decidí quedarme.

Y subirme con Britney de vuelta al caballo y cabalgar hasta el fin de esta aventura. Como cuando ella cantaba que no era una chica pero tampoco era una mujer. Yo también estaba en el medio del camino.

Descubrí que hay muchas Britney.

Hay una Britney que finge inocencia pero tropieza con la misma piedra una y otra y otra vez y busca excusas y se disculpa pero vuelve a caer.

Hay una Britney que con ropa ajustada de azafata sabe perfectamente cómo darme lo que deseo.

Hay una Britney que dice ser mi esclava.

Hay una Britney que ya no lo tolera más y se rapa la cabeza y golpea a un auto con un paraguas.

También hay una Britney que se levanta después de que el mundo entero la haya pisoteado y burlado y olvidado y esa Britney canta y baila y hace lo que se le canta el culo.

Y te digo más.

A Britney le cabía usar pelucas en sus videos, cambiar el vestuario, hacer distintos personajes.

Esa es la cuestión.

No se tiene una sola Britney en el bocho.

Están todas ahí.

El tema es saber a cuál dejar cantar.

 

PD: Pasaron casi tres meses desde que terminamos el curso. Vinieron por un mes los padres de Cecilia a visitarnos y anduvimos muy a las corridas y otras excusas por las que dejamos de meditar. Estuvimos esperando el momento perfecto. El momento perfecto es siempre ahora. Termino esto y me voy a poner a meditar. Espero no aparezca la Britney que se rapa la cabeza. Pero si lo hace, no importa. El pelo crece. Se puede volver a empezar.