Primero vino dejar todo atrás.

Dejar nuestros trabajos, el departamento que alquilábamos, amigos, familia y, también, el helado de sambayón de la Flor de Almagro.

Nos sentamos en el avión, a punto de cruzar la frontera entre lo que conocíamos y lo incierto.

Viajando en avión a Tailandia desde Buenos Aires por Qatar Airways
¡Camino a Bangkok sin pasaje de vuelta!

Lo único que teníamos por delante era un trabajo por dos meses y medio en una islita camboyana, Koh Rong Sanloem. El resto estaba por verse.

El avión nos dejó en Bangkok en el medio de la peor ola de calor en los últimos setenta años. Hacía cuarenta y seis grados a las nueve de la mañana.

La vida a veces tiene esas sutilezas. Te encaja una patada en los dientes y te dice: “Adaptate o andate a la puta que te parió”.

Por suerte, el tren desde el aeropuerto tenía aire acondicionado. También el subte que nos tomamos después. Y el cuarto que alquilamos.

Ese aire acondicionado fue una manera gentil de suavizar nuestro primer cruce de frontera.

La vida a veces tiene esas sutilezas. Te encaja una patada en los dientes y te dice: “Adaptate o andate a la puta que te parió”.

Pasamos una semana ahí, en Bangkok, descansando los riñones de tantos brindis de despedida que habíamos tenido.

No alcanza con decir que paramos en un barrio para nada turístico. Más que barrio era un enigma. Caminábamos por sus calles laberínticas, transpirando y mirando a cada rincón sin entender qué carajo era lo que veíamos.

Monje budista embarcando en Bangkok.
¡A tomarse el barco-bus!

Cientos de macetas poblaban a cada vereda. Tantas que estuvimos forzados a ir por la calle, al ladito de las huestes de motos. Desde ahí espiábamos a las casas o negocios o lo que fueran esas cosas. Imposible saberlo.

Había, por ejemplo, un lugar con diez ventiladores, una pileta de plástico, pilas de llantas de auto y tres señoras comiendo en el suelo. Otro lugar tenía cajas y cajas y cajas y tres lavarropas. Otro, sí, era claramente un local de reparación de motos. Y el de al lado también. Y el de al lado. Pero el de al lado de ese tenía una camilla con un viejo agonizando, con suero y todo, y muchos pero muchos teléfonos.

Una semana anduvimos por esos callejones indescifrables, enmarañados, con miles de motos a un centímetro.

Y eso no es todo.

Casi todos los que nos pasaban en moto sospechosamente cerca llevaban puesto un pasamontañas.

Eran claramente ninjas motochorros.

Ninjas motochorros que nos rodeaban en un laberinto de callejones indescifrables con cuarenta y seis grados de térmica, tan, tan lejos de casa.

Nos iban a robar.

Nos iban a matar.

Pero no.

Resulta que a los tailandeses no les gusta mucho tostarse. Es más, buscan lo contrario. Casi todo jabón y toda crema viene con blanqueador de piel. Entonces los podés ver por la calle con paraguas o barbijos o pasamontañas.

Los ninjas motochorros eran apenas mototaxis que querían tener la cara blanquita.

Aprendimos que eran mototaxis después de haberles perdido el miedo. Les perdimos el miedo a los cinco minutos de haber estado ahí.

De alguna manera, habíamos cruzado la frontera hasta lo incierto. Estábamos en un laberinto con lugares que no sabíamos si eran casas o negocios o qué carajo, con tipos en motos con máscaras pasamontañas pasándonos sospechosamente cerca.

Pero no sentíamos miedo.

Sentíamos alarma y desconcierto y fascinación por lo distinto de todo lo que nos rodeaba.

Street food - vendedor callejero de salchichas en Tailandia
#tip ratón: comer en la calle. Estas salchichitas redondas se parecen bastante a nuestros chorizos de cerdo.

De alguna manera, estando en un lugar que no entendíamos, sabíamos que no nos iban a robar ahí, en ese momento. Sí sabíamos que nos iban a robar en unos días.

Teníamos que llegar hasta Camboya por nuestro trabajo en Koh Rong Sanloem pero cada rincón de internet advertía que el paso entre Tailandia y Camboya estaba plagado de robos y estafas y coimas.

Tanto, que algunos turistas recomendaban pagar de más para viajar en avión y así ahorrarse los horrores del cruce de frontera.

En Bangkok ya habíamos experimentado la dificultad de comunicarnos con alguien con quien no sólo no teníamos un idioma en común sino que también los gestos y señas significaban otras cosas. Era una aventura hermosa cuando queríamos comprar algo de comer. Pero supusimos podía ser desesperante si nos estaban robando.

Porque no quedaba otra. Por lo que habíamos leído, nos iban a robar.

Entonces decidimos tomarnos el tren de Bangkok hacia Camboya. Tardaba más que un bus pero era ridículamente barato, nada turístico y, decían, más seguro.

Viaje en tren Bangkok - Camboya en tercera clase. Señora dormida.
Un largo camino a casa.

La lentitud del tren nos fue evidenciando que, de a poco, estábamos cruzando otra frontera. Atrás quedaba Bangkok. Seguro, era rara, laberíntica, plagada de lugares indescifrables y de ninjas motochorros que en verdad sólo eran mototaxis que querían tener la cara blanquita. Pero era también una ciudad.

Ahora nos adentrábamos en la Tailandia rural. Todo lo que había del otro lado de la ventana del tren era, al menos, distinto a lo que estábamos acostumbrados.

Bajamos en la frontera con Camboya.

Viajando en tren desde Bangkok hasta la frontera con Camboya en tercera clase.
A lo desconocido, ¡buena cara!

Un viejito nos esperó en la puerta del tren para que vayamos en su tuk-tuk. Le dijimos que no, que gracias. Habíamos leído que para evitar robos lo mejor era nunca aceptarle al que venía a ofrecer, sino elegir uno. Pero el viejito nos seguía. Le decíamos de nuevo que no, que caminábamos, que no éramos turistas con dinero, que veníamos a trabajar en la isla de Koh Rong Sanloem. Así y todo, él iba atrás nuestro. Otros nos gritaban “Tuk-tuk, tuk-tuk.” Negábamos con la cabeza y seguíamos, sin saber qué hacer, esperando la oportunidad de elegir y de no ser elegidos, con el viejo siguiéndonos atrás. Caminamos una cuadra o dos, para alejarlo, y le pedimos a uno. El señor habló con el viejito que nunca se había alejado y después giró hacia nosotros. “Vayan con él,” dijo el señor. “Les cobra lo mismo que yo. Pero él estaba primero.”

Fuimos con el viejito.

Cruzando la frontera Tailandia - Camboya en tuktuk.
El tuktukero insistente.

Nos dejó donde teníamos que sellar la salida de Tailandia.

Tres hombres nos saludaron, en un perfecto inglés, ayudándonos con los bolsos, señalándonos al edificio para hacer el trámite.

El edificio no se veía como en la foto que habíamos visto. Es más, no se veía como un edificio oficial debería verse. Era apenas una agencia chiquita donde nos iban a cobrar por un sello gratuito.

Caminamos entonces hasta donde correspondía, sin que los tres hombres nos insistieran en su estafa. Alguien nos diría después que, para los asiáticos, sacarle dinero al que cae en una trampa no está tan mal visto por Buda como lo está sacárselo por la fuerza.

Varios se nos acercaron para ofrecernos tramitarnos la visa. Les agradecimos, les dijimos que no. Asintieron y buscaron a otro desprevenido.

Nos sellaron la salida del país en el pasaporte y seguimos caminando entre personas que nos aseguraban tener el mejor alojamiento o el trámite más efectivo y rápido.

Llegamos al edificio de migraciones. Estábamos asustados de pedir la visa laboral porque no teníamos suficiente información sobre nuestro trabajo en Koh Rong Sanloem. Pero, al pedirla, simplemente nos dijeron: “Mostrame el dinero”. Pagamos la cifra oficial y nos dijeron de sumar un extra no oficial así no teníamos que esperar. Les agradecimos, les dijimos que no. Esperamos cinco minutos y tuvimos nuestras visas.

Seguimos por una tierra de nadie, entre casinos y personas ofreciéndonos vendernos cosas, hasta que nos sellaron el ingreso al país.

De ahí fuimos hasta un bus gratuito que nos llevó hasta una estación de buses en la mitad de la nada. Estábamos cada vez más adentrándonos en lo incierto. Ahora ya no había ninjas motochorros. Ahora las motos llevaban caños de cuatro metros. O decenas de gallinas muertas. O seis personas. Y todas tocaban la bocina una y otra y otra vez.

Moto lleva mil pollos en Camboya
¿Cuántos pollos se pueden llevar en una moto?

En el medio de todo eso, alguien estaba tratando de vendernos una excursión a no sé dónde.

Bajamos, tomamos un bus a Siem Reap.

El que estaba tratando de vendernos la excursión se peleó con el que nos vendió el ticket del bus. Tenía la misma prioridad con nosotros que había tenido el viejito del tuk-tuk.

Mientras seguían a los gritos, nos fuimos en el bus sintiendo por primera vez que todos nos veían como billeteras con piernas.

En Siem Reap y después en Sihanoukville, no podíamos caminar por la calle sin que nos ofrecieran una y otra y otra vez tuk-tuks y restaurantes y cerveza y excursiones y brazaletes y masajes y prostitutas y drogas.

Fue entonces cuando nos tomamos el bote hasta nuestro trabajo en Koh Rong Sanloem.

Y, con él, cruzamos otra frontera.

Descubrimos tantas cosas trabajando con los camboyanos o, mejor dicho, los khmer.

Que rebosan de buen humor.

Que brindan cada dos o tres sorbos.

Que su sentido común no es el nuestro.

Descubrimos que estamos muy acostumbrados a recorrer los mismos caminos, a transitar la vida en apenas un puñado de maneras.

Que hay muchas más fronteras de las que señala un mapa.

Que cruzar fronteras da miedo, desconcierto, ansiedad.

Que cruzar fronteras no es tan terrible como te dicen, que es un aprendizaje, que es liberador, que es necesario.

Descubrimos que cruzando fronteras uno deja algo atrás y lleva algo nuevo consigo.

Descubrimos que estamos muy acostumbrados a recorrer los mismos caminos, a transitar la vida en apenas un puñado de maneras.

Ahora ya terminamos nuestro trabajo en Koh Rong Sanloem. Era lo único que podíamos ver delante nuestro cuando nos subimos al avión en Buenos Aires.

Ahora ya lo dejamos atrás.

Y llevamos algo nuevo con nosotros: la posibilidad de cualquier horizonte. Pero, vayamos para donde vayamos, tendremos que seguir cruzando fronteras. Por suerte.